“Entre los militares hay un… estado de cabreo,

que sólo es preocupante cuando en sus reuniones sacan papeles, extienden planos y hablan en voz baja”.

José Luis Cortina, jefe de Operaciones Especiales

en el gobierno de Adolfo Suárez.

La Gran Desmemoria-Pilar Urbano.

Regino Díaz Redondo

Madrid.- Mientras Mariano Rajoy busca coaligarse con el PSOE para formar gobierno en España y todavía no lo consigue aunque podría haberlo hecho a mediados de semana, comienza el “proceso hacia la independencia de Cataluña” con el acuerdo a que llegaron tres fuerzas políticas antagónicas en ideología pero afines en su irrefrenable deseo de secesión.

Durante dos meses, Convergencia Democrática, Ezquerra y Unión Popular (anticapitalista) realizaron un tour de force que desembocó en que Artur Mas se hace a un lado como candidato para dar el paso a Carles Puigdemont, alcalde de Gerona, que se convirtió, desde el martes, en el presidente de la Generalitat con el rechazo de toda la oposición.

Hay dos frentes abiertos en el escenario político del país. El inquilino de la Moncloa cita también a Podemos y Ciudadanos para que apoye su investidura. Pablo Iglesias le dice que no y no contesta el teléfono y Albert Rivera se niega a entrar y ofrece abstenerse para que salga adelante la gran coalición.

Ante este panorama, los españoles están inquietos, recelosos y un poco atemorizados. No estamos acostumbrados a ejercer la democracia en su más amplia acepción. Los períodos de tiempo que permiten instaurar la próxima legislatura es algo nuevo para el país y las presiones del extranjero aumentan a diario con el fin de que el neoliberalismo se mantenga en el poder.

Todos desean un gobierno ya. Pero la mayoría está a favor de una cara nueva en la Moncloa. Los partidos de izquierda y los soberanistas juegan a dos bandos. Los defensores del sistema prefieren “sacrificarse” para que don Mariano repita como jefe del gobierno. Y quizás lo hubiesen respaldado si el candidato fuese otro.

Los socialistas han dicho de todas las formas y en cualquier lugar que nunca apoyarán al PP porque representa a quienes nos han llevado al empobrecimiento y mantienen a 4,5 millones de personas en el paro.

Durante la semana que hoy termina el presidente en funciones buscará, por todos los medios y otorgando el beneplácito a los requerimientos que se le hagan, entronizarse. Hasta el momento, todo indica que no podrá lograrlo pero en política cualquier cosa puede pasar. Y sobre todo en nuestra condición de agentes sociales poco duchos en el manejo de la democracia.

Es cierto que el ambiente se nubla, que aumenta el temor y se vaticina el caos injustamente. La izquierda aprovecha y barre para su casa y la derecha se convierte, por obra y gracia de la virgen del Rocío, en blanca paloma dispuesta a cualquier “sacrificio” con tal de gobernar y “sacar a la nación del agujero en que se encuentra”.

Aprovechan los mercados para preconizar todos los males habidos y por haber. Con estrépito, solicita la “estabilidad de España” para no dar al traste con el actual sistema que impera en Europa. Pocos son los países que entienden esta nueva transición española. Además, no tienen ninguna fuerza económica ni política.

Los mensajes son casi apocalípticos: volarán los capitales, las empresas reducirán personal y producción; bajarán aún más los salarios y los empleos seguirán siendo temporales con todas las garantías para el empresario.

En los mentideros de Wall Street y la City los índices de valor españoles suben y bajan como un tiovivo. Confianza y advertencia a la vez. Amago de desastre y posibilidad de crecer. Todo ello envuelto en la gran sábana donde se discute el porvenir de la sociedad para los próximos 20 años.

Es evidente que el PSOE, Podemos, Izquierda Unida, PNV, Podem-Comú, Compromís y Mareas Atlánticas han decidido que Rajoy se vaya a su casa. Pero el tozudo santiagués no hace caso. Se ha vuelto tan flexible como las palmeras en el Caribe. Sonríe a quien despreciaba y abraza a los que rechazó cuando creía mantener el poder omnímodo.

Quiere el candidato popular salvar el pellejo y el de los suyos. Gestiona posiblemente sin resultados aún y hace lo imposible por continuar en el cargo. Estamos en un circo romano en donde el César (Mariano) inclina el pulgar hacia abajo y pide los despojos de los gladiadores.

No sabe que los leones están desdentados y no tienen fuerza ni para arañar a sus víctimas. La gente está sorprendida pero es la que mejor encaja la situación en que vivimos. En un tiempo corto, aunque no lo parezca, saldrá un gobierno positivo sea el que sea. Si los populares apuestan por formar gobierno con una mayoría simple su liderazgo será mínimo y fracasarán.

Es decir, no podrá gobernar.

Nadie puede ajustarse ya a un sol que se apaga producto de sus errores,  no entendió la misión que le encomendaron los españoles. De todas formas, sigue el maniqueo y los actores secundarios de los partidos hacen, como siempre, la labor sucia que consiste en lanzar diatribas a todos y por todas partes.

Hay que reconocer que los pactos están muy lejos. Al menos los más idóneos, los más lógicos, los viables. La izquierda, para variar, está dividida. Está en su ADN. No se entienden entre ellos. Mantiene en vilo al país aunque lanza un SOS para que la derecha habitual no se eternice en el poder.

Los medios de comunicación abundan en la necesidad de que la parturienta alumbre. Entre los periódicos digitales hay enfrentamientos ideológicos. La prensa escrita, salvo excepciones busca, a toda costa, la estabilidad con cualquier coalición que se presente.

La derecha sigue siendo monolítica. Es una ventaja. El electorado puro, duro y sólido, no se anda con ambajes. ¡Mariano, Mariano, Mariano es el bueno y por él votamos. Y hacen bien!

A ver si las fuerzas llamadas progresistas comprenden por fin que los matices deben dejar paso a las grandes decisiones y que todo puede resolverse una vez que haya capacidad legal para ello. Si no forman gobierno que se vayan a la oposición y reclamen a quien vive en Moncloa lo que necesitan las clases más desprotegidas.

Desde la época de Adolfo Suárez no se veía una situación igual. En aquél entonces el abulense fue apartado del poder y llegó un presidente de efímera transición, Leopoldo Calvo Sotelo, que duró un santiamén.  Después, Felipe González partió plaza y manejó el país durante poco más de 12 años.

¡A ver si aprenden Iglesias, Alberto Garzón y socios!.

Además del interesante momento que vive España, el mundo se enfrasca en una lucha contra el terrorismo, las viejas dictaduras, el surgimiento de individuos execrables como Donald Trump y los totalitarismos árabes.

No hay que alarmarse demasiado pero sí cumplir con los votantes. Tengan en cuenta lo que ocurre. Permitan una directriz lo más democrática posible y avancemos. No hacerlo abrirá heridas difíciles de curar.

Los españoles deben dialogar sin transigir en lo esencial. Hay que establecer un gobierno que se ocupe de las carencias de la mayoría y las mitigue. No se debe pedir lo imposible pero tampoco dejarse llevar por el canto de las sirenas.

En la conciencia de los actuales políticos reside el futuro del país.