En el ambiente de los defensores de la fauna silvestre, Lawrence Durrell, el autor del El cuarteto de Alejandría, no es más que el hermano de Gerald Durrell, el carismático naturalista que dedicó su vida a proteger la de las especies en peligro de extinción, recorrió el mundo salvando animales, fundó el zoológico de Jersey, hizo algunas películas, documentales y programas de televisión, y escribió 170 libros de viajes, la famosa trilogía sobre su familia y los libros infantiles. La narrativa de GD tiene el tono del niño maravillado por su entorno. Transcribo las primeras líneas de la novela Los secuestradores de burros (Loqueleo) traducida por María Luisa Balceiro, una maravillosa aventura infantil en una pequeña isla griega.

“Melisa es una isla perdida en el mar Jónico. Es tan pequeña, y está tan apartada, que muy poca gente sabe de su existencia. Es una isla afortunada que tiene agua en abundancia; el campo está poblado de olivares y cipreses y en ciertas épocas se ven grandes extensiones cubiertas de flores de almendro blancas y rosadas. Una vez al año visita la isla un barquito de turistas que atraca en el puerto de Melisa, y allí los turistas desembarcan en pelotón y compran grandes cantidades de falsas antigüedades griegas, que constituyen la principal fuente de ingresos de los alfareros del lugar.

”La isla se enorgullece de tener una pequeña colonia extranjera, compuesta en primer lugar por un francés muy anciano, que reside en una villa apartada y muy raras veces se deja ver en público. Se rumorea que está recuperándose de un amor desgraciado, pero a juzgar por el número de campesinas que tiene empleadas en la villa, todas ellas rollizas y de buen ver, se diría que ha encontrado el antídoto ideal para sus penas. También hay dos señoras inglesas de cierta edad que se pasan la vida rescatando gatos extraviados, haciendo buenas obras y dando aburridísimas lecciones de inglés a los melisiotas que desean adquirir conociemientos de esa lengua.

”Ésa es, por así decirlo, la población estable, pero durante los meses de verano, las pocas gentes que saben de la existencia de Melisa (y que además son lo bastante inteligentes) alquilan destartaladas villas en el campo y van allí a tomar el sol y a bañarse en el mar templado, con lo cual cada año les van tomando más cariño a la isla y a sus simpáticos y bondadosos habitantes. Verdederamente, Melisa es una especie de mundo al revés en el que la lógica no tiene nada qué hacer; en Melisa puede pasar cualquier cosa, y a menudo pasa.

”El santo patrón de Melisa es San Policarpo. Una vez, en el transcruso de sus viajes, en 1230, un viento siroco lo apartó de su rumbo y el santo no tuvo más remedio que quedarse en la isla hasta que mejoró el tiempo. En señal de gratitud por la hospitalidad que se le había mostrado, hizo obsequio a la isla de un par de vetustas zapatillas. Los melisotas, conmovidos por tanta generosidad, inmediatamente lo nombraron su santo patrón, y de allí en adelante las zapatillas, cuidadosamente colocadas en un relicario, fueron el núcleo de toda ceremonia religiosa.

“En la parte norte de la isla hay un pueblecito que se llama Kalanero. Está subido en lo alto del monte, y a sus pies se extiende una fértil llanura cultivada que llega hasta el mar. Todas las mañanas se levantan los aldeanos y descienden en burro por la ladera –habrá sus buenos cuatro o cinco kilómetros– para trabajar sus campos. En el centro del pueblo se alza una gran villa veneciana que lleva trescientos años o más desmoronándose bajo el sol…”

 

Novedades en la mesa

La novela ganadora del premio Planeta 2021, La Bestia, de Carmen Mola (el seudónimo de un colectivo de tres autores), un triller histórico ambientado en el siglo XIX durante una epidemia de cólera.

 

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