El horror absoluto
Guillermo García Oropeza
(I-II)
Teníamos 18 años, leíamos a Hermann Hesse y amábamos la ciencia. No se alarme, lector, no voy a escribir sobre mi torpe juventud, sino sobre una cierta atmósfera que compartí con algunos amigos de mi generación.
Estoy escribiendo sobre los años cincuenta en el momento de escoger carrera y mis más íntimos amigos lograron entrar en la Facultad de Ciencias de la UNAM para convertirse en, qué sé yo, en físicos o matemáticos. Yo no pude pasar de arquitecto pero recuerdo esa alucinación juvenil con la ciencia y con sus héroes, entre otros, aquel benévolo abuelo llamado Albert Einstein.
Todo esto es cosa del pasado y lo que era bello se convirtió en horrible. Escribo en un tiempo en que se conmemora la explosión de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki cuando los medios de pronto nos ponen frente a los ojos las imágenes y nos cuentan la terrible historia del comienzo de la era atómica.
Pero aparte de las imágenes, la historia, las explicaciones, las insuficientes disculpas del gran crimen, uno de los mayores crímenes de guerra de todos los tiempos. Estados Unidos arrasaró las dos ciudades japonesas dizque para salvar vidas humanas en la invasión de Japón, pero hoy se habla de que esto era innecesario ante un imperio japonés exhausto, y que todo se hizo para impresionar a los rusos y proclamar la absoluta hegemonía militar de los americanos únicos poseedores en 1945 de la bomba. Gusto que no les duró mucho pues pronto tuvieron sus propias bombas los miembros de un selecto club formado por Gran Bretaña, Francia, Rusia o si usted quiere la URRS, China, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel. Los miembros de este club podrían acabar con el planeta varias veces.
México está por supuesto fuera del club pero sujeto a la aplastante hegemonía militar de Estados Unidos y en caso de una balacera atómica no saldríamos ilesos.
Pero lo que quería expresar es una cierta nostalgia y una gran decepción. El joven que yo fui veía la física como una nueva y luminosa religión. Sus santos eran los esposos Curie (incluyendo a esa genial mujer que fue Marie Sklodowska) o científicos como Max Planck, Lord Rutherford, Enrico Fermi, Otto Hahn y la olvidada y trágica Lise Meitner que es quizá la madre teórica de la bomba. Geniales todos, algunos premiados con el Nobel y todos partícipes de un sueño de progreso que se tornó en una pesadilla cuando Einstein convenció al presidente Roosevelt de construir la bomba para acabar con la Alemania perseguidora de los judíos.
Sólo que las bombas no cayeron sobre los nazis y se quedaron como amenazas sobre todos nosotros. Y entre las víctimas de la bomba está nuestra ingenua fe en la ciencia que ya no vemos con romántico optimismo sino temerosos de lo que puede causar en las terribles manos de los políticos y de los militares.
