No se puede permitir que el Mediterráneo esté convertido

en el gran cementerio de inmigrantes.

Papa Francisco

 

 

 

 

Regino Díaz Redondo

Madrid.- A petición expresa de la Conferencia Episcopal – organismo aún en manos del clérigo ortodoxo y conservador – el gobierno impone, con placer, el estudio de la religión en las escuelas públicas españolas en un insólito afán de crear problemas este año en que los enfrentamientos políticos e ideológicos son cada vez más graves en todo el territorio nacional.

Por si fuera poco, el ministerio de Educación ordenó a los colegios públicos que esa materia tenga la misma importancia que el español o las matemáticas. Aunque no se opte por ella, los niños, desde párvulos, recibirán enseñanza católica porque “contribuye a fortalecer a la familia y prepara mejor a los futuros ciudadanos”.

La decisión ha sido impugnada, inclusive, por organizaciones cristianas que no están de acuerdo porque no es la mejor manera de apuntalar la libertad de culto. Es así como, de la mano de Mariano Rajoy, regresa otro asunto controvertido que parecía haberse resuelto hace tiempo.

En los colegios privados se imparte la asignatura religiosa si lo quieren los padres de familia, pero en los públicos no ocurría y no se esperaba. Hasta que llega Prometeo y vuelve a enredarlo todo.

Es insólito ver cómo el Estado regresa a un pasado oscuro que abreva en fuentes de la esclerótica oligarquía religiosa, carece de razones, no tiene sensibilidad y recobra una polémica absurda y retrógrada.

¡Bastantes dificultades hay ya!. Este año del cambio nos basta con los problemas que tenemos. Deberíamos transitar con paciencia a lo largo del 2015.

Hay que limar asperezas y dedicarnos a vivir un poco menos mal. Pero Rajoy no escarmienta. No sé si porque es ajeno a la realidad que nos agobia o bien la conoce y busca trifulca, por si logra eternizarse en Moncloa.

¡De cualquier manera, qué desatino!

Las razones que esgrime el ministro José Ignacio Wert para justificar el estudio de la religión católica en los cada vez menos colegios públicos que nos quedan, es sólo un pretexto que reafirma sus ayeres antidemocráticos. La intención es obvia: hay que retornar a la época en que Franco caminaba bajo palio para asistir a las ceremonias.

En todo caso, los jóvenes españoles deberían estudiar también, si así lo desean, los ritos musulmanes, protestantes y ortodoxos griegos. Pero no.

Flaco favor hace Wert a quiénes siguen a Dios, lo aman de verdad y acuden convencidos a misa para reconfortarse.

Lo único que consigue este señor es revolver las conciencias y que nos acordemos de la santísima inquisición. No vaya a resucitar ahora que Rouco está jubilado.

Entramos en política, PSOE, PP, Podemos, IU, Ciudadanos y UPyD, se disputarán miles de alcaldías, 17 comunidades autónomas y la presidencia del gobierno de España, en unas elecciones en que el bipartidismo está muerto.

Las coaliciones serán obligatorias para gobernar. El nuevo jefe de gobierno a partir del 2016, saldrá, sin duda, de un acuerdo entre las fuerzas de izquierda, si es que quieren remover a don Mariano.

Por otra parte, los medios de información comienzan a exhibir sus simpatías y a acomodarse. Hay quienes se atreven a exagerar o mentir pura y llanamente para que la balanza se incline a favor de su candidato predilecto.

El periodismo deja paso, por tanto, a un manejo político que responde a los compromisos económicos de cada diario o televisión privada o pública.

Entristece constatar cómo se mueven los informativos a favor de tal o cual fuerza, no importa la forma en que se haga, sin argumentos y falseando la verdad. Aunque hay excepciones.

Las campañas han comenzado. Los populares perderán una gran parte del territorio; su deterioro es evidente por insensibilidad de la cúpula culpable de que tengamos una España socialmente dividida y calenturienta.

Las peleas más importantes se dan en Andalucía (las elecciones son el 22 de este mes), el municipio y la Comunidad de Madrid y en Valencia, donde parece que los conservadores tienen las de perder. Los populares se defienden tirando zarpazos; siembran el miedo, que ya es su escudo, y aseguran que, sin ellos, vendrá el caos, la nación se desestabilizará y el futuro será desolador.

No es cierto. Al contrario, si Rajoy obtuviese la mayoría en los comicios la gente sería más pobre, la discriminación aumentaría, los bancos y las multinacionales se pondrían las botas y los españoles estaríamos al borde de la pobreza total, convertidos en súbditos de la troika.

Cree Prometeo que cuanto más tarde en dar a conocer a sus candidatos mayores posibilidades tendrán de ganar. Porque, insiste, “hay que quemar” al enemigo con mentiras y datos falsos, mediante el engaño y el dibujo de un panorama apocalíptico que sólo su partido puede evitar.

Volvemos al pasado desquiciante que ahoga ilusiones, encorseta el progreso y destruye caminos de mejoría ciudadana. España no está mal. Está peor, angustiada. El español ve que las pocas conquistas obtenidas desaparecen a medida que el futuro encarna una cara sucia, muy carpetovetónica.

La democracia grita socorro y el gobierno no escucha; la vieja guardia pro dictadura echa atrás las libertades conseguidas por derecho y con los esfuerzos de la gente ante la irritación de todos que no suporta más.

Ojo, este pueblo se subleva siempre y pasa factura en el momento adecuado. Lo ha demostrado. Se hunde un tiempo pero tiene la virtud de recuperar la dignidad.

Ahora, España se enfrenta a una de las situaciones más difíciles de su larga y accidentada vida. La derecha es, metafóricamente, la homicida de la democracia porque usa la historia para aprovechar experiencias negativas en lugar de impulsar libertades.

Un país viejo como el nuestro puede, también, cambiar con rapidez con sólo recordar su pasado.

Mientras, la codicia sigue su marcha inexorable hasta que se rompa las narices contra la realidad. El Ibex-35 crece, los bancos ganaron el 25% más durante estos años de crisis y el poder adquisitivo de la gente disminuyó en un 38%.

Wert insiste en apretar el acelerador cuando el coche está a punto de chocar. Hace poco hizo otra de las suyas. Redujo a tres años las carreras profesionales para permitir que los dos últimos se realicen en escuelas privadas a las que no pueden acceder los que tienen bajo nivel adquisitivo.

Es el imperio de los institutos privados, las universidades caras y los centros pedagógicos de lujo.

¡Hemos llegado al límite!