CUESTA ABAJO
Viva la República/II y última
Guillermo García Oropeza
Por más racionales que seamos los hombres modernos, en el subconsciente de la raza continúa viva la creencia en los augurios, buenos o malos; el acceso al trono de Felipe VI el mismo día en que España dejaba de ser campeón del mundo futbolístico parece ser muy sugerente. La Roja que se enseñoreó del balompié por varios años siendo invencible terminó siendo como La Armada del mismo nombre de allá de los tiempos de Felipe II. El acceso al trono de Felipe nos pareció un tanto apresurado como si a Juan Carlos, su padre, le urgiera deshacerse de una papa caliente. El paso del poder careció de solemnidad, de elegancia, que se hubiera podido dar si los tiempos fueran mejores. Felipe VI llega un poco como un emergente en una situación difícil, los argumentos de la salud del rey saliente no parecen convencernos mucho y el apresuramiento coincide con una austeridad en la ceremonia. Una austeridad dictada por la necesidad de no irritar más a una nación dolida por los escándalos y que no hubiera resistido una excesiva pompa y circunstancia. Y aunque los medios trataron de ofrecernos el espectáculo de una fiesta monárquica estaban muy cerca las manifestaciones republicanas en las ciudades de España. Se dice que una mitad de los españoles, cuando menos, está a favor de la República.
Nosotros, mexicanos, tenemos muchas razones para desear que por fin en la llamada Madre Patria se establezca el sistema republicano que fugazmente se experimentó en el siglo XIX en la Primera República y en el siglo XX la Segunda que tanto prometía y significaba, masacrada por la España Negra. México fue un aliado leal de esa República que al final nos mandó una brillante generación que enriqueció nuestra vida nacional. Hay que recordar que nuestra adhesión a la República viene de nuestro propio proceso de independencia que el México de Hidalgo y Morelos y los otros precursores era republicano, aunque por avatares del destino se proclamara un fallido y efímero imperio. México republicano y liberal a donde llegaron ideas revolucionarias de Europa y Estados Unidos y que a lo largo de su vida independiente siguió el ideal republicano sobre todo en el gran movimiento de la Reforma y después de la Revolución. Un hilo republicano recorre pues toda la historia de México aunque coexista con otro hilo reaccionario pero que no pudo sostener a un tardío Habsburgo, el patético Maximiliano.
Independientemente de nuestras afinidades por la república como sistema de gobierno queda en el aire la pregunta: ¿acaso no es obsoleta la monarquía?, ese sistema universal que ahora se refugia en unos cuantos países de excepción; la ciudadanía se da cuenta de lo costoso de ese lujito monárquico. “Lo que cuesta el Borbón que se dedique a educación” decían muchos carteles en las manifestaciones de la Puerta del Sol y de otras plazas de España. Y es que en tiempos malos hay que recortar gastos y resulta tentador dejar la monarquía en el museo del recuerdo. Aunque sea tan decorativa.
