“No temas a la esperanza, porque la esperanza no defrauda”

Papa Francisco

Regino Díaz Redondo

Madrid.-Sesenta y nueve años después, la ONU pide al gobierno de Mariano Rajoy que tome las medidas necesarias para que las víctimas del franquismo puedan rescatar a sus parientes asesinados por la dictadura y le da 90 días como máximo para iniciar el trabajo reivindicativo.

Ahora que por fin el organismo internacional se acuerda del asunto, el gobierno democrático de Mariano Rajoy se agacha y se va de lado. Debe crearse una comisión investigadora y proporcionarle los recursos adecuados e imprescindibles para hacer efectiva una demanda que dormía en el sueño de los justos.

El Tribunal Internacional de los Derechos Humanos avala esta solicitud pero el neoliberalismo español no hace caso, se burla y, al verse en apuros, se esconde y envía al último cajón de su burocracia el documento que le insta a cumplir con las leyes humanitarias más elementales.

En este país continúan exhibiéndose símbolos fascistas y muchos funcionarios públicos permiten el culto al generalísimo y su prole.

Siguen rindiéndole homenajes. Hay recuerdos e imágenes del fascio en avenidas, calles y recintos oficiales.

En Alemania e Italia no existe ni se autoriza la presencia de monumentos y fotos de Hitler y Mussolini. Tampoco se permiten mítines en su favor ni manifestaciones. El que infringe estas premisas es castigado como marca la ley.

La cárcel es la pena que se aplica a los que aplauden a los dirigentes del Tercer Reich y el Duce.

Aquí, hay políticos en activo que justifican los crímenes y el recuerdo de la época franquista porque “forma parte de nuestra historia”.

Insisto, sólo aquí, como siempre, existen medios de comunicación proclives al levantamiento de Franco contra la República días después de que el caudillo hubiese jurado la bandera tricolor.

Madrid está lleno de nombres, estatuas y banderas pre- constitucionales. La Carta Magna del 78 no considera delito fusilar a miles de personas “por ser republicanos”.

Las reverencias a un régimen totalitario que pervivió durante cuarenta años son vistas como parte de la normalidad. “En la democracia hay que aceptar a quienes no piensan como tú”, dicen los que aún viven del pasado y se beneficiaron con él, los amorales, por cuyas venas corre sangre sucia.

La nación está llena de remembranzas de las hazañas de su excelencia. La avenida de los Caídos de la División Azul que envió Franco a pelear junto a las tropas nazis durante la Segunda Guerra Mundial, es un ejemplo para los que se inclinan ante el yugo y las flechas.

   Por si fuera poco, se dan noticias favorables y se confunden las aberraciones del pasado con la nostalgia de ciertas mentes extraviadas.

El facha caminaba bajo palio en las pocas ocasiones que pisó la calle. El 99% de las veces sólo se asomaba a los balcones o las terrazas, lejos de la gente, y saludaba, con su pequeña mano derecha, a los ciudadanos que lo aplaudían  por obligación o gusto.

La imagen que proyectan estos documentos televisivos se parece a las que ocurrían en el coliseo romano cuando los esclavos saludaban al César antes de morir.

Por ahí circulan algunas sonrisas cínicas y canallas. Como broma, se escucha en algunas terrazas a personas que hablan de la “avenida del Generalísimo” y luego rectifican, con hipocresía: perdón, me equivoqué, es La Castellana”.

En pueblos y ciudades del interior y de las costas, las reminiscencias fascistas siguen allí. Hay miles de estatuas de Franco a lo largo de esta España irreconciliable e irredenta.

Personajes públicos de dudosos antecedentes, políticos y empresarios, asociaciones autorizadas, alientan desde sus púlpitos las ventajas de un régimen nefasto que apartó a España del mundo civilizado durante cuarenta años.

En las pláticas, en cafés, restaurantes, hay discusiones en donde nunca falta alguno que otro franquista. Igualmente, se oyen epítetos: “¡Vaya con la democracia…!”, “¡antes era diferente…!”.

Sí, antes era diferente porque se detenía a los que osaban lanzar alguna palabra contra el sistema y lo mandaban a la cárcel o los condenaban a muerte.

El desacuerdo con el franquismo era una traición a la patria. Una patria cansada de albergar muertos, prisioneros. Una patria cerrada a la cultura y ajena al progreso cuyos habitantes se limitaban a escuchar las órdenes y a acatarlas.

La organización Nuevas Generaciones, que goza de buena salud y apoya la derecha, entra en locales privados y arremete a golpes contra los allí reunidos porque “no les gusta su estilo”. Un fenómeno así lo sufrió un grupo de catalanes que charlaban en un local de esta capital.

Anualmente se rinde tributo a la dictadura frente a la tumba de Franco en el patio central del Valle de los Caídos, insultante sitio que nos retrata otra vez el culto a la personalidad,  la endogamia y el nepotismo.

El cacharro sigue allá, bien plantado; celebran misas por el descanso del alma del dictador y de los “mártires que mataron los rojos”.

El gobierno mantiene ese inmueble con un presupuesto de casi medio millón de euros al año; lo habitan representantes de la jerarquía católica, no cualquier sacerdote puede aspirar a ello, sólo los que han hecho méritos y no precisamente por su humanidad y condescendencia.

   Del Papa Francisco se habla poco. Los curas que lo hacen son mal vistos. En algunas parroquias, Jorge Bergoglio pasa casi desapercibido. Nuestra jerarquía católica es la más rancia del mundo.

Sí hay sacerdotes buenos pero están relegados en pequeños pueblos sin darse cuenta que en esos sitios se imparte la verdadera doctrina social.

Las grotescas huellas del fascismo no han sido, como ven, borradas del territorio. Están presentes porque la Constitución quedó obsoleta y debe reformarse. No sólo para cuestiones como la memoria histórica sino también para adaptarla a los tiempos modernos de un Estado federal que podría ser la solución, o una de ellas, para el problema del independentismo catalán.

La Transición española fue útil en su momento. Ató el futuro democrático. Hasta ahora, la paz se mantiene pero con actos de violencia por parte de las fuerzas del orden y algunos exaltados que se aprovechan de manifestaciones ordenadas.

El presente no tiene futuro si seguimos igual. Ya aparecen por todos lados puñados de carcas y falangistas. Un número importante de artículos constitucionales debe revisarse y conformarse para fortalecer la democracia.

Hay que insistir en la tarea, hacerlo pronto, muy pronto, antes de que el tardo franquismo y los ultra neoliberales acaben con la poca dignidad que nos queda.

Como debe ser— así piensan los ministros de Prometeo— el gobierno se pasó a la torera el exhorto de la ONU.

 En los medios de comunicación transitó sin pena ni gloria. Más bien con pena, salvo las excepciones de siempre. Hablar de “víctimas del franquismo” en esta tierra es mencionar a la bicha con todos los ángeles del infierno y un poquito de tierra para los humanos.

Las voces contra los simpatizantes del sublime dictador, aumentan. Alfonso Alonso, portavoz del PP en el Congreso, dijo una de las frases que más coinciden con el neo franquismo: los parientes de los asesinados por el caudillo “sólo buscan las subvenciones del Estado” y por eso continúan con su cantinela.

Ya, es que Alonso no sólo es vocero del PP sino de las camisas viejas de Arias Navarro. Es un transformado gentleman, vestido por Giorgio Armani y concebido y alimentado por los señoritos de siempre.

¿Se acordarán alguna vez los poderosos que la democracia española, incipiente y descascarillada, necesita un ajuste completo de motor y no una pintada superficial?

Porque ha llegado el día en que los jóvenes de izquierda, unidos a la madurez intelectual que progresa, están a punto de tomar las riendas de España.