“Trabajar para el Estado es un gran honor,
pero hacerlo contra el Estado proporciona grandes honorarios”
El Roto – El País
Regino Díaz Redondo
Madrid.- Dos errores graves y otros importantes de Pablo Iglesias, líder de Podemos, reducen la intención de voto a su formación política y lo sitúan como cuarta fuerza en la carrera a la Moncloa.
Los más significativos son: no asistir a la recepción de Palacio con motivo del Día de la Hispanidad e impedir, con cierta soberbia, un acuerdo con Izquierda Unida para presentarse a las elecciones generales.
Además, apoyó a Juntos Sí Se Puede, en Cataluña, pero sin sus siglas. Esconderse en otras planillas como Ahora Madrid y Barcelona en Comú, lo reducen poco a poco, a diario.
Aunque los sondeos que se realizan en estos momentos tienden a manipularse, es evidente que ha perdido fuerza, retrocede en el ánimo de las clases medias y necesitadas y su actitud la aprovecha, legítimamente, Ciudadanos, convertido en la niña bonita del ambiente político español.
Iglesias aparece cada vez menos en los medios de comunicación porque no lo llaman o no quiere y lo entrevistan poco. Íñigo Errejón, su segundo, va por el mismo camino.
De esta forma se reafirma la posibilidad de nuevas coaliciones después del resultado que arrojen las urnas el 20 de diciembre próximo.
Al contrario, Albert Rivera, secretario general de C`s, aumenta su prestigio y su presencia, crece la simpatía popular hacia él y se presenta como una alternativa de gobierno viable y mucho más segura para el sistema.
Rivera se maneja con inteligencia y saca partido de cualquier desfallecimiento ajeno. Cuando el PP lo despreciaba y ni caso le hacía, dio la cara y de “ese partido naranjito”, como lo acusó Rafael Hernando, pasa a ser reconocido y tomado en cuenta.
También tiene partidarios, cada vez más numerosos, entre los empresarios y organizaciones sociales reivindicativas. Se cuela, asimismo, entre los indecisos. No hay lugar en que no esté. Se presenta como persona fiable con asegurado porvenir político.
Pedro Sánchez, habla ya en público con Albert sin reparos y se hacen carantoñas. Se les ha visto juntos. Quedan, públicamente “para más tarde, con más calma” y lo expresan sin reticencias.
En el besamanos al rey del pasado 12 de octubre, Iglesias no acudió porque “tengo otras cosas que hacer más importante como ayudar a los más necesitados”, señaló. Primero, no recibió la invitación, luego, sí, y, por último, decidió no asistir. Su presencia también fue notable. Para mal. No se justifica. Comete, otra vez, una equivocación de gran alcance.
En Palacio no estuvieron el presidente del País Vasco, Íñigo Urkullu, Artur Mas de la Generalitat y Uxue Barkos, presidenta de Navarra. Todos ellos marcados por el independentismo y la separación de España.
Pablo, que se desgañita tanto porque “sólo busco el mejoramiento de los españoles”, yerra y se da cuenta pero no rectifica. El hombre de la coleta, como se autollama, está perdiendo el piso y el voto.
Tendrá que modificar su discurso rápidamente si quiere ser factor importante en la elaboración del parlamento nacional y en la conformación del nuevo gobierno.
Faltan menos de dos meses para votar y, si fuese ahora, Pablo Iglesias no sería factor imprescindible.
¡Y vaya que necesitamos que la báscula eche a Rajoy!. Pero si se va, que se irá, todo puede quedar en manos de Pedro Sánchez y del propio Rivera que ya filtra su aspiración de convertirse en el jefe del Ejecutivo.
Tiene carisma; se rodea de gente enterada y luchadora. Inteligente y conocedora de los problemas del país. Inés Arrimadas, su candidata en Cataluña, quedó como segunda fuerza allí y Luis Garitano, un economista que trabaja en Londres, es quien le lleva los asuntos financieros.
Hace unos días presentó un proyecto de reformas a la Constitución que consiste en cambiar artículos de la Ley para conseguir una mayor igualdad entre Comunidades y el Estado. Su programa de gobierno es atractivo pero lo deja bien claro: no romperá con lo establecido y todo se hará dentro de las reglas que fija el actual régimen político. Cuidado con estas filtraciones.
Visto lo anterior, hoy por hoy, el porcentaje de votantes indecisos es muy grande. Unos piensan en abstenerse, otros hacen campaña pro-voto y algunos esperan hasta el último momento para decidir. Estas son unas elecciones inusuales; se dan en un momento en que el cambio social se barrunta y llegará.
Tardará quizá más de lo esperado para cuajar, pero lo veremos. La gente no se da por vencida y quiere acabar con los oligopolios y las presiones de los grandes bancos en manos de prevaricadores.
Porque el canto de la paloma del PP se agota. La sirena de los populares, retocada y ya sin personalidad, desaparece. Es sólo el último recurso del monstruo del Lago Ness. Éste, el neoliberalismo, busca con falsas melodías permanecer pero engulle todo lo que tiene a su alrededor, sin descanso. La situación no puede seguir así.
Las auscultaciones aumentan, se hacen pronósticos a montones. Cada medio recurre a sus sondeos, vaticina y analiza a su manera.
Los intérpretes de las consultas se contradicen, los políticos descargan insultos; no hay nada definido salvo que no habrá mayorías absolutas.
Los insignificantes lanzan verdades y mentiras aquí y allá. Están imparables, como de costumbre. A río revuelto…
Sin embargo, promesas son amores para el neoliberalismo y ya no creemos en ellas. Los radicalismos tienden a desaparecer. En esta nación no hay comunistas, anarquistas ni rompedores del sistema. Hay gente que busca mejorar las estructuras sociales y otras que lo intentan sin lograrlo.
Las Mareas Atlánticas, que llevaron al poder a nuevos políticos en Comunidades y Municipios, se desligan de sus patrocinadores. La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, se acerca o se arrima al carro de las instituciones. Ada Colau, en Barcelona, hace todo lo contrario.
La confusión ronda los cafés políticos. Teóricamente se forman tantos gobiernos como tertulianos existen. El fresco del otoño se inventa a gurúes de pacotilla.
En los rostros de los pitonisos se advierten risas y congojas. La seriedad se mete también entre las cejas de quiénes están realmente preocupados por el porvenir de España. Los días pasan como si fueran horas. La gente se refugia en la esperanza de que 2016 sea el año en que se reduzca la desigualdad tan enorme que existe entre poderosos y pobres.
Después de la Transición, éste es el momento más crucial en nuestra historia democrática. Hay que gobernar para distribuir mejor la riqueza. Dejemos a un lado las farsas. Consigamos que los tres Poderes sean realmente independientes.
Todo se logrará en las sesiones del año próximo en el Congreso de los Diputados. Con un debate honesto, inteligente y eficaz. Queremos salir adelante en esta Europa destripada.
