Ningún imperio dura para siempre
Guillermo García Oropeza
Es cierto que lo de Gaza —masacre e infanticidio— ya pasó, ya no es noticia, pero lamentablemente los crímenes tienen consecuencias y en la historia no es tan fácil volver la página. La hazaña de Netanyahu, del poderoso Israel producirá al corto o lejano plazo reacciones que vale la pena meditar. Una de ellas es el crecimiento del antisemitismo no sólo en el mundo musulmán, donde ya es endémico, sino en Europa y en América, especialmente en América Latina, donde el antisemitismo supuestamente ya estaba olvidado. Nos enteramos de que en el Reino Unido, tan expuesto a unos medios muy sujetos a la política norteamericana e israelí, ciertas encuestas hablan de la multiplicación del antisemitismo.
Lo mismo sucede en Francia donde los musulmanes superan a los judíos en proporción de diez a uno. Y si en Alemania por obvias razones el antisemitismo se reduce al movimiento neonazi hay que recordar que por toda Europa la derecha tradicionalmente antisemita está a la alza, incluyendo, algo que me duele personalmente, en la libertaria y generosa Holanda.
Pero más que el crecimiento antisemita en la población en general, los sucesos de Gaza me ponen a pensar si una de sus consecuencias no será que la tradición liberal reciba un fuerte golpe. Una tradición que se remonta quizás a la Revolución Francesa y que tuvo un punto máximo allá cuando Emilio Zolá lanzó su emblemático “yo acuso” a los católicos y militaristas que se habían ensañado con el oficial judío Dreyfus y que sería liberado de la Isla del Diablo por la presión liberal. Un incidente entre tantos de esa tradición de la izquierda en contra del racismo de la eterna derecha.
Sé que algunos intelectuales judíos en Israel y en el mundo no están de acuerdo con las tácticas fascistas de Netanyahu, con el arrogante militarismo israelí, pero me temo que estas voces aisladas y la de los liberales no judíos poco puedan cambiar la política de Israel.
Y es que Netanyahu sabe que su país es tan fuerte y que tiene tales apoyos del exterior, principalmente de los anglosajones aunque también de Francia, que al parecer contribuyó a su poderío nuclear que se puede dar el lujo de despreciar las críticas. Netanyahu ha alcanzado esa posición política envidiable de los poderosos a quienes no importa ser amados o tener la razón moral con tal de ser temidos. Algo que los griegos clásicos llamarían el “hubris”, es decir, el orgullo, la arrogancia que tantas veces conduce a la tragedia porque Dios o los dioses o simplemente la historia, tarde o temprano hacen que todo se pague y que ningún imperio aun uno tan poderoso como el de Netanyahu dura para siempre. Y los judíos con su trágica historia deben de saberlo.
