“En algunas regiones, aún hoy, pensar puede costarte la vida”
Santiago Rocangliolo, escritor.
Regino Díaz Redondo
Madrid.- Obama, Putin, Merkel, Cameron, Renzi, Hollande y los jefes de China, porque los chinos ya nos inundaron, insisten en escuchar a Mariano Rajoy, el líder histórico de la recuperación y el bienestar de España, para seguir consejos, aprender su doctrina y aplicar la teoría del nuevo “milagro español” que nos tiene en la cúspide del Everest social.
No empujen, hagan cola, responde Rafael Hernando, portavoz híper-demócrata, egresado de Harvard, estudioso y catedrático de Oxford, maestro de Yale, descendiente de Goebbels, azote de Podemos, intransigente con Izquierda Unida, fotógrafo de Amanecer Dorado, impoluto ser que vive y ayuda a los pocos menesterosos que aún quedan en España.
Hernando está abrumado, quiere instalar nuevas líneas para que Prometeo atienda a los jefes de Estado que se agolpan para hablar con él. La Casa Blanca ayuda en la ampliación telefónica y cibernética y quiere ver la imagen del Gran Hermano, estadista único.
Mariano Rajoy es requerido en los parlamentos americanos y europeos, no tiene tiempo para discursear en Estrasburgo, la Unión Europea manda a Junker con la intención de que le haga un pequeño hueco en su agenda.
El mundo está conmocionado. Llegó el día esperado, la nueva buena está aquí. Con nosotros tenemos al redentor de España. Su frase “nunca España ha sido más democrática ni ha estado tan bien como ahora”, la lleva todos los vientos. Sus palabras, inclusive las mínimas a que nos tiene acostumbrados, se acuñan sin cesar. “Crecemos más que cualquier país de Europa”, estamos en la cima de la civilización, añade con un gesto protector.
De pronto, Prometeo es el oráculo internacional. Su percepción económica y su dedicación política nos sacó del agujero abierto por los derrochadores, incumplidos, negacionistas. Siempre conciliador, admite que podría pactar con el PSOE para mantener la estabilidad nacional.
Prometeo es un luchador incansable, griego epónimo, “maître a penser” del mundo civilizado y del huérfano.
Acuérdense cuando los ignorantes no sabían leer ni escribir y que eras tú, Rajoy, un puñado de mentiras, el vivo retrato de un personaje sin ideas, repetías obviedades y tus razones eran las sinrazones del mundo.
¡Cuán distinto es ahora!
Recuerdo, personalmente, los momentos en que no admitías preguntas y aparecías en un plasma de televisión. Fuiste un ser incomprendido para esos “progres” tontos e inmaduros. Combatiste, Mariano, contra el fanatismo de las ideas. Las ideologías, te oí explicar, sólo conducen a la confusión entre la gente.
Guardabas enseñanzas magníficas de viejos referentes. Atesoraste actitudes ejemplares, inclusive el día en que Ramón Serrano Súñer, el ministro de Franco que gritó, con justa razón como tú lo haces, “vivan las caenas”.
De este personaje aprendiste a desechar lo inútil que contaminaba a la sociedad y que, con la bendición del generalísimo, mandó los libros a la hoguera.
Tú eras pequeño pero ya apuntabas hacia arriba. ¡Arriba España!, coreabas con tus condiscípulos que estudiaron para Registradores de la Propiedad.
Más tarde, con uno de tus maestros, José María Aznar, al que superaste con creces, apoyaste la guerra en Irak contra la opinión de la chusma. Fuiste copartícipe silencioso pero entregado a los órdenes de George W. Bush, de Tony Blair y del anfitrión José Manuel Durào Barroso. Claro, hubo miles de muertos, pero hubiese sido peor perder la hegemonía petrolera ajena, que no la tuya, en los países de Arabia.
Peleaste con denuedo para ganar la partida a Rodrigo Rato y a Jaime Mayor Oreja. El esposo de Ana Botella, la inteligente alcaldesa de Madrid, te nombró su sucesor, sabía mucho el hombre del bigote hitleriano.
Después, actuaste con tu acostumbrada franqueza contra Esperanza Aguirre que osó varias veces sucederte y que ahora reinicia su escalada en política.
Ella, tú lo sabes, es una mujer ambiciosa y abusó de tu buena fe y de tu inequívoca amistad. Por eso ahora la crees. A lo mejor aceptas que sea candidata a la alcaldía de Madrid para demostrarle que no tienes rencores.
¡Qué lejos estás de esos estigmas de la gente corriente! Tu eres un alma limpia y lanzas verdades de a puño. ¡Por eso te envidian!
Te has creado enemigos porque reniegas de los hipócritas y los advenedizos. Porque ni tuviste ni tienes en tu gobierno a dogmáticos como Ana Mato y Alberto Ruiz Gallardon.
Los quisiste sostener pero te fue imposible. Luchaste por ellos y lloraste cuando renunciaron. Fueron lágrimas de un hombre sereno y cabal. Todos los políticos te lo reconocen. Sólo los imbéciles, falsos apóstoles de la justicia y del bien general, te lo echaron en cara.
(Te remito a tu antecesor, Prometeo. Dice la historia que robaste a los dioses el fuego, el saber hacer y la sabiduría para entregárselo a los mortales. Aquéllos, celosos de tu situación ganada en honesta lid, te ataron en una roca en el Cáucaso y Zeus envió un águila para que te picotera el hígado. Tu tortura duró mil años y Heracles te salvó cuando, otra vez Zeus, quiso arrasar con todos después del diluvio universal. ¡Loado seas!)
No ejerciste represalias contra nadie. Respetaste a los partidos de oposición aún aquellos cuyos miembros eran populistas, ideólogos del mal, y sobretodo, antiespañoles.
Antepusiste a tu país – España, querido Prometeo—a las vejaciones que te lanzaron desde afuera. Decían, impunemente, que ibas a sacar a España de la geografía mundial, como lo hizo el caudillo.
No los oíste y ahora, ya ves, triunfaste.
Tienes el camino despejado hacia la redención que te mereces como nadie. Si alguien duda de tu victoria se equivocará otra vez. Porque no votarte es no desear una España libre de compromisos. Eres un espejo de lucidez en el mundo oscuro que te tocó vivir.
Esta y las nuevas generaciones te lo agradecerán siempre. Las páginas de la historia, los libros de texto ensalzarán tu ideología y esta será motivo de debate entre cientos de pensadores del presente y el porvenir.
Naciste para ser un oasis en tierra de ignaros apóstoles. El pueblo español ensalzará tu entrega a las buenas causas y tu partida, si alguna vez ocurre, Dios no lo quiera, será llorada, nunca lo suficiente.
Te añorarán esos demócratas descoloridos y utópicos que te desobedecieron. Pero si estos consiguieran mandar y hacer de España una nación distinta, perecerán muy pronto. Tú y yo lo sabemos. Te defendemos de palabra y obra.
¡Prometeo, Prometeo, hablas mal y no te creo!
