En las novelas, cuentos y crónicas de Marco Aurelio Carballo (20 de septiembre de 1942 – 1 de agosto de 2015) se distingue siempre la silueta de la ciudad de Tapachula, su tierra natal y personaje imprescindible de esos textos. Los peculiares giros del lenguaje, las calles, el clima, la comida y el ritmo de los habitantes de la hoy célebre sede de una desenfrenada migración centroamericana asoman entre las líneas del escritor chiapaneco. Transcribo un fragmento de su primera novela, Polvos ardientes de la Segunda Calle (Joaquín Mortiz, 1990).
“Visité el primer burdel cuando cumplí tres años. Lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer, porque estaba estrenando un pantalón corto de lino blanco y un sombrero de jipijapa. El sombrero había fascinado a papá desde que lo vio en el escaparate de la Casa Athié. Sin tardanza me lo compró. Él usaba uno igual, excepto por la talla. Aquel sitio tenía un patio de árboles frutales y, bajo la sombra de sendos naranjos en flor, en una hamaca de hilos de seda, se mecía una señora que debió de haber sido la madam del establecimiento. A su alrededor revoloteaban las putillas, que veían con insistencia a papá. Entonces no comprendí esas miradas, y don Crispín, imagen viva de la dureza, embistiéndolas arrecho.
La señora permaneció en la hamaca. Delgada y morena, tenía vellos largos y decolorados en los antebrazos. Llevaba ese día un vestido de color rosa, y se daba aire con un abanico de figuras chinescas. Permanecí aferrado a la mano de papá, como era mi costumbre antes de entrar en confianza. La señora dejó el abanico en su regazo y aplaudió mi ropa y sobre todo mi sombrero. Aplaudió y durante unos segundos mantuvo las manos juntas en el aire.
Me descubrí la cabeza e hice una reverencia. Me habían enseñado a hacerla esa mañana ante el espejo. Ella rió a carcajadas y ordenó que me trajeran una Manzanita Maldonado bien fría. El refresco —mi favorito— sabía rico en el clima caluroso. Un marica descamisado fue por la bebida y volvió en un dosportrés. Nadie antes, como aquella señora, me había leído la mente y cumplido un deseo con prontitud. El jaibol se le atragantó a papá, pero pudo controlar todo gesto de repugnancia por el sabor de la bebida. Tengo muy presente el vozarrón de esa hembra. Ahora pienso que hubiera despertado la envidia de María Félix, de haber tenido ésta la oportunidad de oírla. Sonreí dichoso por la orden que dio. Quizá acaricié los vellos de su antebrazo moreno.
Nunca volvió a ese burdel que tanta falta me hizo en la adolescencia, y en temporadas en que me consumirá el desconsuelo porque no tendré sitio ni tiempo para leer y escribir tranquilo. Allí me hubiera sentido bien, estoy más que seguro. Años adelante lo buscaré por todo el pueblo. Se lo habrá tragado la historia.
Ni pensar en una relación de amor entre esa mujer y don Crispín. Un amorío de ese rango habría hecho flexible el alma dura de papá, debido a una infancia de auténtica pinchez. Aquella mujer, estoy convencido, era hermana de mi padre. Nadie me lo dijo pero lo intuí siempre…”
Novedades en la mesa
El mundo virtual de inteligencia artificial irrumpe en Máquinas como yo, la nueva novela del inglés Ian McEwan, editada por Anagrama.
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