Con vocación indeclinable para ocupar el espacio público, el Ejecutivo Federal optó por un acto público en el Zócalo para exponer la evaluación personal de su gestión al cumplirse el primer año de gobierno. Al mismo tiempo, por fecha y día, importantes y significativos contingentes de ciudadanas y ciudadanos ejercieron sus derechos políticos de reunión y de manifestación para defender valores, principios e instituciones ante la acción presidencial.

Salvo por la nunca ausente voluntad del mandatario ejecutivo federal por descalificar a quien discrepa y lo hace público, son dos ejemplos de la riqueza de nuestra pluralidad democrática que acreditan dos hechos: la diversidad del mosaico político y la polarización acentuada por la retórica y los actos excluyentes desde el poder.

Por un lado, la expresión de la insatisfacción, la inconformidad y el llamado de atención y, por otro, el recuento propio de lo actuado y la reiteración de la propuesta y del rumbo.

El contraste: unos son mandantes y otro es mandatario. Uno responde ante todos, no sólo ante los partidarios, y otros están atentos a la intención y los resultados de la gestión.

En el mandatario salta a la vista el distanciamiento cada vez más marcado con la realidad. Hay intención, hay voluntad y hay perseverancia, pero lo que se pensó, lo que se imaginó, no coincide con los hechos y el dato objetivo, pero sobre todo –cada vez más– con las percepciones, y no sobre la persona sino sobre los resultados.

Aparecen tres planos en el desempeño: la innovación en las formas y su agotamiento; los trazos que siguen su ruta marcada y pueden dar sustento, y los campos del rezago, la ausencia de soluciones y el fracaso, al menos hasta ahora.

Entretanto, la proclama del Ejecutivo Federal para la acción pública se ancla en dos parajes de la ilusión: imágenes propias que no corresponden con la realidad. Se asume que el cambio es producto del deseo y la voluntad, aunque no se haya producido en tiempo y profundidad; y se aduce que la transformación impulsada no podrá revertirse, aunque todavía no se alcanza.

Así como resultaron bienvenidas las acciones y los simbolismos implícitos en torno al avión presidencial y el uso de la aviación comercial, el cambio del lugar de la residencia oficial, el uso de vehículos automotores modestos y la desaparición del Estado Mayor Presidencial, la valoración positiva tiene sus alcances propios. Son determinaciones con significación de contraste que cuentan, pero cuyo efecto se internaliza en nuestra sociedad. Lo hecho sigue siendo positivo. El valor se reconoce y está ahí, pero su proyección en el tiempo se agota al convivir con la dinámica social cotidiana.

Es explicable buscar nuevos símbolos que derruir. A aguzar el ingenio. No quedan muchos.

En el actual escenario complejo para la gestión, los trazos más firmes son la reforma de los programas sociales y los cambios hechos y en marcha para ordenar el ejercicio presupuestal con base en esa prioridad, y el discurso y las determinaciones para sancionar hechos de corrupción.

En todo sentido, la posibilidad de garantizar determinados ingresos periódicos a distintos grupos de población establece un vínculo de los beneficiarios con el presidente de la República, que es replicado en el territorio por el discurso de funcionarios, servidores públicos, dirigentes partidistas y partidarios.

Por otro lado, la indignación social por la percepción de fenómenos de corrupción de la gestión federal y las gestiones locales recientes, eleva la aprobación social de la persecución y enjuiciamiento de quienes son identificados en la sociedad como partícipes en esos fenómenos. Así, por ejemplo, la actuación ante hechos imputados a Emilio Lozoya Austin produce valoraciones de respaldo y compensa insuficiencias en otros campos.

Desde luego que lo correcto es investigar los hechos, fincar responsabilidades y concretar las sanciones a sus conductas. De eso no hay duda. Ahí está la profundidad del sustento que aporta al gobierno federal.

Y esos sustentos son necesarios por los ámbitos del rezago. Por un lado, la economía sin crecimiento con una aspiración de mejor distribución del ingreso, basada en el aumento del salario mínimo –digno de reconocimiento– y la política de subsidios presupuestales enunciados como programas sociales.

Y por el otro, no sólo la ausencia de resultados sino el retroceso en materia de seguridad pública. Se reconoce el rezago, pero se siguen haciendo cuentas alegres sobre el tiempo en el cual podrán alcanzarse las metas prometidas. Es la violencia, es la intranquilidad que provoca y es la falta de acciones palpables y eficaces, lo que genera y acentúa la percepción negativa.

Ante la realidad económica y de inseguridad, el presidente la República presenta como logros lo que no existe, lo que no corresponde a la realidad, como la construcción de un nuevo orden jurídico, cuando enumera reformas y leyes para afirmar que “estas modificaciones configuran una nueva Constitución que refleja las demandas y la voluntad del pueblo…”

De verdad. ¿Bastan seis reformas constitucionales para afirmar que tenemos una nueva Ley Fundamental? Y las que refirió consumadas “al Artículo 28…para prohibir la devolución de impuestos…” y “la eliminación del fuero del Presidente para que pueda ser juzgado en funciones por cualquier delito…”, están todavía en el proceso legislativo; además, la segunda no conduce a ello ni en su iniciativa.

Es la ilusión. Asumir que cambiamos porque se modificó la ley es una conclusión apresurada y, en esos casos, la Constitución no ha sido modificada. La transformación está más bien en un pensamiento que en los hechos. Se afirma pero no se prueba.

La otra ilusión en la irreversibilidad de esa transformación. Cuando postula que en diciembre de 2020 estará consolidada, al menos se admite que está en proceso, aunque sostiene que “cuando cumplamos dos años de gobierno los conservadores ya no podrán revertir los cambios o… tendrán que esforzarse muchísimo…”

¿Puede realmente aspirarse a negar a la sociedad futura, inmediata o no, la imposibilidad de nuevos cambios? ¿Puede reducirse el país a la visión del mandatario en turno y a los adversarios que estigmatiza? ¿No hay más opción? ¿No existen otras posibilidades en el mundo de las ideas y de la acción política? Con ese pensamiento no habrían llegado la Reforma liberal o la Revolución social. Se niega la historia y se abjura de la democracia

El escenario del desempeño presidencial tiene sus fuegos de artificio y sus pilares. También sus rezagos y retrocesos. Sin embargo, el discurso de las ilusiones sostiene otra cosa: ya cambiamos y pronto será irreversible. Otros que piensan distinto, se manifestaron. El país no puede reducirse a una sola visión. Al tiempo.