Apuesta por la paz
Lo que se está gestándo aún es amorfo, pero deja ver ángulos de gran complejidad, que socavan la confianza en la diplomacia y contribuyen al debilitamiento del Derecho Internacional y de la comunidad mundial.
Lo que se está gestándo aún es amorfo, pero deja ver ángulos de gran complejidad, que socavan la confianza en la diplomacia y contribuyen al debilitamiento del Derecho Internacional y de la comunidad mundial.
La ruta estaría dando resultados; así lo dejan ver los vacíos de poder que se han generado en distintas latitudes y los intentos de países con ambiciones hegemónicas para ocuparlos, sin temor a represalias.
Tras los llamados de Juan XXIII en su encíclica Pacem in Terris y de Paulo VI en Populorum Progressio, Juan Pablo II tuvo el acierto de posicionar a la sede petrina como actor central de las relaciones internacionales…
Por un lado, Europa expresa su renuencia a apoyar a Estados Unidos en un conflicto con Irán que no es suyo y que arriesga el suministro de los energéticos que mueven la economía del Viejo Continente.
Este diagnóstico tiene historia. La primera llamada de atención ocurrió tras la caída del Muro de Berlín, hecho que marcó pauta para la conducta diferenciada de los Estados en la posguerra fría.
Conflictos como los de Ucrania y Medio Oriente, la galopante pobreza en diferentes zonas y los populismos de izquierda y derecha, alteran el orden y la justicia, polarizan sociedades y no contribuyen a generar bienestar.
El balance, siempre positivo, acredita el valor del multilateralismo como espacio deliberativo útil para identificar soluciones colectivas a problemáticas compartidas.
Aunque ha pasado poco tiempo desde que asumió el Trono, el mayor de sus retos es definir un perfil propio para su reinado, que le permita considerar el alejamiento ecelsiástico de las nuevas generaciones…
Tras las guerras de Corea y Vietnam, de los ataques terroristas del 9/11 en territorio estadounidense y de los conflictos en Ucrania y Gaza, lo que ahora acontece es la más seria amenaza a la estructura establecida al final de la Segunda Guerra Mundial.
De hacerlo así, la discusión política y académica podría orientarse hacia la doble meta de revitalizar los valores liberales que animaron los trabajos de la Conferencia de San Francisco (1945) y consolidar un orden mundial sustentado en reglas.
Los que así discurren estiman que la denominada realpolitik (política realista) muta el honor, gloria y poder del Estado westfaliano por el bienestar de los gobernados, lo que se traduce en una idea clara del interés nacional.
A estas condicionantes cabe añadir una realidad que ofrece un modelo de convivencia inseguro por definición, regido por el uso de la fuerza como medio para establecer el orden, en detrimento de relaciones políticas estatales comprometidas con la autoridad y el buen gobierno.
En ambos casos y para sobrevivir, los Estados despliegan habilidades diplomáticas propias, en un entramado cada vez más rígido, donde la autoayuda es crucial para preservar un mínimo de soberanía y avanzar intereses nacionales.
El momento es delicado porque, cuando se creía que finalmente el realismo Estado-céntrico se transformaría en beneficio de la liberación humana, en los hechos se retorna al estatismo y pierden prioridad la persona y sus derechos.
Los países de la periferia adquirieron entonces habilidades diplomáticas basadas en el conocimiento histórico y rara vez se apartaron de las reglas tácitas e implícitas impuestas por los poderes hegemónicos.
Desde un punto de vista teórico, esta ruta confiere la razón a las tesis de Thomas Hobbes y Nicolás Maquiavelo, en detrimento del arreglo social propuesto por John Locke y Emmanuel Kant.
En abono a esa meta, despliegan políticas exteriores acomodaticias, aislacionistas y condescendientes con los poderes hegemónicos, que solo son útiles en el corto plazo.
Ciertamente, la apuesta internacionalista ya no es la primera opción. La buena gobernanza mundial, en los términos planteados en la Carta de la ONU, es cada vez más utópica porque no puede controlar al poder.
La guerra (caos) es justa si observa normas y reglas de validez universal y cuando quien la ejerce es su víctima. Por el contrario, si la emprenden actores poderosos, estos la justifican como recurso para alcanzar objetivos acordes con sus intereses.
La citada doble perspectiva existe hoy en la Organización de Naciones Unidas, la cual busca conciliar paz con guerra, cooperación con conflicto y seguridad militar con aquella multidimensional y sostenible.