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Su intención no era tanto desenmascarar un sistema de opresión nacional sino de novelar una situación terrible.
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Tras leer recientemente Pabellón de cáncer
En los años sesenta, setenta se habló —muchas veces mal— sobre la leyenda de Alexandr Solzhenitsyn, escritor ruso (1918-2008) que estuvo preso en los campos de concentración (les decían “campos de trabajo” o de “readaptación”) de la antigua Unión Soviética durante once años, acusado de “actividades antisoviéticas” y por “delitos de opinión”. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1970. Pero en 1974 fue expulsado de la URSS. Antes, en 1962, se publicó Un día en la vida de Iván Denísovich, gracias a Jruschov, el jefe de gobierno de la Unión entonces. Uno de sus títulos más comentados fue Archipiélago Gulag (1973). Después de mi lectura reciente de Pabellón de cáncer (1968), reconozco ahora a un novelista de poderío.
En un hospital de oncología (que no era mejor que los hospitales públicos de México en esos mismos años) coinciden diferentes personajes: el tumor canceroso en el cuello, la amputación de una pierna o una teta. También actúan los médicos, médicas, enfermeras, etc. Un caso es el funcionario Pável Rusánov, miembro del Partido y vigilante de los “enemigos del régimen”. Pero es un enfermo más. Él y los otros se cuidan de lo que dicen, sospechan unos de otros aun en el hospital. Así ocurre con un anciano que no habla, sólo los mira, como una lechuza, dice la narración, se cuida él de los otros y éstos de él.
La situación de cerco, de espionaje, de campos de trabajo, sobre todo para los “delincuentes de opinión” o de “conciencia”, cuando no te sometes al control del Partido, se revela en cada historia individual. Un ejemplo: no se puede tocar de palabra, de obra, ni de pensamiento, al líder nacional, Josef Stalin.
Me han llamado la atención los temas de Solzhenitsyn, pero su prosa, en un realismo estricto, me fatigaba años atrás. Iba paso a paso, describiendo todo, las conversaciones de nimiedades aparentes, los lugares, los personajes y sus soledades en el colectivismo nacional, que podía asfixiarlos lenta o rápidamente. No obstante, Solzhenitsyn no hacía propaganda expresamente sino novela. La crítica la hacía en el periodismo cuando estuvo fuera de la URSS. Aquí está su mérito. Expuso, sí, la realidad soviética, la común y corriente. Pero, novelísticamente.
Hay que volver a leer con otros ojos, ajenos a la guerra fría, a Alexandr Solzhenitsyn. En Pabellón de cáncer vemos a un enfermo, Oleg Kostoglótov, que, en esa antesala de la muerte, descubre su sentimiento amoroso por su médica, y es mutuo, porque ella también es una especie de “enferma social”, por su soledad y pobre forma de vida. Uno, víctima directa del Estado comunista, que en su adolescencia fue acusado por un delator, junto con sus amiguitos, chicas y chicos, de “enemigos de la URSS”: se atrevieron a opinar en una fiesta sobre Stalin o la complicada situación económica y social en la que se hacían adultos. Alguien dio el “pitazo”, no parecían optimistas del comunismo, fueron capturados y enviados a estos campos de concentración y luego a un pueblo remoto, asiático, en condiciones de miseria y marginación (que nadie se imaginaba fuera de esa potencia militar y de otros tipos que era la URSS).
Vera Kornílievna, una joven que fue novia de un adolescente movilizado que ya no regresó del frente; después, la conocería Oleg en el hospital. Ella se dedicó a estudiar sin chistar lo que enseñaban en las escuelas a donde iba y fue respetada. No así su hermano que fue otra víctima del orden comunitario, y, por eso, la muerte prematura de su madre. Quedó sola. Una doctora con empleo, que, sin embargo, vivía en una especie de comuna en donde compartía la pobreza con sus vecinos, porque no había otra posibilidad de habitación. Ella tenía su cuarto; lo demás lo tenía que compartir: cocina, baño, terraza. Solzhenitsyn lo dibujaba todo con palabras. El capítulo 25 resulta un extraordinario monólogo interior, pero escrito como narración en tercera persona. La soledad, impotencia y fatalidad de Vera parecen tan graves como las sufridas por Oleg, en un campo de concentración o desterrado, sin derecho a movimiento, en un pueblo extraviado en las grandes extensiones asiáticas de la otrora URSS. Era un “prisionero a perpetuidad”. Por permitirse tener un pensamiento propio —y acertado.
Continué leyendo esa prosa descriptiva, pero eficaz: se encuentra el lector con este acierto: su intención no era tanto desenmascarar un sistema de opresión nacional (que no sería nada literariamente) sino de novelar una situación terrible, la que conocía y envolvía al propio Solzhenitsyn, desde varios ángulos. Personajes, con caracteres y desgracias propios, en un escenario del que no hay manera de evadirse.
Una novela de profundidades, de crítica social. Heredero de otros escritores rusos, como Dostoievsky, es de un realismo trágico e implacable, con sus altibajos, también hay alegrías y buenas intenciones. Pero la fatalidad no se hace esperar. “Como si a Kostoglótov le hubiesen conmutado la pena capital por la de cadena perpetua. Había sobrevivido, pero ignoraba para qué”.

