“Creo que con el tiempo merecemos no tener gobiernos”
Jorge Luis Borges.
Regino Díaz Redondo
Madrid.- “Tic-tac, tic-tac, tic-tac…” grita Pablo Iglesias para anunciar que comenzó el año del cambio. Lo expresa con acento duro y el puño a la altura del pecho frente a miles de personas que abarrotaron la Puerta del Sol y las calles que confluyen como brazos amigos y protectores.
Hace días, el 31 de enero, el líder de Podemos subió a una tribuna improvisada y largó un discurso emotivo y nostálgico para tocar la fibra sentimental o sentimentaloide de los que escuchaban atentos y lanzaban al aire “…Pablo presidente, Pablo presidente…”, producto de un contagio colectivo.
Alegría y esperanza. Pero también preocupación. La marcha fue una manifestación que sirvió para hablar de sueños y de ultrajes. La formación Podemos afirma no ser un partido sino producto de una decisión asamblearia.
La llegada del nuevo organismo político ocupa la atención diaria de comentaristas de TV, radio, periódicos digitales, prensa y tertulias. De tanto hablar de él, pierde brillo y se desgasta. Porque sus líderes son investigados y les reclaman falta de claridad al informar de sus ingresos y mayor compromiso con los medios de comunicación.
Responden a las preguntas que les hacen para demostrar su inocencia — si es que son inocentes — ante las acusaciones que les lanzan desde todas partes. Pero tienen que contestar, opinar sobre lo que se le ocurra a cualquier periodista y no importa la hora. Los empresarios están atentos, no lo pierden de vista.
Desde el plató de TV, socialistas y conservadores son los más críticos. Los primeros lo hacen por disciplina y sin mucha vehemencia. Los nostálgicos, ampulosos, agreden con embustes y se creen dueños de la verdad absoluta, de una verdad que han manchado en muchas ocasiones y que negaron otras. A veces, sin echar mano de Perogrullo, todos estamos obligados o motivados para decir mentiras porque la verdad es una, no única, pero sí de todos y no de unos cuantos como ahora se pretende.
Todo ello pasa sobre el análisis serio y cae en el insulto. Abundan las objeciones peyorativas que se mezclan con datos inconclusos o amañados. Suele ocurrir, sobre todo, entre los comentaristas y tertulianos que acuden a los debates públicos.
Son pocos los que se mantienen al margen porque hacerlo podía ser un despropósito en estos tiempos. Muchos de los marginados se escandalizan con la serie de enfrentamientos que crecen y pueden terminar en violencia durante los próximos meses.
Los “traspiés” de Juan Carlos Monedero con Hacienda son pasto de diatribas y fortalecen posiciones partidistas. El Podemista tiene que explicar más de dónde provienen los 427 mil euros que recibió de los gobiernos del ALBA (Alianza Bolivariana para América) por un estudio realizado para preveer la posibilidad de que se establezca una moneda única en Latinoamérica.
El Ministerio de Hacienda se recrea con sorna y quiere ridicularizar al tercer hombre de Podemos. Pero lo hace desde una tribuna muy gastada y con los gestos cínicos de siempre.
Hay que admitir que la creación de empresas de un solo individuo no es muy conveniente para la salud democrática de nuestro país. Aunque una cosa es el parloteo de Cristóbal Montoro y otra que no haya denunciado alguna irregularidad que, según él, existe.
El gobierno tiene la obligación ineludible de apoyarse en datos fidedignos y exhibirlos, actuar en consecuencia, pero no ser uno más de los comentaristas en turno.
En este orden de acontecimientos, el debate se convierte en un pleito callejero y en el continuo enfrentamiento social al que nos llevan los protagonistas de nuestro presente.
Ni Podemos es la panacea, y lo saben, ni el PP y el PSOE tienen credibilidad suficiente. Al menos, tienen poca, y crece en proporción inversa a una realidad herida por intereses oscuros.
Ante unas 200 mil personas (100 mil según la policía y 300 mil según los manifestantes) hablaron Pablo Iglesias, Íñigo Errejón y Juan Carlos Monedero. Sus discursos no fueron brillantes pero sí efectivos. Tocaron la fibra emocional que produce alegría y algún que otro llanto contenido sobre todo el de la gente joven y la de muchos viejos ilusionados.
Simultáneamente, se efectuaron reuniones de neoliberales por una parte y de socialistas por otra. En ellas intervinieron sus dirigentes. En la Convención del PP abundaron los discursos, hubo un derroche de soberbia, una retahíla de mentiras y un despropósito incontenible.
Entre los socialistas, Pedro Sánchez volvió a emprenderla con Podemos, sin mencionarlo, y lo descalificó con adjetivos y sin argumentos válidos. En vez de fortalecer a su gente, el líder del PSOE mantiene una presencia pública que se acerca cada vez más a la derecha y divorcia del ánimo renovador que impulsa la mayoría de las clases medias.
Don Pedro (resulta difícil ponerle don a un joven de escasos 40 años) fue menos expresivo, quizá más cauto o no se le ocurrió, al referirse al grupo asambleario recién formado. Pero dijo, con énfasis, que la única izquierda frente al PP es su partido. ¡Significativo!
Por su parte, Miquel Iceta, secretario general del PSC, se mojó con frases barriobajeras: “En este tiempo de tanto charlatán, curandero y vendedor de crecepelo, merece la pena recordar a aquellos que no sólo hablaron, sino que sí pudieron arreglar las cosas”. Como se ve, este personaje fue muy dialéctico.
Echó su cuarto a espadas un hombre inteligente, Alberto Garzón, candidato de Izquierda Unida a la Moncloa. Expresó que sería un error histórico que Podemos no quiera ir con IU a las urnas en las próximas elecciones.
También, Esperanza Aguirre (flamante comentarista) asegura en su columna de ABC, que avala lo dicho por Felipe González sobre la honradez y que está de acuerdo en que se investigue la fortuna de quienes llegaron al poder sin blanca y al despedirse viven como multimillonarios.
Estamos en febrero y las generales serán en diciembre por lo que nos esperan unos meses de violencia verbal. Mientras no sea física, de acuerdo, pero existe el peligro de que las cosas lleguen a más y se enciendan los ánimos.
Los “apóstoles” Pedro y Pablo (vienen los nombres como anillo al dedo) tienen que dejar las descalificaciones entre sí y ver cómo mejorar el futuro de España. Menos egoísmo y más trascendencia en lo social, más compromiso y solidaridad con la gente. Los dardos dialécticos no conducen más que a hacer heridas difíciles de cerrar. Si eso es lo que quieren, la nación no tendrá ningún descanso.
Como no habrá una mayoría absoluta en los comicios de fin de año, es preciso preguntarnos cuáles serían las alianzas más lógicas para formar gobierno. Cualquiera es aceptable menos la del PP-PSOE, aberración histórica que, de darse, llevaría al socialismo a la pérdida absoluta de su identidad. La derecha perdería a los ultraconservadores.
Las demás uniones políticas, en su caso, son factibles. Hoy más que nunca no confundamos la recuperación de los españoles con la ambición del poder.
¡A ver qué pasa!
