Cultura y comunicación 20 años después del TLCAN/XII-XV
Javier Esteinou Madrid
Después de 20 años de aplicación de las reglas mercantiles del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) sobre la estructura cultural de la sociedad mexicana, surgieron en el país diversas consecuencias que dañaron severamente la estructura axiológica de la cultura nacional. Dentro de tales deformaciones destacó por su intensidad la presencia del reinado de la cultura idiota que ocasionó fuertes consecuencias para el avance de la conciencia nacional:
19.- El triunfo de la cultura idiota. Derivada de las lógicas de la anarquía que han impuesto las leyes del mercado sobre los procesos de comunicación social, surgió en la atmósfera mental de México el fenómeno de la cultura idiota que se caracteriza por construir una visión de la vida altamente fragmentada, descontextualizada y superficial que se produce con los enormes y rápidos torrentes de información secundaria o terciaria que transmiten cotidianamente los medios de difusión colectivos sobre nuestros sentidos.
Dicha cultura amparada en las tesis de la “libertad de comunicación”, la “superación de barreras mentales”, el “avance tecnológico de la sociedad de la información” y el “acceso a la modernidad cultural” llevó a la sociedad a saber, cada vez más, del gran mundo externo y cada día menos de nosotros como nación, comunidades y como personas.
Así, promovió intensivamente la difusión de la información parasitaria y no el impulso de la sabiduría elemental que posibilitara la sobrevivencia de la sociedad. Con ello, el mercado generó el “capital cultural” funcional que requirió la reproducción del neocapitalismo neoliberal de principios del siglo XXI y se abandonó el “capital cultural” para la sobrevivencia humana de la población en el Tercer Milenio.
Su modelo se distingue por promover en grandes dimensiones la difusión intensiva de la información secundaria, la violencia temática, el consumo exacerbado, la invasión de la privacía, la banalización de la realidad, la comunicación alarmante, morbosa y sensacionalista, la imposición mental del principio de la ganancia a toda costa, la frivolidad informativa, el show como anteojos para ver la vida, el entretenimiento vulgar y estrafalario, la cosmovisión hollywoodense de la vida, la sexualización de la programación para ser exitosa, la espectacularización de la existencia, con tal obtener ratingsy vender; en detrimento de la calidad de los contenidos y de la necesidades orgánicas de comunicar los mensajes estratégicos que requerimos asimilar colectivamente como personas, grupos, pueblos y civilizaciones meso americanas para transformar nuestras conciencias y poder subsistir en la región.
Los defensores de la programación “moderna” de la televisión, especialmente abierta, afirman que los teleidiotas no existen y que sólo es una expresión retórica o literaria de los críticos de los medios audiovisuales comerciales, pues cuando se buscan específicamente en las calles a los receptores oligofrénicos que produce la televisión salvaje no se les encuentran; pero en realidad no es que existan como sujetos que tienen dañado físicamente la estructura neurológica de su cerebro, o que no pueden controlar sus mecanismos locomotores, o que babean y arrojan espuma por la boca al caminar, o que no controlan sus reflejos para retener sus esfínteres, o que se arrastran en cuatro patas para moverse con dificultad, sino que son aquellas personas que han asimilado los postulados centrales de la cultura idiota y viven en base a esos estímulos culturales de la depredación social.
En este sentido, la cultura idiota no produce idiotas físicos o locomotores, o biológicos; sino que genera idiotas mentales que viven en base a los reactivos de la cultura salvaje que evita el avance civilizatorio de la sociedad y destruye los entornos sociales, ecológicos y humanos básicos para sostener las bases de convivencia social armónica.
Así, con la victoria del modelo de comunicación-mercado se fortaleció vía los medios de información la presencia de la cultura del retroceso social que plantea la deformación o destrucción de cualquier valor, estructura mental, tradiciones, sistema ético o idiosincrasia con tal de vender y acumular. Ejemplo de ello fue el surgimiento desde 1990 a la fecha en las principales empresas de televisión nacionales de una nueva generación de programas audiovisuales calificados como “modernos”, “avanzados”, “actualizados” y “abiertos” que han impulsado desmedidamente la violencia, el amarillismo, el morbo, el exhibicionismo grotesco, la invasión de la privacidad, el sensacionalismo, la vulgaridad, la falta de respeto, lo adrenalínico, la intolerancia, el voyerismo perverso, el sado-masoquismo con tal de conquistar la audiencia de nuevos auditorios e incrementar sus ventas.
Conforme avanza el modelo de cultura y de comunicación mercado en el país y en el mundo dichos géneros audiovisuales continúan perfeccionándose y creando otros nuevos prototipos audiovisuales culturales que introducen nuevas dimensiones del fenómeno de la cultura idiota en México.
La evidencia histórica demuestra que la aplicación desregulada de la dinámica de la “mano invisible” del mercado a los procesos de comunicación colectivos en el país no construyó en nuestra sociedad un sistema de comunicación superior y de mayor calidad, sino que ha formado un complejo modelo de comunicación inferior y enano orientado hacia la muerte moral y espiritual de las comunidades.
En este sentido, podemos afirmar que la globalización audiovisual del libre comercio desde la década de los 90 en adelante el sistema monopólico de comunicación nacional no crearon nuevos espacios de televisión superior, sino que degradaron los contenidos con tal de comercializar y acumular más.
