Hace unos días, concluyeron los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyongchang 2018 y ello trajo a la memoria los de México en 1968. En efecto, diez días después del 2 de octubre de ese año, fecha inescapable para el proceso de apertura democrática en nuestro país, la atleta mexicana Enriqueta Basilio se convertía en la primera mujer en la historia en encender el pebetero olímpico durante la ceremonia inaugural, que tuvo lugar en el estadio de Ciudad Universitaria. A este inédito gesto, precursor del compromiso con los temas de género, seguirían otros que harían de México 68 hito del deporte universal y parte aguas en tiempos de Guerra Fría.
Ha pasado ya medio siglo y los mexicanos guardamos un vago recuerdo de esa justa, alimentado por las ya vetustas y aún emblemáticas instalaciones deportivas que se construyeron ex profeso, así como por los originales monumentos de artistas de países participantes que se colocaron en el Periférico en la denominada “Ruta de la Amistad”.
La XIX Olimpiada moderna tuvo gran relevancia. Desde la óptica deportiva fue la primera en que se aplicaron pruebas antidopaje, se colocó en la pista de atletismo el revestimiento sintético llamado tartán y se recurrió al photo finish para designar a los triunfadores en pruebas donde el ojo humano no lo puede hacer. De igual manera, las técnicas y materiales utilizados para la edificación del Palacio de los Deportes, la Alberca y Velódromo olímpicos son desde entonces referentes de la afamada arquitectura mexicana. A ello hay que agregar la originalidad e iniciativa del Comité Organizador que de forma paralela a las competencias atléticas realizó la denominada Olimpiada Cultural, en la que 97 países participaron por primera ocasión en un ambicioso programa de exhibiciones y eventos de calidad mundial.

Todo esto es parte del patrimonio histórico del país y ocurrió en momentos sensibles para la comunidad internacional, que semanas previas a la inauguración olímpica había sido testigo de la invasión soviética de Checoslovaquia, que puso fin a la Primavera de Praga, y veía con asombro el desarrollo de la guerra y el uso de armas prohibidas en la península Indochina.
El Estadio Olímpico universitario no fue ajeno a las tensiones de la época; así lo confirmaron los atletas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos que en el podio, al recibir sus medallas por el primero y tercer lugar obtenidos en los 200 metros planos, levantaron su puño envuelto en un guante negro como gesto para exigir el respeto a los derechos humanos de la población afroamericana en su país.
Eso fue México 68, quince días de inusual celebridad, que convocaron la atención del mundo en nuestro país y acreditaron su capacidad para transformarse en el plano interno y acometer grandes empresas de impacto internacional, animadas por un genuino compromiso con la paz.
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