La verdad a la que te aferras te imposibilita
para escuchar cualquier otra cosa.
Pema Chodron
Cuenta una historia china que un granjero había extraviado un azadón. Lo buscó en los lugares habituales donde acostumbraba a guardarlo, y nada. Al mirar por la ventana observó al muchacho que le ayudaba en las faenas y, con sorpresa, detectó una actitud sospechosa. Lo miró con mayor cuidado y notó que actuaba como si se hubiera robado el azadón.
Lo vigiló con mayor detenimiento y, efectivamente, constató que caminaba como si se hubiera robado el azadón. Es más, se agachaba y trabajaba como si se hubiera robado el azadón. Así que, seguro de la traición del ayudante, el granjero salió a toda prisa con la intención de reclamar el hecho criminal y exigir la devolución del instrumento de trabajo. Pero al cruzar la puerta, de reojo, descubrió el azadón medio escondido detrás de una caja. Miró a su ayudante y con mayor sorpresa observó que ya no actuaba como ladrón, tampoco caminaba como tal ni trabajaba como delincuente, todos los signos que le apuntaban como culpable habían desaparecido.
El granjero, no confiaba en su ayudante y por ello pudo imaginar y relacionar eventos que no tenían nada en común, y probablemente muchos de los gestos que observó en el muchacho no estaban presentes, los inventó en su certidumbre dogmática. Estableció así, una causalidad imaginaria, pero tan coherente para quien la imagina que es casi imposible no creerla.
Si el granjero del cuento chino hubiera estado acompañado, seguro habría convencido a sus acompañantes de la realidad de su evidencia y de la culpabilidad del ayudante, quizá hubiera podido producir una histeria colectiva si hubiera tenido algún liderazgo, hubiera podido contagiar o inducir a los demás hacia un singular efecto colectivo como el que ocurre con las parvadas de palomas o los cardúmenes en el mar, con un mínimo de información, todos actúan de la misma manera dando la impresión de una inteligencia colectiva o de que cada uno es capaz de tomar decisiones precisas de manera consciente e inteligente.
Sin embargo, en esos fenómenos lo que menos hay es inteligencia. En estos sistemas las interacciones entre los componentes son muy simples, aun cuando se construyan patrones muy sofisticados como pueden ser las franjas de una cebra o de un tigre, las caprichosas alas de una mariposa, las líneas de las dunas en el desierto o las conchas de mar, todo ello es producto de una interacción muy básica en la que cada elemento solo obedece reglas increíblemente simples, si alguno de los elementos del sistema mostrara inteligencia o patrones mas complejos, no seria posible el comportamiento que observamos en el conjunto.
Las grandes masas humanas se asemejan a esos sistemas cuando cada individuo deja de pensar y actúa simplemente como su compañero siguiendo la regla de “yo hago lo que tu hagas” dándose así una retroalimentación positiva en el grupo. Lo que tiene que hacer cada uno es no pensar, no analizar ni ser crítico, sino seguir ciegamente al conjunto.
El rumor es uno de los productos de este tipo de comportamiento, algunos psicólogos lo califican como actitud de rebaño. El rumor es desinformación que se presenta con un alto grado de confiabilidad en apariencia, pero que usualmente está basada en la ignorancia y no en el conocimiento y se transmite rápidamente entre personas de un mismo grupo carente de información suficiente. La desinformación obedece a la necesidad de manipular y de dar una explicación a aquello que no se comprende, pero la mayoría de las veces esa falta de comprensión está relacionada con el uso de información falsa o con prejuicios que obstaculizan un análisis objetivo de la situación. No hay vacuna contra el rumor, es como un virus, hay que ser prudentes, reposar y esperar un poco a que el tiempo limpie la bruma y el humo de los incendios provocados artificialmente. El agua siempre llega a su nivel, o bien no hay mentiras eternas, duran mientras la verdad llega.
