De entre la veintena de libros de narrativa y ensayo de la polaca Olga Tokarczuk (1962), ganadora del Premio Nobel de Literatura 2018, transcribo las primeras líneas de su novela policiaca, Sobre los huesos de los muertos (Océano, 2015).

“He llegado a una edad y a un estado en que cada noche antes de acostarme debería lavarme los pies y arreglarme a conciencia por si tuviera que venir a buscarme la ambulancia.

Si aquella noche hubiera consultado el libro de las efemérides para saber qué sucedía en el cielo, jamás me hubiera ido a acostar. Pero en lugar de eso caí en un sueño profundo, gracias a una infusión de lúpulo que acompañé con dos pastillas de valeriana. Por eso, cuando a mitad de la noche me despertaron los golpes en la puerta –violentos y desmesurados, y por lo tanto, de mal augurio–, me costó recuperar la conciencia. Salté de la cama, y me puse de pie con el cuerpo tembloroso, tambaleante y a medio dormir, incapaz de saltar del sueño a la vigilia. Sentí que me mareaba y di un traspié, como si fuera a desmayarme de un momento a otro –algo que por desgracia solía sucederme recientemente y tenía relación con mis dolencias. Tuve que sentarme y repetir varias veces: “Estoy en casa, es de noche, alguien golpea la puerta”, y sólo así logré controlarme. Mientras buscaba las pantuflas en la oscuridad oí que la persona que llamaba a la puerta daba vuelta a la casa y murmuraba en voz baja. Abajo, en el hueco que hay entre los contadores de luz, guardo una botella de gas paralizante que me dio Dionizy por si me agredieran los cazadores furtivos, y justo en aquel momento me acordé de ella. Aunque me hallaba a oscuras conseguí dar con la forma fría y familiar del aerosol, y armada de aquel modo encendí la luz del exterior. Eché un vistazo al porche por la ventanita lateral. La nieve emitió un crujido y en mi campo de visión apareció Pandedios, uno de mis vecinos. Éste estrujaba con ambas manos el viejo abrigo de piel de cordero con el cual lo había visto trabajar cerca de mi casa, a fin de que se mantuviera apretado alrededor de su cuerpo. Por debajo de éste se veían sus piernas, enfundadas en una pijama a rayas y unas pesadas botas de montaña.

–Abre –me dijo.

Sin disimular su extrañeza observó el traje de lino de verano que yo vestía como pijama (suelo dormir con un traje que el profesor y su esposa pensaban tirar en verano, el cual me recuerda las modas de antes y los años de mi juventud, de manera que sumo lo práctico a lo sentimental) y sin encomendarse a dios ni al diablo, entró en mi casa.

–Vístete por favor: Pie Grande está muerto.

La impresión me quitó el habla durante unos segundos; incapaz de decir palabra agarré unas botas altas para la nieve y me eché encima el primer forro polar que encontré en una de las perchas. Al pasar por el halo de luz de la lámpara del porche la nieve del exterior se transformaba en una lenta y somnolienta ducha. Pandedios estaba a mi lado en silencio; alto, delgado, huesudo, como una figura esbozada con un par de trazos a lápiz. A cada uno de sus movimientos la nieve caía de él como de un dulce espolvoreado con azúcar glas.

–¿Cómo que ‘está muerto’? –logré preguntar al fin, con la garganta encogida, mientras abría la puerta, pero Pandedios no contestó.”

 

Novedades en la mesa

El nuevo libro de Mónica Lavín, Todo sobre nosotras (Planeta), fue presentado en la Feria del Libro del Zócalo, por Claudia Hernández de Valle-Arizpe.