Calderón tiene que ser el fall guy

Guillermo García Oropeza

Estaba tentado de ponerle como nombre a este artículo the fall guy, así en slang norteamericano, y particularmente en el slang de los delincuentes, en el colorido lenguaje de los gánsteres.

Este término lo descubrí en uno de los clásicos del cine americano, en el inolvidable El Halcón Maltés, filme de John Huston (ese personaje tan querido en nuestro Puerto Vallarta), donde actuaban Humphrey Bogart, la seductora Mary Astor y el genial gordo Sidney Greenstreet, uno de los grandes villanos del Hollywood clásico, y entre otros un actorcito llamado Elisha Cook, de aspecto patético y a quien le tocaba hacer justamente de fall guy.

Y buscando los sentidos del término en el excelente Dictionary of American Slang, de Wentworth y Flexner que recomiendo ampliamente a los aficionados al American (que poco tiene que ver con esas elegancias que se hablan en Inglaterra) me encuentro con que fall guy es un chivo expiatorio, el miembro de una banda que debe cargar con la culpa. Ignoro cuál sea el término que emplearían en su germanía o caló nuestros delincuentes nacionales, pero de lo que sí estoy seguro es de que se llama Felipe Calderón, el que desde Harvard, de la España de su socio Rajoy o donde se refugie, deberá cargar con la culpa de ese crimen que, si no se debe quizá del todo a Calderón, él sí es, ni modo, el responsable, el que responde ante la historia.

Porque aunque así lo quisieran los políticos, los mexicanos, aparentemente tan distraídos, no olvidamos los grandes crímenes que se nos han infligido, y si el 2 de octubre no se olvida, tampoco ha desaparecido de la memoria el crimen de Acteal, crímenes ambos infinitamente menores que la matanza de decenas y decenas de miles de víctimas que desató la inepta, arrogante, insensible, necia política calderoniana.

Y si bien creemos que el régimen actual optará directamente por una actitud prudente frente al caso, sí es necesario y conveniente que la sociedad civil mantenga viva la demanda de justicia y de esclarecimiento. Por el bien de todos porque no es posible simplemente olvidar un horror de tales dimensiones y de tales consecuencias. Es muy posible que, como en el caso de las muertas de Juárez, el castigo no llegará a los tribunales, siguiendo esa terrible costumbre de la impunidad nacional; pero, quizá, los mexicanos logremos que en tribunales extranjeros se dé oído a nuestro reclamo.

Pero si la solución jurídica no se alcanza, es necesario que todos los que tengan noticias, experiencias, recuerdos de la gran violencia se sigan expresando, que la bibliografía del calderonato se enriquezca para mejor cimentar el inevitable juicio de la historia.

Sabemos que, con raras excepciones y esto sucede en muchos países, los mecanismos del poder protegen a los mandatarios culpables, una especie de gentlemen’s agreement cubre a los altos colegas de la política. Que ni los asesinos de Kennedy fueron castigados ni se ha juzgado la sospechosa conducta de Bush y que los ingleses protegieron a Pinochet. Pero insisto, la memoria y la historia quedan inaccesibles. Calderón tiene que ser el fall guy.