Resaltan dos paradojas del gobierno confiado a Andrés Manuel López Obrador. Quien profesa la doctrina del nacionalismo y la vía propia en la arena internacional con base en los principios de política exterior –incumplidos– inscritos en la Constitución, ha debilitado la soberanía del Estado mexicano y cedido ámbitos de la política nacional a la administración de Donald Trump. Y quien postula la sobriedad personal y la austeridad republicana como características de su conducta, ha elegido la vía del espectáculo público del gobierno para justificar su actuación y, sobre todo, distraer al pueblo sobre la marcha de los asuntos públicos.
La obsesión con el juicio de la historia está presente; rige deseos y aspiraciones, pero no encuentra la consistencia necesaria con la acción cotidiana en un horizonte de mediano plazo. Está ahí en un diseño que ha mostrado insuficiencias en la concepción: repetir las historias de la confrontación entre los dos Méxicos, como están representados en el mural de González Camarena en el recinto del Senado de Xicoténcatl. El México heroico y el México de la traición. Independencia frente a la dominación española; libertades frente a la jerarquía católica y los conservadores, y justicia social frente a la explotación del trabajo en el campo y la naciente industria.
La otra insuficiencia reposa en la voluntad de afirmar la concentración de la palabra y del poder en el hombre fuerte del momento, hoy a cargo del Ejecutivo de la Unión. Imperar –no ir a la vanguardia– sobre los otros poderes, los organismos constitucionales con autonomía, las entidades federativas, los municipios, los medios de comunicación, los partidos, la sociedad civil organizada, el empresariado agrupado y cualquier ámbito formal o real de frenos y contrapesos. Dejo aparte los factores esenciales más identificables: las Fuerzas Armadas, leales a la Constitución; los EUA, constantes en su visión imperial, y los carteles de las drogas, incontenibles en su desafío.
Las paradojas aludidas se manifiestan cada vez más por el paso del tiempo en la obsesión con el lugar en la historia; casi un año –o más por el ansia de ejercer el cargo– y la realidad se hace presente. Los gobiernos serán evaluados y juzgados, por decirlo así, no por sus intenciones y las dificultades que enfrentaron, sino por sus resultados. El tiempo transcurre y la administración no parece en ruta para alcanzarlos.
Tal vez podamos coincidir en que los tres factores que condensaron la votación mayoritaria en favor del candidato López Obrador en 2018, fueron la percepción de la corrupción rampante en la administración del presidente Enrique Peña Nieto; la ausencia de resultados apreciables en la recuperación de la seguridad pública y la contención de la delincuencia organizada, y el paulatino deterioro de la economía de la mayoría de las familias del país. En ellos se fincó el surgimiento de la esperanza en un futuro mejor y pueden servir para apreciar un mandato claro. Es más, las otras opciones percibieron esos componentes como los detonadores de la decisión de las y los ciudadanos sin filiación o simpatía partidaria definida, pero tuvo mayor credibilidad quien no obtuvo la mayoría en 2006 y 2012.
Si los comicios obligan a distinguir las propuestas de quienes compiten, el resultado electoral constriñe a la síntesis contraria. La diversidad expresada en las urnas es la mejor fotografía política del país en ese momento. Es evidente, pero no hay otro saldo: México es plural. ¿Qué síntesis debe hacerse? ¿Cabe esa pluralidad en una sola concepción de país? ¿Inclusión o exclusión? ¿Pueden atemperarse las diferencias para articular e impulsar un tiempo común de objetivos compartidos?
Hasta hoy el presidente López Obrador responde que no. Su diseño incluye la polarización como método y la confrontación como vía. Con pragmatismo dirige el dinero público a la construcción y consolidación de una base social militante y movilizable alrededor de la entrega de subsidios directos en efectivo, disfrazados de programas sociales. Cada vez más la práctica de la adicción al dinero como amalgama de ese sustrato. A ello se refiere –no al votante que le eligió, sino al militante en la nómina de esos programas– en el distractor de la ficticia amenaza de un golpe de Estado.
Quizás pueda ser suficiente para ir de nuevo a las urnas en 2021 o ante la eventual petición de la revocación de mandato en 2022, pero no parece ser lo necesario para atender los problemas del país y dar resultados positivos. La retórica del contraste y la distinción de la campaña no corresponde a la realidad de la inclusión y la construcción de acuerdos amplios en lo esencial para atender el mandato recibido.
Tomemos la primera paradoja. Los embates del ejecutivo federal estadounidense no cejarán. Probó y obtuvo lo que deseaba. La presión de adoptar sanciones comerciales unilaterales en un panorama de incertidumbre económica generado por la propia retórica de López Obrador venció toda resistencia y transformó a un número importante de elementos de la Guardia Nacional en una policía fronteriza extraordinaria al servicio de los EUA. Sigue la seguridad; el culiacanazo y la masacre de Bavispe, Sonora, son detonadores muy cercanos entre sí, donde la presión será mayor. ¿Cómo convocar a la unidad nacional, a la solidaridad con el Ejecutivo de la Unión frente a esas pretensiones, si la descalificación a quien piensa distinto es su constante?
Abordemos la segunda paradoja. Nadie puede ir todos los días ante los medios de comunicación y resistir el desgaste inherente. La aspiración de fijar la agenda y dominar la conversación pública se enfrenta a hechos y sucesos inesperados. Ni siquiera los parlamentarios consumados que alcanzan la calidad de primus inter pares pretenden más apartados de Question time que los obligatorios, ni más conferencias de prensa que las necesarias. A veces es bueno que se extrañe el punto de vista de quien tiene la responsabilidad a cuestas.
A falta de substancia y argumentos, impera la anécdota, la convicción personal como atalaya y, sobre todo, la descalificación y el llamado al linchamiento. Se confunde el deber de informar con la rutina de llenar el tiempo y la imprudencia con la transparencia. De tajo vulneró la imagen gubernamental en el combate a la delincuencia organizada y al alto mando de las Fuerzas Armadas. Prefirió el espectáculo a la responsabilidad estatal. Recurrir al “circo” en los expedientes de presunta corrupción es muy distinto a hacerlo con cargo a las instituciones. De esta forma tampoco pueden concitarse entendimientos y acuerdos en lo esencial.
Se desconoce la pluralidad política y se escinde a la Nación para excluir a quien discrepa, sin querer ver que en el horizonte crecen dos grandes nubarrones que presagian tormentas severas: la inseguridad agravada por un diagnóstico equivocado que llevó a diseñar una estrategia incompleta e insuficiente para mayor debilidad del Estado, y la desaceleración –¿recesión?– económica por la incapacidad para generar confianza y certidumbre en quienes invierten y producen. En la pluralidad valdría la pena dar oportunidad al diálogo y los acuerdos. La visión de la administración en turno no alcanza a contener la riqueza de la diversidad de México.
