“On est parti, on commence…”,
Fue el grito previo momentos antes del ataque.
Regino Díaz Redondo
Madrid.- El centro de Europa – fundamentalmente Francia y Bélgica – está en alerta máxima. Los servicios secretos invaden París y más de cien mil gendarmes están distribuidos por toda la ciudad. Bruselas está amenazada por los yijadistas y las medidas de protección han alcanzado los máximos niveles.
Los atentados terroristas del 13 de este mes en los barrios donde están la sala Bataclán y el restaurante Le Carrillon originaron la movilización de soldados parisienses para proteger los monumentos nacionales e históricos. Están autorizados para detener a la gente y hacer que se identifique. Pueden entrar a los domicilios sin ninguna orden judicial y se prohibieron las manifestaciones.
El espacio Schengen (libre circulación de ciudadanos por 28 países), se ha limitado al extremo y los ciudadanos que entren o salgan de la Unión Europea tendrán que presentarse a las autoridades. La gente está nerviosa pero acepta las medidas tomadas por el presidente Hollande. Más aún después que el primer ministro Manuel Valls dijera que exista la posibilidad de que haya ataques químicos o bacteriológicos.
En las redes sociales los yijadistas amenazan con nuevos ataques y se ríen de la democracia y del sistema de libre circulación de las naciones del continente.
Otra vez más – la enésima, por no decir casi siempre –, los europeos no se ponen de acuerdo para enfrentar al terrorismo convertido en el enemigo público número uno. Francia ha declarado “la guerra” al autollamado Estado Islámico que se entrena casi a la vista pública en lugares conocidos del Cercano Oriente.
Han fracasado, hasta ahora, las reuniones entre los líderes de los países de la UE y aún no se ponen de acuerdo sobre la posibilidad de emprender acciones terrestres en contra de los asesinos.
Hacerlo en estos momentos, y quizá siempre, es muy peligroso porque será difícil conocer las áreas donde se ocultan los yijadistas y las pérdidas de seres humanos pueden ser considerables además de la fuerte inversión económica que ello implica.
Francia reaccionó con dureza pero quizá precipitadamente. Aunque ninguna nación agredida puede evitar la respuesta de las autoridades de ese país en un momento en el que aún no se conocía, ni se conoce, la potencia que tienen los terroristas en hombres y armas.
Los parisienses han convertido a los distritos décimo y undécimo de esa capital en el epicentro de la defensa de la libertad.
Sin embargo, las manifestaciones están prohibidas hasta nueva orden. Desde la Plaza de la Concordia hasta la Asamblea General, en línea recta, hay policías cada diez metros. A la Torre Eiffel nadie puede acercarse a menos de 50 metros. Los soldados se movilizan y exigen la identificación de cuanta persona pasa por los alrededores. Las Tullerías están casi vacías. Pero los Campos Elíseos con sus clásicos pasajes, viven como si estuvieran en situación normal. Los hoteles mantienen la acostumbrada afluencia de clientes aunque, como se sabe, en esta época del año disminuye.
Quizá Hollande no haya consultado al Congreso pero había que tomar medidas inmediatas para demostrar la capacidad y firmeza en la defensa democrática de Francia. Los partidos de oposición respaldan todos los actos porque está en juego la estabilidad de una parte del mundo occidental.
Los bombardeos franceses en territorio yijadista son necesarios pero deben complementarse con otras medidas que sirvan para ir relajando la inquietud y acabar con el terrorismo que tan a menudo hoya nuestras calles.
Los asesinos siembran el miedo y su fin está claro: desestabilizar a la sociedad en que vivimos y sembrar el caos, no sólo en este continente sino en el resto del mundo.
¿Pero cuándo vamos a implementar acciones que permitan mejor vida en esas regiones y en África, que la educación sea mayor para acabar con el analfabetismo, que la desigualdad disminuya y que el pie sobre el esclavo deje de apretar como hasta ahora?
Mientras no ocurren hechos de sangre, nos olvidamos de que, durante todo este tiempo, hubo muertos, casi cotidianamente, en muchas partes del continente negro que se minimizan y apenas alcanzan 15 segundos en televisión y una columna en páginas interiores de los periódicos.
Simultáneamente a los ataques de París, en Bamako, Mali, hubo otra agresión de Al Qaeda con muertos y rehenes franceses y un español. De esto se tuvo que hablar para apuntalar el combate contra los sucesores de Osama Bin Laden. Pero no se ha acordado algo que lleve a pensar en un mejor trato a las naciones más necesitadas.
¿Quiénes compran el petróleo del yijadismo y de dónde proviene el armamento que utiliza?
Hasta los menos sensibles lo saben, no digamos las autoridades y los servicios de inteligencia de nuestros países. Pero como la guerra está lejos, hasta que nos llega, no hacemos caso y los que se forran los bolsillos son personajes que viven holgadamente en nuestro hemisferio como ex políticos o funcionarios de compañías internacionales.
¡Averígüenlo si no!.
Los fanáticos se aprovechan del egoísmo de los que pueden remediar la situación. Los asesinos saben que nuestros sistemas democráticos están cada vez más débiles por falta de congruencia y se deshumanizan a marchas forzadas.
Recodemos lo más reciente, Charlie Hebdo, las Torres Gemelas y los atentados en Madrid, Londres, Afganistán, Libia y otras naciones próximas.
La guerra en Siria, que arroja millones de refugiados, no ha podido ser detenida porque los gobiernos, las multinacionales y los bancos no se ponen de acuerdo de cómo evitar más muertes sin perder mucho dinero.
No basta con hablar contra los asesinos, hay que hacer; los dirigentes de las naciones democráticas, en su mayoría, están cruzados de brazos.
¿Están libres de culpa estos individuos? ¡No lo están!. ¿Dónde se ocultan los arsenales del crimen, cuándo y dónde practican los que se inmolan y se llevan centenas de personas por delante?
Debe haber documentos de las transacciones que hace el EI con los países (o el país) que compra sus reservas petroleras.
Quizás una visitada, con espíritu crítico, a los Emiratos Árabes podría darnos una respuesta clara a esta interrogante.
Mientras sólo nos despierten las matanzas seremos presentes y futuras víctimas. ¡A ver quién le pone el cascabel al gato!
RDR
