En 2011

Mario Saavedra

El año pasado se conmemoró el centenario del nacimiento del poeta por antonomasia del piano, el polaco Frédéric Chopin, y en torno de tan significativa efeméride de la música se hicieron toda clase de actividades: reediciones especiales de  grandes chopinianos, nuevas grabaciones, reimpresiones de biografías clásicas y otras nuevas, toda clase de suvenires, y sobre todo conciertos y recitales en todo el mundo… Se dice que su tumba en el famoso cementerio Pere Lachaise en París, que por cierto es una de las más visitadas por los viajeros de todo el mundo (como las del escritor irlandés Oscar Wilde y el músico norteamericano Jim Morrison),  el año pasado recibió casi diez veces más de asistencias con guías que abordaban la vida y la obra musical de quien muriera derrotado por la tuberculosis a los escasos 39 años de edad.

Algo similar ha sucedido en este 2011 para recordar a uno de sus más cercanos amigos y rivales, el compositor y pianista húngaro Franz Liszt (Raiding, Hungría, 1811-Bayreuth, Alemania, 1886), cuya vida también ha constituido una de las novelas más apasionantes de la historia de la música.

El gran virtuoso por excelencia del piano, como en el violín lo ha significado ese otro romántico que fue el genovés Niccolò Paganini, durante toda su larga trayectoria vital —y sobre todo durante su juventud— se rodeó de una aureola de artista genial, violentamente escindido entre el arrebato místico y el éxtasis demoníaco. Su nutrida y compleja obra pianística ha constituido un examen obligado para todo intérprete que se considere virtuoso del que sigue siendo el rey de los instrumentos, y su rico y no menos brillante acervo orquestal es no menos apreciado por los más de los directores e instituciones euterpeanas.

Paradigma del artista romántico, como niño prodigio despertó el entusiasmo de otros músicos geniales, entre ellos Beethoven, quien se sabía no era dado al elogio precisamente fácil. Discípulo en Viena del gran maestro Carl Czerny, e incluso del propio Antonio Salieri (sí, el rival de Mozart), sus muchos recitales causaron sensación y motivaron que se trasladara con su padre a París, donde en 1825 dio a conocer la única ópera de su catálogo (la cervantina Don Sancho o el castillo del amor), fríamente acogida por un público que veía en el pequeño más a un prodigioso pianista que a un compositor.

En la capital gala entraría en contacto con los otros dos grandes nombres de la tríada romántica musical, quienes ejercerían enorme influencia tanto en su formación artística como personal: el compositor francés Hector Berlioz, de quien se sabe su popular “Sinfonía fantástica” le causaría una emoción sin par, y el ya citado violinista y también compositor italiano Paganini…

De este último, un famoso recital suyo de 1831 constituyó algo así como una revelación que incidiría notablemente en la forma de interpretar del joven pianista, buscando desde entonces Liszt lograr en el piano los asombrosos efectos que su colega genovés conseguía extraer de su violín, impulso vital y artístico que por supuesto llegó a alcanzar sobre todo en sus por demás endiabladamente difíciles “Estudios de ejecución trascendente”.

Idolo de los salones parisinos y quien desde muy joven empezó a viajar por los más de los países europeos sobrecogidos con su peculiar talento, en 1834 entabló relación con Marie d’Agoult (condesa de Flavigny) y de ese matrimonio nació su famosa hija Cosima, primero esposa del director de orquesta Hans von Bülow y más tarde del compositor también alemán Richard Wagner, matrimonio este último que constituye una de las uniones más provechosas en la historia de la música y en particular de la ópera.

Artista que conoció el éxito a lo largo de toda su extensa carrera, en 1848 obtuvo el puesto de maestro de capilla de Weimar, ciudad que convirtió en un foco de difusión de la música más avanzada de su tiempo, en especial la de su yerno Wagner, de quien estrenó su Lohengrin, y la de su viejo colega Berlioz, del que representó su también ópera Benvenuto Cellini.

Autor de uno de los acervos pianísticos más ricos y variados, y sin el cual hoy resulta imposible entender y situar la amplia literatura concebida para dicho instrumento que con él ha alcanzado uno de sus momentos más brillantes, los años que vivió en Weimar marcarían además el inicio de su dedicación a la composición de grandes obras orquestales, entre las cuales sobresalen las sinfonías Fausto y Dante, sus más célebres poemas sinfónicos (Tasso, Los preludios, Mazeppa, Orfeo) y las versiones definitivas de sus dos conciertos para piano y orquesta.

Fue su época más prolífica en materia creativa, cuando después de haber cosechado todos los triunfos posibles como intérprete virtuoso, se dedicó por completo a la composición serena y a la dirección de orquesta, porque a diferencia de otros artistas ensimismados en su propia obra (como el mismo Wagner), Franz Liszt se caracterizó además por ser un hombre generoso y visionario de la obra y el talento ajenos.

Pianista y compositor sin límites, más que los que su genio y su rigor le imponían (su Sonata en Si menor, S. 178, es una de las piezas más hermosas y complejas de toda la literatura pianística), Liszt amplió notablemente los recursos técnicos de la escritura y de la interpretación, dándole particular despliegue a la llamada música programática donde las influencias sobre todo literarias y otras extra musicales planteaban el seguimiento de un curso narrativo y/o poético a través del leguaje musical. Auténticamente revolucionario, no menos interés tiene la novedad de su lenguaje armónico, en cuyo cromatismo audaz se anticipan algunas de las características de la música del propio Wagner, y por ende de los integrantes de la llamada Segunda Escuela de Viena; padre de igual modo del poema sinfónico, su influencia en dicho terreno sería no menos decisiva en la obra de músicos posteriores como Smetana, Saint-Saëns o Richard Strauss…