¿“Hijo” de maricones y marimachas?
Por Guillermo García Oropeza
Creemos que el gran riesgo de Peña Nieto, entre tantos más, es caer en la polémica despertada por su iniciativa para la legalización del llamado matrimonio igualitario que provocó el entusiasmo de la famosa comunidad LGTBXYZ, como yo la llamo, y de cierto grupo de periodistas generalmente muy críticos al sistema y que, de pronto, se ven aliados con el Presidente, al que siempre habían cuestionado y frente a esta curiosa (e inestable) alianza se alzó indignada la Iglesia católica, aliada a su vez con los muy previsibles empresarios conservadores, el PAN (que pese a sus entendimientos priistas no deja de ser el partido clerical) y, ¡oh sorpresa!, muchos seguidores de las iglesias evangélicas que nunca se habían llevado bien con Roma.
Pero a esta alianza habría que añadir lo que yo llamaría “la mayoría silenciosa”, es decir, la inmensa masa de mexicanos que quizá no son católicos muy practicantes, ni conservadores, ni panistas, pero que creen que una familia normal consta de hombre, mujer e hijos.
Una mayoría que es, ni modo, de formación y tradición patriarcal, si se quiere machista (incluyo a muchas madres formadoras de hombres machistas) y para los que los miembros de la famosa comunidad no dejan de ser anormales, raritos, diferentes para no aplicarles los abundantes calificativos que van desde jotos o marimachas hasta los que no se pueden publicar en un texto bien educado.
Una mayoría que no se inmuta si la llaman “homofóbica” y que no se impresiona si muchos especialistas generalmente en inglés (porque todo el movimiento gay parece sospechosamente promoción del “liberalismo democrático” occidental, es decir gringo) afirmen que una pareja gay o lésbica puede educar muy bien a un niño adoptado y no engendrado.
En otras palabras, yo preguntaría si no es un gravísimo error de cálculo pensar que el México profundo piensa como las zonas cosmopolitas de la CDMX; México de todos esos compatriotas que no leen Proceso ni La Jornada ni se suman a las marchas del orgullo gay.
Y me pregunto que si hubiera un verdadero plebiscito nacional cuántos votarían por la familia tradicional y cuántos por el nuevo modelo porque entiendo que la política es cuestión de voluntades mayoritarias. Y en estos momentos, en que tantas cosas parecen ir mal, meterse en este campo minado me parece una torpeza por no decir algo impublicable.
Campo minado porque la mayoría hasta ahora silenciosa podría ser seducida por esa extrema derecha, que siempre ha estado ahí, y que encuentra en la iniciativa presidencial una causa emocional que puede ser muy efectiva y digo emocional o si se quiere irracional, es lo mismo, nada intelectual ni progresista ni neoliberal.
Y pienso en un “slogan” de esa derecha:” ¿te gustaría, mexicano, que en vez de tu padre y de tu madre hubieras sido “hijo” de dos maricones o de dos marimachas?”.
Algo primitivo, si se quiere, pero que funcionaría…
