En memoria del español Vicente Aranda
A la memoria de Jaime Almeida
Mario Saavedra
Después de pasar su infancia y su adolescencia en Barcelona, por una suma de circunstancias más bien extrañas, el realizador español Vicente Aranda (Barcelona, 1926-Madrid, 2015) se encontró durante la década de los cincuenta en Venezuela trabajando en sistemas de contabilidad. A su regreso a España, luego de intentar sin suerte ingresar primero en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas de Madrid, y más tarde al IDHEC de París, terminó por instalarse finalmente en su ciudad natal y convertirse en uno de los puntales de la llamada Escuela de Barcelona cuya refinada estética constituyó una auténtica novedad y un parteaguas en la cinematografía española.
Después de debutar en 1964 con De brillante porvenir, obra realista codirigida con Román Gubern y demasiado distorsionada por la censura franquista que para entonces en España caía como la espada de Damocles, Vicente Aranda emprendió por fin su itinerario creativo con sus mucho más personales Fata Morgana de 1966, donde se encuentra en estado puro el realismo fantástico que propugnaba el grupo, y Las crueles de 1969, donde estos elementos se mezclan con algunos otros más comerciales tras la búsqueda de una no menos imperante sobrevivencia. Sobre esta siempre difícil cuerda floja de consecución de lo personal, sin romper del todo con la línea de lo que impone un mercado nacional para entonces maniatado por las reprimendas dictatoriales, aparecieron La novia ensangrentada de 1972, una historia de terror destrozada por la propia censura, y Clara es el precio de 1974, un fracasado intento de comedia erótica con apenas algunos incipientes atisbos de lo que sería años más tarde —ya muerto Franco— su cine de ruptura.
Tras esta búsqueda sin cuartel, pero todavía con el freno de un aparato que se resistía a desaparecer del todo, sobre la inercia de la costumbre y los prejuicios, vino Cambio de sexo de 1976, correcta pero también demasiado fría historia de un transexual, que marcaría un provechoso encuentro mutuo con su después actriz de cabecera Victoria Abril. En este paulatino proceso de ruptura de cadenas llegan después La muchacha de las bragas de oro de 1980, adaptación propia de la novela homónima de Juan Marsé, que llama la atención por tratarse de la incursión de un escritor franquista en su pasado, y su también personal adaptación de la dura obra maestra de este novelista también catalán, Si te dicen que caí, que por desgracia no alcanza la maestría de su original literario.
En la televisión
Eso sí ya en el hallazgo de su camino, al adaptar con buen olfato obras literarias con potencial cinematográfico, llevó luego a la pantalla, en 1982, Asesinato en el Comité Central, cinta policiaca —teñida irónicamente de política— a partir de la narración homónima de Manuel Vázquez Montalbán, y luego, en 1984, de Andreu Martín, la excelente novela también policiaca Fanny Palopaja, retrato sin concesiones de una joven de suburbio y de un policía corrompido. Más tarde, de igual modo por debajo de su fuente primaria, se aventuraría con el gran clásico de la novela española de la posguerra de Luis Martín Santos, Tiempo de silencio, en 1986, y con mejor fortuna, con las secuenciales biografías del quinqui Eleuterio Sánchez: El Lute (Camina o revienta) de 1987, y El Lute II (Mañana seré libre) de 1988, que lanzaron al estrellato a su protagonista Imanol Arias y alcanzaron muy buena acogida tanto de la crítica como del público.
Tras algunos trabajos para la televisión, entre los que destaca Los jinetes del alba de 1990, sobre la novela de Jesús Fernández Santos, el para entonces ya sexagenario Vicente Aranda tuvo el que se puede decir fue el más grande éxito de su carrera con Amantes de 1991, película basada en un guión original de Álvaro de Amo y Carlos Pérez Marinero, que causó sensación y rompió paradigmas por su erotismo descarnado, haciéndose merecedora a los premios Goya a Mejor Película y Mejor Director, así como al Oso de Plata a la mejor actriz en Berlín para Victoria Abril, contribuyendo además a la consagración de unos entonces jóvenes Maribel Verdú y Jorge Sanz. Paradójicamente, sólo hasta entonces se conocía y reconocía realmente en el exterior a un realizador pilar de la cinematografía española, maestro y modelo de tantos otros que ya habían accedido a los circuitos internacionales, entre otros, por supuesto, Pedro Almodóvar.
Nuevamente con uno de sus actores fetiche, Imanol Arias, y con Ornella Muti, en 1992 rodó El amante bilingüe, de vuelta a una obra de su también novelista de cabecera Juan Marsé, e Intruso, con Ángel Valero y Victoria Abril, de 1993. Época sumamente prolífica en la que hacía al menos una película por año, con todo lo que ello implica de premura y aceleración de proyectos, le siguió la también exitosa La pasión turca de 1994, con Georges Corraface y una espléndida Ana Belén, basada en la exitosa novela homónima de Antonio Gala, con un hermoso y sobresaliente soundtrack de José Nieto que se hizo merecedor a muchos premios. Y en 1996 hizo Libertarias, sobre un grupo de mujeres anarquistas en plena revolución española, que reunió uno de los mayores repartos del cine español, con figuras taquilleras como Ana Belén y Miguel Bosé, sus recurrentes Victoria Abril y Jorge Sanz, Ariadna Gil, Loles León y José Sancho. Cerraría esa nutrida década con los más bien olvidados filmes La mirada del otro y Celos, de 1998 y 1999, respectivamente, el segundo de ellos con la siempre sensual Aitana Sánchez Gijón y el mexicano Daniel Giménez Cacho.
España
La década siguiente la iniciaría con su personal versión fílmica de un periodo de la historia de España con Juana La Loca de 2001, en realidad remake del clásico Locura de amor de Juan de Orduña de 1948, donde llevó a la fama a la entonces muy joven Pilar López de Ayala en el papel principal que le mereció el Premio Goya a Mejor Actriz. Menos fortuna tuvo en cambio su versión del clásico francés de Prosper Mérimée en 2003, Carmen, protagonizada por una Paz Vega que entonces confirmó su potencial como sex symbol. Insistiendo en el drama de raíz histórica, abordó posteriormente una adaptación bastante libre de la narración medieval Tirante el Blanco, de 2006, con un reparto internacional y heterogéneo donde figuraron Giancarlo Giannini, Charlie Cox, Victoria Abril, Rafael Amargo. Terminaría su producción con Canciones de amor en el Lolita’s Club y Luna caliente, de 2007 y 2009, respectivamente, donde ya no era ni de leguas ese director iconoclasta que encabezó una de las rupturas cinematográficas más interesantes.
