Vivimos en la era del conocimiento, y podría parecer una trivialidad, pero el camino para llegar a lo que somos no ha sido nada fácil. La lucha contra los dogmas y fanatismos ha costado a la humanidad no solo muchos años sino muchos tropiezos y muchas vidas.

Poco se ha dicho acerca de la importancia del pensamiento científico en la disminución de la violencia en el mundo en los últimos siglos, pero lo cierto es que la práctica de la civilidad de la ciencia ha permitido librar las diferencias humanas sin llevarlas necesariamente al enfrentamiento para la aniquilación del contrincante.

Por desgracia, hoy más que nunca se publicita la violencia y este es uno de los factores por los que muchos no perciben que vivimos en un mundo más pacífico que antaño, en especial en las sociedades que han logrado un mejor desarrollo educativo y científico.

A pesar de la enorme cantidad de información científica generada cada día el analfabetismo científico es alarmante. Estamos en una paradoja en la que proliferan las seudociencias, sectas y charlatanerías, a la vez que se reconoce que el desarrollo de los pueblos está íntimamente relacionado con su avance científico y tecnológico.

Gracias a la ciencia hoy las parejas pueden planear su vida familiar mediante el uso de anticonceptivos, y la expectativa de vida se ha incrementado veinte años en las últimas cinco décadas. Apenas en 1960 se inventaron las latas de aluminio para envasar alimentos y bebidas. Las computadoras y los teléfonos celulares inteligentes son muy recientes pero ya forman parte de la cotidianidad. El genoma humano se ha descifrado y el conocimiento del cosmos avanza a una velocidad nunca antes vista. Los satisfactores con que hoy contamos eran impensables hasta hace unas décadas, los ejemplos abundan, desde las computadoras hasta las nuevas técnicas médicas.

La ciencia ha establecido procedimientos que hoy nos permiten discriminar los saberes y darnos cuenta de que, en el gran almacén de lo que consideramos cierto, podemos distinguir entre aquello que afirmamos porque tenemos razones, argumentos y evidencias válidas para todos, tanto para nosotros como para los demás. Por otra parte está aquello que creemos, quizá con mucha fe, pero se trata de suposiciones con escasa evidencia y sin argumentación o razonamiento sólidos.

La ciencia surge precisamente de la preocupación y la necesidad de establecer mecanismos y métodos que permitieran a los diferentes grupos humanos, desde sectas religiosas hasta las facciones políticas, dirimir sus diferencias sin llegar a la violencia, llegar al consenso de cómo evaluar las evidencias, hechos o testimonios y, además, utilizar la potencialidad de esos mecanismos para desenmascarar fanatismos y prejuicios.

Antes de que la ciencia existiese como tal, el mundo se percibía como mágico, solo como producto de las voluntades de dioses terribles o bondadosos, pero a fin de cuentas criaturas divinas, este mundo era entonces visto como incomprensible para todos o, por lo menos, para la mayoría de los hombres; solo los brujos o sacerdotes en contacto con esos seres superiores podían entender los fenómenos como signos sobrenaturales.

 

La ciencia no es solo un producto valioso de la creatividad y el raciocinio para satisfacer la curiosidad humana acerca del mundo, es también un instrumento que ha permitido establecer los mecanismos que ayuden a distinguir la mera opinión del hecho confiable.

 

Así la ciencia no es solo un producto valioso de la creatividad y el raciocinio que sirve para satisfacer la curiosidad humana acerca del mundo, es también un instrumento que ha permitido establecer los mecanismos que ayuden a distinguir la mera opinión del hecho confiable.

Uno de los incentivos más importantes para llegar a esta era del conocimiento fue la curiosidad humana y el deseo de conocer el destino, la inevitabilidad. Esa era la función de visitar al oráculo entre los griegos, sigue siendo la función de la lectura de la mano o de las cartas, quizá porque no existe peor sentimiento que el de estar a la deriva, no saber el rumbo. El pensamiento científico nos coloca en el sitio adecuado desde el cual construimos poco a poco certidumbre.

La ciencia básica, que es la que parece responder mejor a la curiosidad humana, ha resultado tan importante o más que la ciencia aplicada, aunque surge con la pretensión de conocer el mundo, de explicarlo, de quitarle el velo sobrenatural y hacerlo inteligible, con el tiempo esos conocimientos han sido fundamentales y, hoy, no cabe la menor duda de que la ciencia básica no es solo conocimiento, sino una inversión; sus aplicaciones, tarde o temprano, nos asombran.

El impresionante avance científico de los últimos años nos plantea retos imponentes.  Sujetos a un bombardeo permanente de información, de baja calidad a enorme velocidad, nos convertimos en presas fáciles de la charlatanería y de una especie de incomprensibilidad científica. Basta revisar los periódicos o escuchar los noticieros para encontrar ejemplos de información pretendidamente científica donde conviven clonaciones con ovnis, sectas religiosas con ideales políticos o medicinas alternativas con cirugías láser.

Temamos regresar al Medioevo, nuestra salvación estará en la defensa de la ciencia.