Una vez más, 
todo será escuchar
u olvidar.

Mucho he escrito, incluido un libro que reeditó la UV en el centenario del natalicio de tan distinguido humanista y polígrafo veracruzano, sobre el enorme privilegio que fue haber conocido y tratado de cerca por varios años a Rafael Solana, uno de esos personajes que dimensionaba su grandeza precisamente a partir de su bonhomía y su don de gente, de su generosidad sin límites. Y en ese andar de cerca, que me permitió disfrutar los tres últimos lustros de su provechosa existencia, el nombre de Efraín Huerta estuvo en sus labios desde el principio, pues había sido uno de sus amigos más entrañables, cómplice en ese gran proyecto generacional que fue primero Taller Poético y más tarde sólo Taller, donde se reunió toda una pléyade de grandes personajes, entre otros notables nombres de nuestro espectro cultural de la primera mitad del siglo XX –incluidos, por supuesto, los propios Huerta y Solana–, el prematuramente desparecido Alberto Quintero Álvarez, Neftalí Beltán, el mismo José Revueltas y nuestro Premio Nobel Octavio Paz. Un amplio capítulo de mi citado libro Rafael Solana, escribir o morir se ocupa de esta tan fructífera empresa donde confluyeron diferrentes generaciones de creadores, porque ese espíritu de hermandad inclusiva era el que predominaba en su publicación.

Autor del lúcido y fraterno gran prólogo de Los hombres del alba, ya un clásico y libro nodal de quien también conocemos como El Gran Cocodrilo, pronto escuché de igual modo en labios de don Rafael el nombre de su primogénito, David Huerta (Ciudad de México, 1949). Tan precoz como su padre, pues había empezado a escribir enclavado en el movimiento estudiantil que lo marcaría como generación (1968), su primer diáfano poemario El jardín de la luz, de 1972, vio la luz de la mano de sus maestros Rubén Bonifaz Nuño y Jesús Arellano, bajo el sello de la UNAM, cuando en Filosofía y Letras cursaba materias de Letras Hispánicas y Letras Modernas, por esos años también de los primeros esbozos de su no menos fructífera vena como estupendo traductor sobre todo de poetas de lengua inglesa.

Poeta con ya cinco décadas de obsesiva e ininterrumpida creación, en este transitar tras la búsqueda de la que se ha convertido en una voz singular de nuestra lírica contemporánea se encuentran de igual modo, en continuos ascenso y desciframiento, Cuaderno de noviembre (1976), Huellas del civilizado (1977), Versión (1978), los que considero los dos títulos de quiebre y consolidación de su poética El espejo del cuerpo (1980) e Incurable (1987), los cercanos Historia y Los objetos están más cerca de lo que aparentan (1990), La sombra de los perros (1996), La música de lo que pasa (1997), Hacia la superficie (2000) y El azul en la flama (2002), y el más que rememorativo La calle blanca (2006). En 2013, el Fondo de Cultura Económico publicó, en dos volúmenes, una bella edición, celebratoria, de su obra completa, donde es posible ver, en detalle, el tránsito y la evolución de un poeta que en su talento manifiesto y en su perseverancia indómita, en su instinto heredado y en su oficio inclemente, ha edificado una obra a la vez polisémica y compacta, conguente y de muy fuidos y finos vasos comunicantes.

Un no menos sagaz y propositivo ensayista que en su radar de preocupaciones e intereses ha manifestado de igual modo una visión periférica, como en su poesía, David Huerta ha sido también un visionario e incisivo articulista y columnista en publicaciones periódicas como Vuelta (y en su refundación, Letras Libres), La Revista de la Universidad de la UNAM e incluso Proceso, defendiendo causas tan nobles como la sobrevivencia de la Casa del Poeta donde habitó y murió nuestro lírico moderno por antonomasia Ramón López Velarde y hay incunables incluso de su propio padre. Como su otro valioso mentor Juan José Arreola, que mucho contribuyó a consolidar las bases de una importante tradición en el Fondo de Cultura Económica y con quien además estrechó amistad en su estancia en el Centro Mexicano de Escritores, en su paso por el FCE conoció y profunfizó en los quehaceres del oficio editorial, que igual ha enriquecido con su talento, su generosidad y su vasta cultura.

Becario de la Fundación Guggenheim a finales de los setenta y miembro del Sistema Nacional de Creadores, David Huerta ha sido profeta en su tierra y reconocido en vida: Premio de Poesía Carlos Pellicer en 1990, Xavier Villaurrutia en 2006​, Nacional de Ciencias y Artes en 2015 y​ recientemente FIL de Literatura en Lenguas Romances. Él mismo un promotor cultural discreto y generoso, pero de igual modo perseverante y combativo, en su discurso de recepción dedicó el más reciente a toda su generación y a los propios poetas que lo habían recibido antes –sólo nueve, siendo él el primer mexicano–, porque la poesía se afana siempre en consumar, como su sentido y su razón de ser, como su destino, ese “mejor poema del mundo” capaz de redimirnos y sacarnos del sopor, de dignificar en algo esta condición nuestra tan proclive al menoscabo y la depredación. Contraria al poder, a la parafernalia del poder, como espejo de su opuesto, la poesía persigue, en su estruendosa discreción, volver al orden lo que es caos, al nombrar –o renombrar– cuanto en el curso de la desmemoria se olvida o destruye tras la ambición, tras la barbarie:

 

Escucha cómo se propaga la escasa conversación de los otros,
tensa en las bocas cuidadas para la muerte, ilesa y reflejante
como una gastada maquinaria sobre la carne del mundo,
tocada una y otra vez por la salud y el orgullo, invadida
por un enorme paisaje conmovedor.