LA SOMBRA EN EL MURO

 

A cien años de su natalicio

Humberto Guzmán

El pasado 7 de noviembre se cumplieron cien años del nacimiento de Albert Camus (1913-1960), autor de El extranjero (1942), que también se ha traducido como El extraño y es más exacto, entre otros títulos notables. En esta novela el personaje central, Meursault, encarna el sentimiento de la culpa, tal vez por no encajar del todo en el rompecabezas de la realidad.

En las primeras páginas dice, “uno siempre anda en culpa”, pero no tanto desde el punto de vista cristiano-católico, sino más bien desde el existencialista sin Dios. El individuo se encuentra solo en medio de la nada o del todo. Y lo sabe, sin muchas explicaciones acerca de su existencia.. Por eso parece a muchos frío, distante e indiferente.

En su ensayo filosófico El mito de Sísifo (1942), Camus toma como centro de su reflexión a este personaje de la mitología griega que ha sido condenado por los dioses a subir una enorme roca a la cima de la montaña, la misma que volverá a rodar y que él volverá a subir invariablemente. No puede dejar de hacerlo, es motivo de su existencia, que es, a su vez, resultado de una condena. Ergo, la existencia es una condena. Aquí es donde se ha señalado a Camus como un filósofo de lo absurdo.

Durante el juicio que se le aplica al protagonista de El extranjero, se considera una prueba de su culpabilidad aquella “frialdad”, que lo hizo acudir a una cita con su chica al otro día de haber muerto su madre en un asilo de ancianos. Casi no la había visitado en vida; además, dijeron, tomó un café con leche en el velorio.

El extranjero, la película del mismo título de Luchino Visconti sobre esta novela, refleja de manera muy gráfica este malestar como si vistiera un ropaje que le queda chico, incómodo o no sabe por qué lo lleva. Hay que ir a la novela de Camus para enterarse de mucho más sobre este problema existencial.

No faltan a los que les molesta la honradez de Meursault y lo culpan, excepto amigos y vecinos. Parece que morirá sin saber exactamente por qué pasan las cosas. Es demasiado sincero y sin malicia; a algunos les parece “un poco idiota” de tan honesto. Esto no se perdona y se condena. Ser franco al aceptar cierta distancia con su madre y decir que no lo mueve la ambición de “progresar” lo acusa. A su amiga le dice que no la quiere, pero que, si ella lo desea, podrían casarse. Recuerda El proceso de Franz Kafka, en donde el protagonista Joseph K también es condenado y ejecutado, al contrario del de Camus, sin haberse aclarado qué se le imputa.

Como corolario, Meursault dice que no cree en Dios. Es un tipo sin sentimientos ni moral alguna, se lo acusa. Para colmo, no lamenta exactamente el asesinato que cometió. Es terco en su manera de ver el mundo; no mide las consecuencias de ser coherente consigo mismo y por eso no entiende el grado de su culpabilidad. Lo acusan de un asesinato (dice que fue por el cegador brillo del sol y no importa que el árabe había sacado un puñal cuya hoja proyectó aquel brillo), de meter a su madre en un asilo, de no decir a su novia que la quiere, él mismo se acusa sin proponérselo. “¡Es un monstruo!”, “¡carece de humanidad!”, grita el fiscal.

Al final, Meursault dice: “Para que todo se consumara, para sentirme menos solo, no me quedaba por desear sino que hubiesen muchos espectadores el día de mi ejecución y que me acogiesen con gritos de odio”.

En los años sesenta fui a ver una puesta en escena de Calígula (1945), de Camus. Comprendí que hablaba de mi tiempo (y de mí), lo que fortaleció mi deseo de seguir leyendo a este escritor francés. Fue una guía del conocimiento literario, moral, vital y, por supuesto, existencial. No es el único a quien le he reconocido tales virtudes, naturalmente, pero Camus es entrañable. No fue así con su “mejor enemigo”, Jean-Paul Sartre: me acabó de decepcionar por su entreguismo al comunismo internacional, el de los campos de concentración de Stalin, los millones de muertos de hambre de la China de Mao, o los chantajes de Castro, crueles dictaduras si las hay.

El dogmatismo al poder. La hipocresía de los escritores e intelectuales que gustan de curarse en salud. Camus lo criticó en célebres polémicas —Sartre y su testaferro— e, indirectamente, en su fundamental obra literaria y filosófica. Sartré hablaba de los “caminos de la libertad”, pero Camus los transitaba. En la polémica aludida, Sartré lo calificó de “burgués”, cuando el único burgués era aquél que, como empieza su autobiografía Las palabras, nació en medio de una cómoda biblioteca, que era su casa, en París. Porque Camus fue hijo de un soldado muerto en la primera guerra mundial y de una sirvienta de origen español, en Argelia, como lo dice en su libro póstumo El primer hombre —y en la biografía que de él escribió Olivier Todd.

Tal vez Albert Camus era también un extraño, como su personaje de El extranjero. Señalaba el crimen donde lo encontrara, no sólo entre sus opuestos, como lo hacen los escritores oportunistas o tan solo superficiales.