Cultura y comunicación 20 años después del TLCAN/IX-XV

Javier Esteinou Madrid

A lo largo de dos décadas de instrumentación de la mecánica del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) sobre la cultura y la comunicación nacionales se generaron mutaciones relevantes sobre dichos ámbitos de la vida nacional que deben ser considerados por el Estado y la sociedad mexicana para conocer cuál ha sido su impacto. Entre las principales repercusiones destaca la siguiente tendencia:

15.- La transformación de los valores.

Así como el capitalismo mexicano para afianzarse en su fase de industrialización creó a mediados del siglo XX un tejido cultural consumista que con el tiempo se convirtió en la religión de las ciudades, desde la cual los individuos construyeron gran parte del sentido más profundo para vivir y se apoyó el modelo de acumulación material, al final del siglo XX y principios del siglo XXI el “capitalismo modernizador” para consolidarse en su etapa neoliberal de apertura de fronteras requirió producir otros rasgos de la identidad nacional a través de una nueva estructura de valores colectivos. Algunos de dichos nuevos puntales axiológicos fueron la desestatalización, la privatización, la desregulación, la globalización, la internacionalización, la supercompetencia, la tecnificación, el pragmatismo, la eficiencia maquinizada, la obsolescencia, la aceleración, la virtualización, etcétera.

Nueva estructura axiológica que se distinguió por cancelar los valores del antiguo “Estado del bienestar” nacional generado a partir de la Revolución de 1910, e introducir las mentalidades y sentimientos del “Estado neoliberal” que mantiene como centro de gravedad el laissez faire, laissez passer del proyecto de acumulación ampliada en el campo de la comunicación, la cultura, la conciencia y el espíritu. De esta forma, con el proceso de globalización se intensificó la proliferación de diversos órdenes y expectativas pragmáticas del conocimiento y de la vida. En particular, se dio un mayor énfasis científico y tecnológico en nuestra tradición intelectual, que hasta el momento había sido más propicia a la influencia de la cultura humanista y jurídica.

Así, proyectado sobre el campo de la conciencia y las emocionalidades masivas las nuevas determinantes estructurales que gradualmente impuso el programa de crecimiento neoliberal, catalizado por el TLCAN, la moderna subjetividad que produjo la estructura cultural y los medios electrónicos quedó caracterizada, en parte, por fomentar el individualismo por sobre las relaciones solidarias.

Acentuar la competitividad por sobre el trabajo comunitario compartido (tequio). El canibalismo salvaje por sobre la fraternidad. La marcada admiración por lo extranjero que por lo nacional. El interés por la no planificación colectiva, sino por la altamente privatizada y globalizada. La lucha por la libertad y felicidad aislada, y no por la grupal. El valor supremo de la “eficiencia” por sobre otras metas humanas superiores. El abandono de los valores tradicionales para asimilar los “modernos lights”. El dinero como base del reconocimiento y la valoración social, y no el crecimiento interior del ser humano. El hedonismo y la “cultura narcisista del yo”. Promover el presente y futuro funny, y no el de la participación creciente en nuestro proceso histórico. El impulsar el “culto a la juventud” por ser la etapa más productiva del individuo, y el desprecio a los viejos por “feos” e improductivos.

La predilección por la modernidad entendida como el estilo de vida que permanentemente se ajusta a la adquisición de la última novedad, y el rechazo a lo tradicional y lo antiguo. La invasión compulsiva de la vida privada por las industrias culturales, y no el respeto e incremento de la “vida interior”.

En este sentido, podemos decir que en las entrañas de nuestra vida cotidiana hoy estamos ante el silencioso embate de nuestras culturas y diferencias ideológicas tradicionales para reacomodarlas o destruirlas dentro del nuevo esquema de división del mundo por modernos bloques hegemónicos. Recomposición mental que de manera gradual y silenciosa rápidamente está unificando los campos imaginarios, las aspiraciones profundas y las cosmovisiones de los seres a través de la construcción de un nuevo concepto de relaciones humanas.

Ante este panorama, es conveniente considerar que si la historia de la publicidad en México a lo largo de los últimos 40 años demostró que, con tal de vender las mercancías para acelerar el proceso de circulación del capital, esta política estuvo dispuesta a banalizar e incluso prostituir finamente la imagen de la mujer para presentarla fundamentalmente como un objeto de uso sexual; a añadirle cualidades falsas o “fetichizar” los productos para hacerlos más atractivos; a crear necesidades artificiales en los consumidores para alentar la compra; a hacer creer que el valor de las personas se deriva de la marca que eligen, y no en el porcentaje en que se conocen a sí mismos; a impulsar que el éxito de los individuos se da en la medida en que se acumulan pertenencias, y no en el grado en que se desarrollan las cualidades humanas; a modificar la identidad nacional para revalorar la autoestima social a través de la adquisición progresiva de más productos, especialmente transnacionales, etc.; al entrar intensivamente en la fase de desarrollo de “libres fronteras” se construirá masivamente a través de las industrias culturales una visión del hombre y de la vida, cada vez más, condicionada por los requerimientos de expansión y fortalecimiento del mercado universal, y no de la rehumanización de los individuos.

De aquí la importancia estratégica en plena globalización de rescatar y reforzar nuestras bases de identidad humanas y culturales.

jesteinou@gmail.com