Los emiratos árabes han invertido 11 mil millones de euros en España y continúa la reconquista.

Los chinos compiten y compran de todo.

Datos de ABC

Regino Díaz Redondo

Madrid.- El auto-llamado Estado Islámico, asesino y amoral, debe desaparecer. Todos estamos de acuerdo pero diferimos en cómo borrarlo del mapa.

Mientras Francia declara que la masacre de 132 muertos y 352 heridos es un “acto de guerra” y bombardea posiciones yijadistas, la Unión Europea emite un comunicado en el que afirma que “este vergonzoso acto de terrorismo sólo logrará lo opuesto a su propósito que es dividir, atemorizar y sembrar el odio. Haremos lo que sea necesario para derrotar al extremismo, al terrorismo, al odio”.

Con esta última declaración no podemos conformarnos y hay que tomar medidas mucho más eficaces que destruyan completamente una de las mayores amenazas que ha tenido la humanidad en los últimos dos decenios.

Los dirigentes de los 28 países tendrán que ponerse de acuerdo para combatir, sin paliativos, a los terroristas que han sembrado el miedo y el dolor en múltiples ocasiones y que son los responsables del ambiente de pánico en que estamos inmersos.

Los muertos, dos de ellos españoles, reclaman a nuestra indecisa y caduca sociedad que tomen medidas drásticas y que no se pierda en reuniones diletantes ni en competir con expresiones dialécticas.

El pánico causado en París por la yihad obliga a los Estados democráticos del mundo a ejecutar acciones directas y contundentes y no sólo permanecer a la defensiva como ha ocurrido hasta ahora.

Los líderes de nuestras naciones, que tanto ensalzan la libertad, no han podido ponerse de acuerdo para eliminar a estos grupos de asesinos que crecen cada vez más y que se vanaglorian de la pereza y la pasividad del mundo occidental.

Hay que establecer y llevar a cabo estrategias ofensivas que demuestren que estamos dispuestos a pasar a la acción y que no podemos perder el tiempo en expresiones protocolarias de pésame mientras el terrorismo mata y destroza vidas y seguridad.

El fruto de esta nueva intención del mundo respetuoso de los valores humanos debe comenzar ya, ayer, anteayer, hoy y mañana y todos los días subsecuentes, para que los agresores entiendan que ya no soportamos más intimidaciones y que estamos de acuerdo en anteponer la vida de nuestros semejantes a los compromisos que algunos Estados han contraído para preservar y aumentar su hegemonía.

Lo hacemos de inmediato o seremos también, otra vez más, víctima de los actos vandálicos que van en aumento y pueden llegar a convertir nuestras ciudades en campos de guerra.

La gente – los millones de personas que están con el alma en un hilo –, espera que comiencen las acciones concretas para terminar muy pronto con la amenaza terrorista mediante el empleo de los recursos económicos y bélicos necesarios e imprescindibles.

¿Cómo es posible que con los adelantos más sofisticados que tenemos en materia de espionaje y con los instrumentos científicos que permiten a los líderes del planeta saber vida y milagros de la gente, puedan sobrevivir los yijadistas y ocultarse?.

No me lo creo. ¿Será conveniente, ¡qué barbaridad!, permitir tales atrocidades para garantizar el equilibrio geopolítico y económico en nuestro mundo?

Empecemos por examinar a varios países de Oriente Cercano que, con la bandera de la amistad y la protección de la democracia, mantienen métodos represivos como en el medioevo sin ser molestados por los gobiernos y organismos internacionales.

Nunca ha sido tan importante borrar de la faz de la tierra a individuos que se alimentan de la sangre ajena para implantar un sistema fanático, cruel y sanguinario.

Estamos en una carrera en la que el Estado islámico nos lleva ventaja por la negligencia, comodidad y complicidad de las naciones que han preferido prohijar sistemas dictatoriales ominosos que han dado lugar y justifican, con aberración, los ataques de que somos víctimas.

Las escenas que vimos la noche del atentado exhiben parte del horror que sembraron siete terroristas que sólo obedecen el mandato de un fanatismo indeseable que se nutre de las muertes de personas inocentes y continuará haciéndolo mientras no haya quien se enfrente al monstruo que hemos contribuido a crear.

Da escalofrío pensar que uno de los miembros del comando islámico que atentó en los distritos décimo y undécimo de París pudo haber entrado al estadio de futbol e inmolarse dentro en medio de más de sesenta mil personas.

En la discoteca Bataclán, siempre muy frecuentada por hombres y mujeres de todas nacionalidades, murieron 60 personas ametralladas. Cerca del restaurante Le Carrillon explotaron otros artefactos y mataron a quienes allí cenaban. Todos ellos eran de clase media que disfrutaban de una noche pacífica después de una jornada de trabajo.

Fue terrible pero pudo ser mayor el genocidio. El mundo entero está conmocionado y ya hemos oído en repetidas ocasiones, los lamentos tradicionales del los jefes de Estado y de gobierno que envían de inmediato sus condolencias, todas iguales, todas cortadas por el mismo patrón, todas confortables pero, como siempre, sin apuntar ninguna medida para contrarrestar la amenaza.

El fanatismo vuelve a sembrar el miedo, el pavor, y se cobra víctimas que son olvidadas como lo ocurrido en enero (Je suis Charlie) en la sede de la revista donde murieron cinco de sus mejores humoristas.

Es el momento de cambiar de táctica. Que se reúnan los responsables de los gobiernos y tomen medidas ejecutivas que lleguen al mismo corazón de quienes, en nombre de Alá, se “sacrifican” para matar a miles de personas.

Afortunadamente, la mayoría de los islamistas que habitan nuestros países colaboran y colaborarán eficientemente para desterrar a estos individuos que utilizan en falso el nombre de Mahoma.

¿Hemos olvidado los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York, las masacres de Londres y Madrid, los muertos en Berlín y otras ciudades europeas?. Tal parece que sí. Es preciso recordarlo siempre para que tales actos criminales siembren el terreno que acabe con los enemigos de nuestra sociedad.

Las familias de los asesinados, lo piden.  En las redes sociales de internet los terroristas insisten en que seguirán asesinando sin medida y con mayor frecuencia.

Por tanto, no nos quedemos con el llanto, carguemos nuestra voluntad con las armas del derecho y respondamos sin miramiento a quienes mutilan a gente que sólo pide tranquilidad. Nuestros enemigos son seres amorales que no merecen piedad ni perdón.

Si no actuamos, nos volverán a atacar. Dejemos de ser tibios. No hay tiempo para ello.

Que los fabricantes de armas dejen de venderlas al mejor postor y con ello habremos dado un paso importante en nuestro deseo de paz.