Luis Mesa Delmonte*
Con el programa “Anarquista”, los servicios de inteligencia militar de los Estados Unidos y la Gran Bretaña, han estado espiando varias actividades estratégicas israelíes durante las últimas dos décadas.
La existencia de este programa fue originalmente develada por el ex oficial de la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSA), Edward Snowden, y enriquecida en una reciente investigación publicada por el sitio en internet The Intercept. Los principales elementos de este affaire también encontraron eco en numerosos medios de prensa internacionales.
Varios observadores presentaron la noticia con un enfoque alarmista y excepcional; no obstante, en realidad se trata solo de un epígrafe más de una historia de las relaciones entre Israel y Estados Unidos, en la que paralelamente encontramos acuerdos de alta cooperación en materia estratégica, militar y de inteligencia, junto a diversos casos de espionaje recíproco.
Baste solo recordar las historias de espionaje de Jonathan Pollard, las conducidas por la NSA contra la dirección política de Israel, o las labores de la inteligencia israelí para obtener información respecto a la formulación de la política de Washington hacia el Medio Oriente y las negociaciones nucleares con Irán, para tener una idea de la complejidad de esta relación. No es casual que desde hace años, diversos estimados de seguridad estadounidenses hayan señalado a Israel como uno de sus principales adversarios cibernéticos, y poseedor de un servicio de inteligencia “hostil” hacia Washington.
Con el programa “Anarquista”, auspiciado por el Government Communication Headquarters (GCHC) británico y la NSA de los Estados Unidos, los dos países han logrado penetrar partes de los sistemas cibernéticos israelíes, dando seguimiento a las acciones de los drones e incluso de la aviación de combate, tanto en maniobras de vigilancia y espionaje, como en caso de operaciones bélicas. Las dos partes han monitoreado las acciones israelíes en Gaza, han seguido de cerca cualquier potencial ataque contra Irán, y además, han obtenido información extremadamente útil sobre la tecnología de drones que Israel exporta.
Este último aspecto es muestra de las competencias feroces que se dan entre compañías de producción militar para dominar el mercado bélico internacional. Por ejemplo, en el mes de enero del 2016, Alemania dio a conocer su interés en arrendar drones “Heron TP” (“Eitan”) fabricados por la Israel Aerospace Industries, en vez de comprar los “Predator” estadounidenses hechos por la General Atomics. El año pasado India adquirió varios de estos aviones no tripulados fabricados en Israel que tienen un alcance de 7 400 kilómetros y una autonomía de vuelo de 70 horas.
El programa se espionaje se ha desarrollado esencialmente desde la base británica ubicada en el este de la República de Chipre, y también se ha dirigido contra otros objetivos en la zona, como ha sido el caso de la vigilia de los drones de fabricación iraní operados por Siria y Hezbolá, así como sobre otros sistemas militares en Egipto y Turquía.
Mientras una fuente proveniente del aparato de seguridad israelí declaró que esto era un golpe telúrico en la historia de la inteligencia israelí, otra opinión militar brindada anónimamente al periódico Haaretz consideró que el espionaje estadounidense y británico “no había dañado a ninguna de las maniobras defensivas de Israel”, y que se trataba más bien de una acción ya habitual pues mientras “elementos de inteligencia foráneos detectan nuestras operaciones en el Medio Oriente, nosotros también detectamos las de otros Estados en la región”.
El actual ministro de energía y anterior encargado de la inteligencia, Yuval Steinitz, declaró que la noticia no lo sorprendía, pero que sí se sentía decepcionado porque en la actualidad los israelíes no desarrollaban operaciones de inteligencia contra los Estados Unidos. Esta declaración parece estar alejada de una realidad que muestra otra dinámica bilateral de mutua desconfianza y dudas, -especialmente durante estos años de contradicciones entre Obama y Netanyahu- donde ocasionalmente se ha especulado respecto a las interferencias recíprocas.
De cualquier manera, -y sin llegar a pensar que estén en peligro los secretos militares israelíes más importantes- la revelación del programa de espionaje, cuestiona la calidad del sistema de codificación que emplean drones, parte de la fuerza aérea, y unidades de misiles antiaéreos, por lo que el Centro de Codificación y Seguridad de la Información (CEIS) israelí, estará obligado a crear inmediatamente otros sistemas más sofisticados. Si los Estados Unidos y la Gran Bretaña han sido capaces de romper sus códigos, otros países y actores “adversarios” podrían hacerlo igualmente.
Los militares y expertos cibernéticos israelíes, quieren evitar a toda costa que se repita una situación semejante a la llamada “Catástrofe de Shayetet” del año 1997. En esa ocasión, el grupo Hezbolá fue capaz de captar las órdenes no encriptadas de un dron israelí, y empleó esa información para desarrollar una emboscada contra miembros del comando élite naval Shayetet-13, causándole un número de bajas importante.
En síntesis, estas revelaciones demuestran una vez más, que las relaciones entre socios estratégicos no están exentas de intromisiones y acciones de espionaje.
*Catedrático del Colmex.
