Para qué las nuevas cadenas de televisión en México
Javier Esteinou Madrid
(VI y última parte)
A partir de la aprobación de la reforma constitucional de las telecomunicaciones, la radiodifusión y la competencia económica, el Estado mexicano licitó nuevas cadenas comerciales de televisión para incrementar la competencia en este ámbito. Mediante ello, se argumentó que con ello se elevaría la calidad de los mensajes audiovisuales en el país, pues se producirían contenidos más adecuados para ser consumidos por los auditorios.
Sin embargo, aunque existan nuevos competidores comerciales en dicho terreno el modelo de televisión no se superará, pues el verdadero problema surge cuando la programación es impuesta unilateralmente desde los intereses mercantiles sosteniendo que esos son los gustos, intereses, predilecciones y necesidades de los públicos, obstaculizando otras vías para saber qué le gusta a los espectadores. Esto permite que los productores manipulen la demanda en base a sus intereses mercantiles y justifiquen la oferta audiovisual para producir “telebasura rentable”.
Ante ello, debemos preguntarnos si contrariamente a lo que se pretendía alcanzar con la reforma constitucional de las telecomunicaciones y la radiodifusión para enriquecer los contenidos del modelo televisivo del país, lo que se establecerá en el fondo, a mediano y largo plazo, con la aprobación de las nuevas cadenas comerciales, serán nuevos sistemas tipo Televisa y TV Azteca que reproducirán en otra escala los mismos vicios informativos que se pretendían superar en el país.
Esto debido a que en el prototipo de televisión comercial privada todo se reduce a exigir números negros en sus balances financieros, a obtener rating, a multiplicar sus ingresos por ventas, a incrementar el precio de sus acciones en la bolsa de valores, pero no a elevar la calidad de sus mensajes para superar la calidad de vida de los auditorios en todos sus niveles.
Bajo este panorama, es claro que no habrá nuevos jugadores que planten contenidos diferentes en la Tv abierta del país, sino que se pasará del duopolio al oligopolio de tres o cuatro jugadores. Esto no significa que automáticamente se descarte la existencia de competencia en el mercado; sino que dicha posible competencia se dará bajo los dictados de un líder con una altísima participación, denominado Televisa, que obligará a los seguidores a establecer acciones de acuerdo a los dictados de este sector dominante.
Por esta situación es posible colocar en tela de juicio que las nuevas cadenas puedan constituirse en una alternativa efectiva frente a la oferta de los dos consorcios que acaparan la pantalla chica, incluso ante su forma de hacer y entender la televisión. Todo seguirá casi igual pero con más empresas que colaboren a reproducir el mismo esquema tradicional.
Por ello, es indispensable subrayar que el problema del modelo de comunicación nacional, no es contar con nuevos sistemas de televisión comerciales privados que brinden en su barra programática un nuevo concurso juvenil, otra serie de aventuras, una telenovela emocionante, un moderno show nocturno, otra transmisión del futbol, una selección de nuevos valores musicales, otra difusión de la película exitosa, un novedoso encuadre para la entrega de Oscares, otra nueva presentación cómica, una serie policiaca distinta, otro programa de cocina exótica, una historia de éxito reciente, sino lo que se requiere es que dichas empresas audiovisuales cumplan con el prototipo de televisión de servicio público que señala puntualmente el artículo 6, fracciones 2 y 3 de la Constitución para la radiodifusión y las telecomunicaciones en México.
En necesario entender que el principal reto de comunicación de la nación, no es tener más consorcios de entretenimiento masivo o selectivo adrenalínico, posmodernista, espectacular o in; sino que el verdadero desafío es crear otro espacio de comunicación colectivo que permita que la mayoría de la sociedad se exprese en el espacio público mediático para manifestar sus intereses y necesidades de crecimiento y existencia.
Esto significa que con todos sus enormes recursos narrativos y tecnológicos que han alcanzado la programación de las nuevas cadenas comerciales prioritariamente debe abordar audiovisualmente, la situación de los grandes conflictos de la agenda nacional que impiden el desarrollo del país, y permitir que los diversos sectores de la sociedad planten las posibles soluciones para resolverlos.
De lo contrario, para las próximas décadas tendremos un país sumido en un remolino de mayor desempleo, inseguridad, pobreza, impunidad, marginación, violencia, corrupción, abuso, crisis partidista, simulación gubernamental, debilidad democrática, descomposición colectiva, desconfianza institucional, frustración social, y paralelamente, recibiremos en nuestros hogares un “prototipo de televisión avanzado” que transmitirá una visión hollywoodense de la vida donde “¡todo está bien!”, “¡todo se mueve hacia adelante!”, “¡somos un país que progresa!” y “¡todos somos felices!”. Este modelo esquizofrénico de comunicación audiovisual colectivo contribuirá a inyectar ingredientes muy inflamables para la explosión social en las próximas décadas.
De aquí, la gran importancia que la academia y la sociedad civil organizada demanden al Estado el ejercicio riguroso de la comunicación de servicio público como política pública fundamental ya reconocida por la Constitución como garantía básica de los ciudadanos de la segunda década del siglo XXI.
