Ahora se ha puesto de moda, pero la frase original la pronunció la reina del misterio. “Los mejores años de nuestra vida se hallan entre los sesenta y los setenta”, aseguraba Agatha Christie, quien solía jugar con su fecha de nacimiento (15 de septiembre de 1890, 1891 o 1892 – 1976). Transcribo las primeras líneas de El asesinato de Roger Ackroyd, una de sus novelas más leídas.

“Mistress Ferrars murió la noche del 16 al 17 de septiembre, un jueves. Me enviaron a buscar a las ocho de la mañana del viernes 17. Mi presencia no sirvió de nada. Hacía horas que había dejado de existir.

Unos minutos después de las nueve regresaba yo a casa. Abrí la puerta de la calle con mi llavín y me entretuve adrede en el vestíbulo, colgando mi sombrero y el abrigo ligero que me había puesto como precaución por el fresco de las primeras horas de un día otoñal. En honor la verdad, estaba considerablemente trastornado y preocupado. No voy a pretender que preveía entonces los acontecimientos de las semanas siguientes; pero mi instinto me avisaba de la proximidad de tiempos llenos de sobresaltos y sinsabores.

Del comedor, situado a la izquierda, llegó a mis oídos un leve ruido de tazas y platos, acompañado de la tosecilla seca y breve de mi hermana Caroline.

—¿Eres tú, James? —preguntó.

Pregunta vana, pues ¿quién había de ser? Para ser franco, mi hermana Caroline era precisamente la que motivaba mi retraso. El lema de las mangostas es, según Kipling, “Ve y entérate”. Si Caroline necesitase algún día un escudo, le sugeriría la idea de representar en él una mangosta deslizándose en el suelo. Además, podría suprimir la primera parte del lema. Caroline lo descubre todo permaneciendo tranquilamente sentada en casa. ¡No sé cómo se las compone, pero así es! Sospecho que las criadas y los proveedores constituyen su policía secreta. Cuando sale, no es con el fin de ir en busca de información, sino de divulgarla. En este terreno también se muestra asombrosamente experta.

Esta última característica suya era lo que me hacía vacilar. Fuese lo que fuese lo que dijera a Caroline sobre la muerte de mistress Ferrars, lo sabría todo el mundo en el pueblo al cabo de hora y media. Mi profesión me inclina naturalmente a la discreción y acostumbro, en consecuencia, ocultar a mi hermana cuantas noticias puedo. Generalmente, logra enterarse a pesar de mis esfuerzos; pero tengo la satisfacción moral de saber que estoy al abrigo de toda reconvención.

El esposo de mistress Ferrars murió hace un año, y Caroline no ha dejado de asegurar, sin tener la menor base en que fundarse, que su mujer le envenenó.

Desprecia mi invariable aserción de que míster Ferrars murió de gastritis aguda, complicada por su excesiva afición a las bebidas alcohólicas. Convengo en que los síntomas de gastritis y de envenenamiento por medio de arsénico tienen puntos de comparación; pero Caroline basa su acusación en motivos muy distintos.

—¡Basta con mirarla! —oí que decía una vez.

Aunque algo madura, mistress Ferrars era una mujer muy atractiva y vestía con elegancia y sencillez. Muchísimas mujeres que compran sus vestidos en París no han envenenado por eso a sus respectivos maridos…”

 

Novedades en la mesa

En El vendedor de silencio (Alfaguara) Enrique Serna muestra a Carlos Denegri, un personaje producto y puntual de los vicios del poder durante la segunda mitad del siglo veinte mexicano.