Para qué las nuevas cadenas de televisión en México/IV-V
Javier Esteinou Madrid
No obstante los diversos desafíos que enfrentan en diversos niveles la consolidación de las nuevas cadenas de televisión, lo más preocupante es que la visión oficial de tales “alternativas audiovisuales” en el país, solo fueron concebidas como cuidadosos planes de negocios lucrativos que aportaran grandes ganancias para sus inversionistas.
Así, en su cálculo económico fundamentalmente determinaron cuánto invertir, cómo recuperar el capital destinado, cuál sería la tasa de ganancia, cómo pagar la contraprestación comprometida por la concesión otorgada por el Estado, cuánto agregar financieramente para expandirse, cómo competir contra el gigante duopolio televisivo, cómo transitar a la modalidad digital, a qué ritmo ampliarse, dónde colocar las modernas antenas, es decir, únicamente fueron comprendidas como business comunicativos para acumular más capital, posponiendo el desarrollo social a través de otro proyecto de comunicación.
Sorprendentemente, nunca se priorizó lo más importante del proyecto que era reflexionar sobre el tipo de producto informativo específico que se ofrecería a los públicos masivos y que será el tipo de la programación audiovisual colectiva que se generará para los diversos auditorios de la república.
Bajo esta concepción mercantilista de la comunicación, solo se destacó que la programación de las nuevas cadenas debía convertirse en un simple instrumento acelerador del ciclo macroeconómico que, independientemente de su calidad comunicativa o cultural, debía dejar mucho dinero, en el menor tiempo posible, y a costa de lo que fuera.
De esta forma, al igual que en 1993 cuando Ricardo Salinas Pliego obtuvo las concesiones de los canales 7 y 13, predominando exclusivamente el criterio económico; ahora nuevamente el Instituto Federal de Telecomunicaciones, por una parte, omitió destacar en las bases de la convocatoria el cumplimiento de lineamientos específicos para que en materia de contenidos se asegurara la indispensable diversidad, pluralidad e innovación, que son los ingredientes sine qua non de una auténtica competencia, especialmente ante un esquema televisivo agotado y repetitivo que se aplicó durante muchos años.
Por otra parte, tampoco se demandó a los concursantes la presentación de un proyecto de comunicación de servicio público, cuando la Constitución define en su artículo 6 a toda la radiodifusión como actividades de servicio público y no sólo como negocios que pueden explotar frecuencias que son bienes patrimoniales de la nación.
Finalmente, por otra parte, Cadena Tres deberá aclarar cuál será su nueva oferta de contenidos y en qué se diferenciará de las cuatro cadenas nacionales existentes (dos de Televisa y dos de TV Azteca). Sus contenidos actuales en el Canal 128 y en la señal de televisión restringida Excélsior TV, no se han diferenciado sustancialmente de la oferta de Canal 2, Canal 5, Canal 13 y Canal 7.
Ante tal situación es necesario preguntarnos qué podemos esperar de los contenidos, pues ese es el principal producto que se derivará de dicha empresa. Frente a ello, es necesario considerar que “desarrollar o adquirir programación relativamente innovadora respecto a los contenidos actuales de la televisión abierta, es deseable, pero no necesariamente redituable.
La programación es una inversión irreversible o hundida, es decir, que se incurre en el costo de la misma, pero este no es recuperable en caso de un fracaso al intentar generar audiencia, y por lo tanto, es muy probable no obtener ingresos provenientes de los anunciantes”. (Tovar Landa, Ramiro, “Lecciones de la licitación de nuevas cadenas de televisión digital”, en revista Zócalo, 182, año XV, México, abril de 2015, p. 37)
Ante ello, es necesario contemplar, por un lado, que “para los nuevos concesionarios el crecimiento relativamente lento de la economía es una circunstancia desfavorable, puesto que los costos para innovar son elevados al representar altas erogaciones para conseguir diferenciarse un poco de la programación que actualmente ofrecen las dos principales televisoras de México.
Invertir en el riesgo de una oferta de contenidos radicalmente innovadora, supone la necesidad de que el proyecto de cada nuevo concesionario tenga un retorno económico positivo, mayor que el costo de la inversión que cada uno va a realizar. En un escenario donde el mercado interno es débil, con un ingreso que no crece de forma sostenida, difícilmente un mercado publicitario puede generar el suficiente flujo para financiar proyectos creativos en contenidos; así, la oferta de programación sólo tendrá variaciones en los mismos temas”. (Ibidem, p. 37)
Por otro lado, con la presencia del fenómeno de la multiprogramación que introdujo la revolución tecnológica al país, todas las empresas de televisión que cuenten con una concesión de explotación audiovisual del espectro radioeléctrico, podrán ampliar su porcentaje de emisión de señales a través de la creación de más canales digitales en su misma frecuencia.
Es decir, sin requerir la autorización de una nueva concesión por parte del Estado mexicano, en la actual frecuencia televisiva que ya posee el consocio emisor, se podrán alojar tantos nuevos canales digitales como quepan en el porcentaje del ancho de banda que se utilice para su funcionamiento.
Esto significa que a partir de enero de 2016 que se dará el apagón analógico en toda la república, prevaleciendo sólo las señales digitales audiovisuales y ya no las análogas, se continuará funcionando con el actual universo de canales pero multiplicado cada uno por dos, tres o más, según sea el grado ancho de banda que se emplee.
Así, por ejemplo, la estructura del modelo de televisión abierta que baña la cobertura del Valle de México conformado por aproximadamente 15 canales privados, gubernamentales y públicos (2 (Televisa), 4 (Televisa), 5 (Televisa), 7 (TV Azteca), 9 (Televisa), 11 (IPN), 13 (TV Azteca), 21 (Gobierno del Distrito Federal), 27 (Excélsior Televisión), 22 (Conaculta), 30 (SPREM), 30.2 (TV UNAM), 40 (TV Azteca) y 34 (Sistema Mexiquense de Televisión), cada frecuencia se multiplicará por dos o tres más, duplicando o triplicando la oferta audiovisual en dicha zona de la República según sea la estrategia tecnológica que ocupen. Esto representa la proliferación geométrica, acelerada y abrupta de mayor competencia audiovisual para las nuevas cadenas de televisión.
De esta forma, bajo la perspectiva imperante del modelo del business comunicativo solo se buscó que generaran una programación competitiva para subsistir como empresas contendientes en el mercado audiovisual duopolizado, es decir, “atractiva”, y que por lo tanto, alcanzara un fuerte rating para que fuera altamente redituable. Esto revivió un dilema tradicional del mundo audiovisual: por un lado, la finalidad de la competencia es aumentar la calidad en la programación; pero por otro, para que la competencia perdure, se argumenta que debe transmitir aquellos “programas más rentables”, esto es, una buena dosis de telebasura como los programas del corazón, los chismes, los talk shows, los infocomerciales y no los culturales, de análisis o discusión.
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