El sueño de Bernardo Reyes, de Ignacio Solares
…todo lo que salió en mí, en bien o en mal,
será imputable a ese amargo día.
Alfonso Reyes
Mario Saavedra
Ya en otras ocasiones me he referido a aquella reveladora expresión de Levin Schücking cuando afirma que “la literatura resulta ser más filosófica que la historia”, en cuanto su verdad —más flexible y menos pretenciosa— suele estar más cercana al transcurrir de la vida cotidiana. En este sentido, y por no estar obligada al rígido estereotipo científico, “la verdad de las mentiras”, como se llama ese espléndido ensayo de Mario Vargas Llosa en el cual precisamente destaca la trascendencia humanística de la expresión ficcional, se convierte en espejo de una existencia humana que por su diversa complejidad (“la búsqueda de la esencia del ser”, en palabras de Milan Kundera) escapa a los esquemas científicos que en su estricto proceder dejan muchos resquicios o vacíos sin respuesta.
Particularmente atraído por la historia, por el rescate de esa complejidad humana implícita en personajes y acontecimientos históricos incompletos en la consignación científica, Ignacio Solares vuelve con su más reciente novela El sueño de Bernardo Reyes al periplo revolucionario ya otras veces por él abordado en varias de sus múltiples aristas, ahora en la persona no menos sugestivamente atractiva de un militar y político tapatío que muriera en un aciago 9 de febrero de 1913, junto con su hijo Rodolfo, iniciándose así la conocida Decena Trágica que hundió a México en una larga oscuridad.
Este notable polígrafo chihuahuense vuelve a mostrar aquí su profundo interés por un periodo de la historia de México que se redimensiona tras el talento, la inteligencia y la sensibilidad del novelista avezado, cuya notable técnica narrativa está adosada por aquellas herramientas que el también periodista experimentado utiliza con maestría, a decir, la investigación bibliográfica, hemerográfica y documental de la cual abreva el escritor y que le confiere solidez a esta estructura a caballo entre la historia y la ficción. Bien escribió Alejo Carpertier que el novelista es cronista de su tiempo, conforme el escritor consigue conferirle un sentido de atemporalidad a su materia de creación —aquí cabría mejor decir de recreación, que es el verdadero sentido del arte— y con ello traerlo al momento en que el lector se apropia de él y lo hace suyo: Con el espejo enfrente o interlineados de la escritura se llama el libro de un autor cuyo nombre preferiría aquí no mencionar, acaso por mero pudor.
Sabemos que el punto de la madeja en la escritura de esta nueva y apasionante nueva novela histórica de Nacho Solares se desprende de su conocimiento de varios documentos y cartas no siempre consignados —o al menos no del todo— en la historiografía oficial, además de profundizar en la que debió haber sido una fuente inagotable de revelaciones, de haber podido acceder a los delirios y pesadillas causados por una terrible fiebre contagiosa que contaminó —o más bien liberó— el inconsciente de un hombre que parecía estar siempre “regido por la razón y el buen juicio”. Entonces aquí entra el novelista que igualmente rescata y desteje ese ovillo de una existencia que dialoga con sus demonios internos, con sus miedos y angustias soterrados, descubriéndonos una sensibilidad a flor de piel que igual presagia un destino para él terrible y doloroso, para la propia causa en la cual creía y por la que luchaba. Madero el otro y El Jefe Máximo de igual modo se zambullen con probada destreza en estos otras veces vedados pero luminosos intersticios de auténtico reconocimiento existencial que tanto le interesan y gustan a Solares, y donde por cierto se mueve como pez en agua.
Casi a contracorriente en una época en la cual la escritura de misivas ha sido desplazada por el lenguaje compacto y cifrado de las redes sociales, el escritor insiste en recuperar aquí, como en el propio El Jefe Máximo en torno a la no menos compleja e interesante personalidad del controvertido caudillo sonorense Plutarco Elías Calles, la trascendencia de un género epistolar en desuso y que en su carácter confesional suele descubrir aristas que otros grandes escritores de célebres novelas históricas como Marguerite Yourcenar o Gabriel García Márquez (en sus respectivas Memorias de Adriano y El general en su laberinto), por ejemplo, explotan de igual modo en sus más provechosas virtudes.
También un extraordinario periodista que nos ha dado documentos de gran valía como Delirium tremens, en derredor éste de los demonios no menos lóbregos de la dipsomanía, El sueño de Bernardo Reyes es más específicamente una novela-histórica-reportaje, en cuanto el sabio polígrafo juarense se mueve con maestría en esta especie de subgénero a medio camino en el que él se ha hecho un verdadero especialista. Así, por vías distintas, pero que gracias a la pluma diestra del escritor coinciden y se complementan en beneficio de un registro integral del personaje y sus circunstancias, Nacho Solares nos entrega otro apasionante retrato de una época especialmente entreverada de la vida nacional, con el riguroso escalpelo de quien ejecuta además una impecable vivisección de sus protagonistas en vilo.
Volviendo a La verdad de las mentiras de Vargas Llosa, este Sueño de Bernardo Reyes, de Ignacio Solares, exacerba también esa sublime virtud del arte que en su verdad primigenia y no axiomática se abre como ventana a través de la cual todos podemos asomarnos, con la posibilidad providencial de reconocer algún fragmento de nuestro personal transitar existencial.
