Regino Díaz Redondo

Madrid.- Todos somos culpables, sí, el país va a la deriva y lo sabemos. Los que marcan la política, industriales pocos serios, medios de comunicación al servicio del PP o de cualquier otro partido, bancos y la UE, el gobierno podrido por su ambición desmedida y la mentira, participamos en la debacle de la nación.

La mayoría sufre a rufianes e importamadristas, a personajes que fueron ejemplo y ahora se ceban contra empleados y obreros y se dicen exentos de culpa. Hay grupos numerosos envueltos en el miedo que se conforman con migajas y no ayudan; que más vale comer aunque sea poco pero caliente, que pueden pasar hambre y que es mejor vivir en 30 metros cuadrados que en chabolas.

Estos últimos son muy peligrosos. Representan a la masa que se inclina ante el poder en turno. Hay que despertarlos y hacerles partícipes de la recuperación que se fragua. Sobre todo que entiendan que peor no se puede estar.

Mientras, éste es un breve panorama de lo que ocurre, sin apocalipsis ni timideces. Ni tremendismos pero sí realidades. Si no contribuimos a la recuperación la burguesía poltrona continuará en brazos del inmovilismo.

La impunidad propicia y da a luz a la corrupción, ésta crece y engorda alimentada por políticos y empresarios avaros, ambiciosos sin límite protegidos por leyes autoritarias que impiden protestas, quejas y manifestaciones. En el país, los ladrones llevan escoltas pagadas por las arcas públicas aunque hayan dejado la función gubernamental años atrás. Conservan salarios y guaruras de por vida.

Pongo algunos ejemplos para ser más claro: José María Aznar, Felipe González Márquez (el defensor de los derechos civiles en Venezuela) y Rodrigo Rato, son claros exponentes de cómo la falsa defensa de los españoles y el afán de protagonismo da buenos frutos y que vale la pena exponerse a increpaciones e insultos con tal de mantener sus asesorías en multinacionales y en ciertos ámbitos del sector privado.

Aguantan increpaciones e insultos por su infumable actividad pos gobierno pero lo aceptan de buen grado porque tienen más conchas que un galápago. Como ellos hay miles más que pululan por ahí ondeando banderas del progreso que luego pisotean cuando entran a sus residencias.

El cambio de saco (chaqueta) o mejor dicho quitarse la chamarra populista (aunque el término no lo acoja aún la RAE) y ponerse corbata y traje de 180`, les permite disfrutar y son todavía referentes idóneos de esta tierra violada a lo largo de su historia.

Hasta la médula – sustancia grasa, blanquecina o amarillenta que se halla dentro de los huesos de algunos animales – estamos invadidos por la inmoralidad, el cinismo, el lucro y la estupidez de quienes lo permitimos.

Robar es enfermedad endémica. Somos una nación que presume de testículos, utiliza frases machistas y luego nos entregamos sin condiciones porque no hemos sabido, casi nunca, imponer la dignidad que en otros tiempos fue nuestro principal emblema.

Lloramos como mujeres lo que no sabemos defender como hombres, fue el grito de la sultana Aixa a su hijo Boabdil cuando perdió Granada.  Ya desde entonces éramos machistas, pero, al menos, manteníamos el orgullo en nuestros cotos y castillos.

La democracia nos trajo libertad pero desconocemos como ejercerla y cuáles son sus atributos. La incluimos en nuestro diccionario cotidiano como triunfo pero la conjugamos mal y ni siquiera hemos estrechado su mano. Apoyados en ella, aumenta la desigualdad y el desapego, el egoísmo y la ira.

Las clases medias, altas y bajas, serias o sonrientes, somos seres despreciables sin capacidad de salir adelante, dicen nuestros preclaros prevaricadores. Somos vagos que dormimos la siesta, bebemos vino y whisky (ah, pero sólo, por favor) y nos vamos de farra hasta las tantas de la madrugada. Cabreados por la resaca y la desmarañada, salimos al trabajo para cumplir de mala manera en espera de la media hora de descanso, para “curárnosla”.

A las cinco de la tarde volvemos a la chamba, soñolientos y los ojos rojos. Ya queda poco para las ocho o nueve en que entramos en casa para cenar y reponer fuerzas. Nos vamos a las diez a charlas con la luna y ésta nos mira sorprendida, cansada también, incrédula, dolida porque tiene que alumbrarnos. Alumbrar a seres que no lo merecen.

Y así cada día, semanas, meses y años. En el calendario marcamos todos, todos, los días de fiesta nacionales, de la región y de cada pueblo. Nuestras vírgenes nos sirven de excusa. La Macarena y Triana, en Sevilla; la Pilarica, en Aragón; San Isidro en Madrid, la de Guadalupe en Galicia… y suman once mil, aunque nunca las haya habido.

Somos parte de un territorio fecundo que casi hemos convertido en estéril porque lo hoyamos, rajamos, escupimos y manchamos por nuestra ausencia de principios morales. Hay miles de intelectuales de pacotilla que salvan a la patria con las manos sucias. Por nuestra falta de sentido común y dejadez entregamos nuestro país a manos ajenas. Vivimos en una superficie que merece otros habitantes. Nuestra tierra está en proceso de putrefacción.

Sólo un milagro nos salvaría. Pero ¿quién cree ya en los milagros?… ¿Y en la fe, quién tiene fe…? Esa señora de faldones negros, que tanto nos ilusionó en tiempos pasados, está desgastada por melifluos dictadores de gobierno, autoritarios, por iconos de la moda, de la prensa, de la cultura, de las finanzas, de la intolerancia.

La han convertido, y pido perdón, en una prostituta barata y vieja. La nación de quijotes es una utopía ya. Cervantes hizo bien en mezclar sus huesos con otros en las Trinitarias. Déjenlo en paz, fariseos de la imaginación, tan vapuleada y perseguida por ministros imbéciles, aprovechados, que ni soberbios son, aunque lo intenten. Quisiéramos una sociedad sanchopancesca pero ¡quiá!, el alcalde de Barataria fue un personaje sabio y hábil, compasivo.

Estamos hundidos en el cohecho y los sobornos. La honestidad, a subasta. Es un sustantivo que muere por inservible e inanición. Los maletines con dinero surcan nuestro diario atardecer. Se otorgan privilegios y condecoraciones por “dedazo” según te comportas y cuantas veces te pones de rodillas.

Aquí ya no se compran conciencias sino que se destrozan y eliminan. Los lerdos inútiles vegetan y se ponen obesos. Los jefes de ellos, alardean de ser gente de mundo. Un mundo construido por la oligarquía absoluta que se resiste a partir. Quienes no se pliegan son pichicatos y vulgares, buenos para nada y para nadie. La sociedad como representante de la civilización se ahoga en el pantano o es devorada por el monstruo del lago Ness que se ha trasladado a nuestra aguas con su familia para hacer caja y aumentar el turismo.

Por cierto, que somos un país de vacaciones porque permitimos las mayores obscenidades. Borrachos, desnudos, drogados, los británicos se carcaquejan en Cataluña, la de Mas y Junqueras.

“¿Quierr..en dinerr..o…?  no?”, dice uno de ellos con ademanes de superioridad “….pues aguanten….  La madre de la indecencia pare a los políticos. En ella abrevan narcotraficantes, blanqueadores de dinero, traficantes de drogas y de medicinas y sus compinches.

Sólo un milagro nos podría salvar… pero creo que la Santísima Trinidad hasta los coj…..  de todos nosotros. Además, es posible que Dios, Jesús y el Espíritu Santo se hayan dado cuenta de que no tenemos remedio. Somos el colgajo raquítico del sur de Europa que ayudamos a que nuestros dueños disipen fortunas en vez de compartir trabajo y decencia. Nunca supimos conservar la estabilidad ni mucho menos utilizarla a nuestro favor.

Sin embargo, en la negrura que nos rodea, yo me quedo con la ñ de sueños y de España.

Confío en que 2015 será el año de la resurrección y del principio del arreglo institucional. Porque sino la terrible desigualdad del momento nos aplastará muy pronto.

Seremos cenizas de una historia que debió ser respetada. A ver si en este siglo lo conseguimos. Del XX hay que olvidarse.