Develación del símbolo
En la profundidad de los símbolos está una respuesta. Sólo basta deshebrarla, entrar en lo hondo de la escena como el que limpia algún objeto que ha estado oculto y con algún valor histórico.
En la profundidad de los símbolos está una respuesta. Sólo basta deshebrarla, entrar en lo hondo de la escena como el que limpia algún objeto que ha estado oculto y con algún valor histórico.
La idea de la muerte se transforma conforme las épocas, aunque esta idea, en cuanto a su forma filosófica o poética, se ha desarrollado con mayor intensidad durante algún periodo más que otro. Sin embargo, la presencia negra, por llamarle de algún modo a la muerte, ha ocupado la atención del hombre desde tiempos antiquísimos como su propia existencia.
El perdón ha sido negado. La posibilidad de perdonar expuesta desde un plano rigurosamente real, es negada.
En la pintura se buscan, o más bien, se encuentran signos. Las imágenes despliegan ecos que son sombras, que son luces.
Territorio de la nada donde ciega la calma
ahí una voz permea hasta la sangre
ecos luminosos que fluyen a borbotones
en sótanos de mi frente colándose a los huesos.
Nietzsche le da a la música la justa razón en nuestro ser. En una maravillosa expresión realza el que “Sin la música la vida sería un error”, con ello se justifica nuestra existencia en este mundo.
El fin de la palabra es deslizar su caricia en el cuerpo lector. Y eso no sólo se consigue con su presencia sobre las páginas, incluso no se conforma con la estética de que se viste, la palabra es el diálogo permeable hacia el sentir, es, de otro modo, la experimentación de que existe una especie de alma, y puede ser palpable.
La presencia del amor es universal y pertenece a todos los tiempos.
La poesía contiene en su naturalidad la fuerza precisa para meterse en el vientre de la sensación, sensación que sólo puede ser palpable por la estética de la palabra hecha luz.
Octavio Paz menciona sobre poesía que el creador de versos “establece un diálogo con el mundo; en este diálogo hay dos situaciones extremas, dentro de las cuales se mueve el alma del poeta: una, de soledad; otra, de la comunión.
El amor es el eje motor de El seminarista, novela de Rubem Fonseca.
Sin temor al lugar común, las narraciones que se agrupan en Trazos en el espejo, nos confirman que la vida es una novela, y en el volumen que hoy nos ocupa son tan sólo fragmentos de cada novela aún no terminada.
Al preguntarnos sobre nosotros mismos, la respuesta nos jala de golpe hacia la infancia. Para confirmarlo, basta asomarse a la antología Trazos en el espejo. 15 autorretratos fugaces.
El libro Propiedad Privada, de Margarita Castillo, es la transformación, o es un pasaje, entre lo inmediato y lo profundo.
En la penosa actualidad, en un país con heridas abiertas y, quizá lo peor de todo, con un futuro que se avizora aún más temible, existe la cordialidad de la música: el gran rescate ante la danza de la violencia.
El cambio, la transformación es la constante del más reciente poemario de Leonardo Meza Jara (Parral, Chihuahua, 1975). El libro, Los infiernos de Lázaro, nos jala, y no decepciona.
La muerte hace su rondín sobre su presa como si se tratara de una obra que requiere una constante mirada para profundizar en su trabajo final.
Las imágenes despliegan sus gestos, son flashes que obligan la atención. Y Héctor Contreras López (Chihuahua, 1959) centra esa atención en ello para darle cuerpo a esos puntos que le atraen sobremanera con el género literario de la poesía.
La soledad es un reino que obliga profundizarse en el misterio humano. El deslumbramiento abre la razón pero quizás es demasiado tarde cuando se está frente al espejo y su clamor insolente.
El volumen de Rosado, en su segunda parte, completa las piezas temáticas que pertenecen a los sesenta.