Andrógino y futurista

 

Cuando murió el superstar británico David Bowie, el 10 de enero pasado, en Manhattan, Nueva York, me di cuenta, no sin nostalgia, que algo de mí había muerto o estaba a punto de ocurrir. Otros se han referido a sus valores musicales, las imágenes de sí mismo que gustaba mostrar a sus fans y algo acerca de su vida; así conocimos el barrio Brixton de Londres, donde nació en 1947.

Después de su muerte se volcó un alud de comentarios y recuerdos en los medios, sin faltar la selva de la internet, lo que no dejó de sorprenderme. Creía, ilusamente, que Bowie no era tan popular como otros del amplio firmamento del rock. Aunque ésta es una música popular, juvenil, ahora seguida por varias generaciones. En los conciertos de los Rolling Stones se reúnen los abuelos, padres, hijos y nietos, unidos por esa música que tuvo su origen como tal en los años cincuenta en Estados Unidos. Elvis Presley, blanco, atractivo, de voz extraordinaria y baile sensual, popularizaría el rock and roll, no sólo entre los jóvenes fiesteros sino también entre los “rebeldes sin causa”.

Desplantes vanguardistas

El hombre es sus recuerdos. A los seis o siete años de edad vi bailar “Jailhouse Rock” de El Rey a jóvenes que lo imitaban en los patios de las viviendas en donde yo vivía en la Ciudad de México. Les aprendí algunos pasos del baile y no me oponía a mostrarlos en las fiestas de adultos. Bowie debió haber tenido su cercanía con esta música por esos años también, los cincuenta. Cuando yo escuché el rock lo hice mío por gusto, exaltación y, muchos años después lo sabría, existencialmente.

Me interesó Bowie, en primer lugar, por sus desplantes vanguardistas, en sus presentaciones que llegaba a conocer en televisión y en fotografías. Con Bowie, el pelo largo envejeció en los años setenta. Sobre todo respecto a sus colegas, verbigracia los Rolling Stones (y no los Beatles, que fueron un grupo bueno, pero “fresa”), para citar a los más conocidos hasta la fecha.

David Bowie fue el primero que me sorprendió con un peinado de la época glam, pelo pintado de rojo y parado, maquillado el rostro, con un vestuario fantástico, que influyó no sólo a su público rocanrolero sino a los mismos diseñadores de moda.

Mi decepción

Hablo de la imagen porque fue un vanguardismo sexual, músico-visual y como un performance —acción artística que yo cultivé en 1977-1979 con mis amigos pintores—. Por eso, sufrí una decepción cuando tuve la sorprendente oportunidad de verlo en persona, toda una anécdota. Sólo una vez vino a México. En la fecha del concierto, me encontraba con unos amigos míos, Anton y Christa, fotógrafa entonces del periódico Unomásuno. Dijo que tenía que cubrir la presentación de Bowie en el Foro Sol. Me preguntaron si yo iba a ir y contesté que no, pero que me gustaría. Christa propuso que la acompañara. Yo no soy fotógrafo, pero entré con ella y una cámara fotográfica de gran tamaño en las manos al recinto del espectáculo.

Ella sacó sus fotografías en unos minutos y dijo, me voy al periódico, si quieres quedarte puedes hacerlo. No me lo dijo dos veces, levanté la vista y allí estaba David Bowie a unos centímetros de mi alcance; a un costado del estrado podía ver las bases de madera que lo sostenían. Pero yo esperaba presenciar alguno de sus extraordinarios disfraces y una gran banda detrás de él: la gran representación del rocanrolero andrógino. La Ola Inglesa me impresionaba.

Para mi decepción, vestía una camisa blanca, parecida a una guayabera yucateca que yo jamás me hubiera puesto (no por yucateca, sino porque no tiene nada qué ver con el espectáculo de masas del rock), un pantalón vulgar (de señor), ¡y unos guaraches, unas sandalias de playa! No estaba maquillado y su pelo no era largo, peinado estilo retro de los años cincuenta.

 

El rock es fascista, dijo

Yo, que estaba entre los primeros jóvenes que se dejaron el pelo “a la Rolling”, en el Distrito Federal —como se llamaba hasta hace unos días la ciudad de México—, ya lo traía más o menos corto, como en los años cincuenta; sí, seguía a David Bowie (era como un personaje de ciencia ficción), que tenía a un metro de distancia y que, en ese instante, no encajaba con mis expectativas del arte, de lo social, del sentido del rock y de la modernidad. No podía ser. Pero fue. Parecía un turista gringo, en su caso británico, en una playa de Acapulco o Cancún.

El público que llenó el Foro Sol, brincaba, cantaba y coreaba sus canciones, como suele suceder en esos conciertos. Yo me quedé de pie en ese rincón para verlo y escucharlo privilegiadamente.

A pesar de mi extrañeza fue un gran concierto de Bowie, que alguna vez declaró que el rock era fascista. Tal vez se refería a que el rock y sus estrellas se imponen a sus públicos en los que la muchedumbre obedece lo que se le dicta desde las luces, las proyecciones, los micrófonos y los amplificadores.

Me imaginé a un Bowie disfrazado, el rockero glam, al que cultivó la onda new romantic, imagen enigmática, las sombras en los ojos, el pelo largo y desordenado cuidadosamente, siluetas esbeltas y atuendos negros, dorados (Space Oddity). Un poco lo hacía también Mick Jagger, entre otros, aunque con el toque del blues.

Su apariencia también era su revolución y Bowie, y algunos seguidores suyos, adoptaron la bisexualidad. A mí me gustaba su imagen andrógina y futurista, pero por vanguardista, dentro del arte contemporáneo.