Con la triste y prematura muerte de René Avilés Fabila perdimos no sólo al escritor y el periodista admirables, al académico reconocido, sino además al promotor cultural sabio y generoso, quien desde sus diferentes trincheras se propuso siempre contribuir, con naturalidad y auténtica convicción, a enaltecer la obra de sus grandes maestros y dar a conocer la de otros noveles creadores de generaciones posteriores a la suya. De hecho, ese fue el espíritu del suplemento cultural El búho de Excélsior que él fundó y colocó entre los más importantes, donde con su sapiencia y su cobijo muchos pudimos iniciar nuestra carrera profesional.
Desde sus múltiples espacios de trabajo, ya fuese como polígrafo prestigiado o como funcionario universitario visionario, René se planteó ayudar con su talento y con sus múltiples relaciones a otros colegas y discípulos suyos, porque entendía muy bien que sin esas redes de complicidad resulta imposible incidir en un ámbito no siempre atendido ni privilegiado por las autoridades que, como bien escribió Nucio Ordini en su extraordinario libro Lo útil de lo inútil, lo consideran superfluo y es a lo primero a lo cual suelen echar tijera. Siendo un crítico agudo y severo, sabía muy bien que, coincidiendo otra vez con el filósofo italiano, a la cultura se le suele perseguir por ignorancia y/o por temor.
Herencias magníficas de su encomiable labor como promotor cultural son la Fundación que lleva su nombre, y por supuesto el Museo del Escritor que es único en su tipo y frente al cual ninguna autoridad ha tenido la visión ni mucho menos la generosidad de sólo arropar y mantener, porque la extraordinaria colección de objetos varios y la biblioteca personal de primeras ediciones autografiadas y de incunables ya las dejó clasificadas y con sus respectivas fichas. El resultado de toda una vida de trabajo, su viuda Rosario Casco Montoya y su hermana Iris Santacruz Fabila buscan mantener viva esa magnánima llama del saber y de la creación.
En su no menos prolífica gestión de varias etapas al frente de la Coordinación de Difusión Cultural primero de la Universidad Metropolitana toda, y más tarde de la de la Unidad Xochimilco donde llegó a ser Catedrático Distinguido, está la formidable y panorámica serie discográfica Grandes Voces de la Ópera que el destacado contratenor y no menos sabio musicólogo Héctor Sosa le propuso y él respaldó con la generosidad y la visión que le caracterizaban. Notable antología que alcanzó diez volúmenes, en ella se incluyen nombres ilustres de nuestra lírica como los de las sopranos Maritza Alemán, Irma González, Gilda Cruz Romo, Cristina Ortega y Alicia Torres Garza con quien arrancó; las mezzosopranos Oralia Domínguez y Martha Félix; y los barítonos Guillermo Sarabia y Roberto Bañuelas. De este último, cantante con una extraordinaria trayectoria en Europa, René y un servidor perfilamos además un libro autorizado en vida por el propio artista, que por desgracia no alcanzó a ver la luz antes de la muerte del autor de El gran solitario de palacio y las autoridades universitarias en activo y de más bajo perfil no tienen ya entre sus intereses.
Contratenor con una no menos significativa carrera docente tras la formación de nuevas voces, Héctor Sosa es miembro de una ilustre familia de cantantes y musicólogos, hijo del destacado tenor José Sosa Esquivel, hermano del gran baladista internacional José José y del versado musicólogo Octavio Sosa. Además un productor musical no menos prolijo, Héctor ha sido responsable de múltiples discos de otras apreciables voces que bajo su atención han participado en discos y programas de sonado éxito donde su sapiencia musical ha contribuido al rescate de valiosos repertorios y obras de los acervos internacional y local. Si su trayectoria como intérprete fue larga y triunfal dentro de un repertorio especializado donde su peculiar tesitura y sus notables recursos cubrieron un muy amplio espectro, su trabajo no menos docto como musicólogo y productor ha redondeado un itinerario musical fructífero y ejemplar.
El décimo volumen colectivo de esta serie que suponemos inacabada, porque el firmamento de voces y figuras de nuestro espectro lírico es tan amplio como variado y todavía debe tener Héctor Sosa muchos otros nombres en el tintero, ha dado cabida a otras distintas y disímiles leyendas como las sopranos María Romero, Evangelina Magaña, Eugenia Rocabruna, Concepción Valdés, Verdad Luz Guajardo, Amparo Guerra Margain y María Bonilla; las mezzosopranos Josefina Aguilar, Concepción de los Santos, Aurora Woodrow y Carmen Aguilar y Voos; las contraltos Osbelia Hernández y Belén Amparán; los tenores José Mojica (además primera figura de nuestro cine, triunfador en Hollywood y luego misionero en el Perú), Luis Manterola, Gil Mondragón, José Mendieta, Carlos Puig, Paulino Saharrea y el citado José Sosa; el barítono Ángel R. Esquivel y el bajo Roberto Silva. Apasionado de la lírica, de la ópera y de la canción de concierto, de la buena música, y como los volúmenes anteriores, este último que no final es prueba más que fehaciente de su labor casi detectivesca tras la pesquisa de grabaciones históricas y de difícil hallazgo, que él ha sabido atesorar y digitalizar para darlas a disfrutar a los especialistas y a conocer a un más amplio público melómano que de seguro no conocía estas auténticas maravillas y a sus legendarios intérpretes que con este valiosísimo rescate recuperan la estima y el espacio merecidos.
