In memoriam: Francisco Toledo

 

De formación en gran parte autodidacta y un convencido activista social, la producción tanto plástica como gráfica y escultórica de Francisco Toledo (Juchitán o Ciudad de México, 1940-Oaxaca de Juárez, 2019) revelan el notable talento y la persistente vocación de un artista cuya obra se caracteriza por la irreverencia, por su carácter provocativo y transgresor, por su autenticidad. Un no menos decidido ambientalista, promotor​​ y filántropo, defensor a ultranza de los derechos humanos y los de las demás especies vivas, impulsó numerosas causas relacionadas con la conservación y la difusión del patrimonio artístico mexicano tangible e intangible, así como el soberano acercamiento tanto a la formación artística como al acceso a la cultura, consciente de que constituyen, como bien escribió Freud, el único acicate real para consumar la libertad.

Desprendido y generoso, ajeno a posesiones materiales y a toda hoguera de las vanidades, enemigo de demagogias y simulaciones, todo lo que ganó como creador prolífico y exitoso lo gastó en la creación de instituciones y proyectos que les abrieran puertas y ventanas de respiro a jóvenes talentosos sin posibilidades de prepararse ni de viajar. Hombre culto y sensible, Toledo promovió todas las manifestaciones culturales y artísticas –la poesía, la música y el cine eran otras de sus definidas querencias–, cierto de que la suma de todos los saberes posibilitan la formación de seres humanos y creadores más completos, conocedores de su contexto y con las herramientas para transformarlo, para mejorarlo.​

La obra cabal y auténtica de Toledo, ya como impresor, ya como dibujante, ya como pintor, ya como escultor, ya como ceramista, fue conquistando un merecido reconocimiento dentro y fuera de México. La autenticidad de su arte refleja muy bien aquella famosa y reveladora expresión de Tolstói cuando se refería a la imposibilidad de que un artista pueda acceder a la universalidad sin antes conocer y expresar a plenitud su realidad y su contexto inmediatos. Frente a la obra envolvente y seductora de Francisco Toledo tenemos siempre la convicción de que se expresan, sin ambages, el arte juchiteco, Oaxaca, México, Mesoamérica, a través de un lenguaje universal que necesariamente conecta con la naturaleza, con lo humano, con la vida y con muerte como antípodas de una identidad compartida.

 

En el arte de Francisco Toledo se reconoce un gran aprecio por la estética que emana de la misma naturaleza, no siempre asociada con convencionalismos, con personajes que están en su entorno sensible y identitario inmediato, como por ejemplo la iguana, el murciélago, el chango, el sapo o el insecto. Como en otros notables artistas mexicanos, en su obra no menos referencial y poética, multiforme y asociada a diferentes técnicas dominadas por el maestro, en el bestiario toledano conviven la naturaleza referenciada con el mundo de lo onírico y lo fantástico, dando fe tanto del observador atento de la realidad y de las tradiciones como del fabulador que presumía de soñar despierto.

No exento de lúcidas metáforas, de elocuentes alegorías, de imágenes deslumbrantes, la obra de Toledo tiene entre otros de sus temas recurrentes la sensualidad, el erotismo, en un mundo de gozosa concupiscencia donde los límites, las barreras y los prejuicios no suelen tener cabida. Pletórico de símbolos, su arte suele dar entrada de igual modo al culto, a lo ceremonial, las más de las veces conectado con el mundo de lo pagano que irrumpe en el mundo codificado de lo religioso.​ En su universo abierto y expandido no hay distingos ni de especies ni de clases ni de rangos, prevaleciendo muchas veces la androginia, el ser transubstanciado.

Un artista “independiente” que supo muy bien conectar la tradición con la modernidad, con constantes y atinados guiños a otras civilizaciones y culturas, en la obra multitonal de Francisco Toledo hay un predominio de lo fantástico –confesó admirar la obra de Alejo Carpentier y su mundo de lo real-maravilloso– en manos de un creador de desbordada imaginación. Su “maravilloso” universo de criaturas antropomórficas, a la vez monstruosas y juguetonas, configuran ese ya mencionado bestiario de personajes que igual incluyó, además de en su obra plástica, escultórica y gráfica, en su miscelánea de objetos diversos que fueron ampliando su presencia: papalotes, libros de artista, máscaras, piezas de joyería, etcétera.​ Paradójicamente, y aunque en su mayoría de carácter artesanal, toda una industria.

 

Todo un personaje, que influyó e hizo escuela –su lugar de nacimiento: Juchitán o la Colonia Tabacalera en la Ciudad de México, sigue siendo una incógnita que se llevó a la tumba–, que encabezó e impulsó movimientos de diversa índole, y aunque en su mayoría autodidacta, confesó su débito para con Arturo García Bustos, así como su paso por el Taller Libre de Grabado de la Escuela de Diseño y Artesanías del INBA donde aprendió de sus maestros Pedro Castelar, Francisco Dosamantes y Guillermo Silva Santamaría.​ Con obra exhibida dentro y fuera del país, no menos decisoria sería su estancia en París, en la década de los sesenta, donde ahondó en las técnicas del grabado, visitó museos y galerías, tuvo contacto con otros importantes artistas y escritores, en una suma de experiencias que sin duda marcarían su visión de la vida y del arte.

Ampliamente reconocido en vida, con la muerte de Francisco Toledo se extrañará al artista independiente y visionario, al creador indiscutible de una escuela de oficio, pero también al personaje seductor y enigmático que se integró a su entorno y supo expresarse por él con talento e ingenio.