En el cincuentenario de su Prometeo: Ismael Guardado

 

Ismael Guardado ha sido uno de los artistas plásticos más visionarios y prolijos de su generación, tras el vislumbre de nuevas alternativas del arte mexicano contemporáneo apuntalado en la búsqueda sin restricciones tanto formales como temáticas. Con otros talentosos colegas de su promoción igualmente flechados por una imaginación exacerbada, contribuyó a un conocimiento exhaustivo y la aplicación irrestricta de lenguajes, técnicas y materiales novedosos, que en originales y provechosas combinaciones proponían de igual modo un espacio ideal para el desarrollo a ultranza de nuevas vías de expresión. Fiel en su naturaleza de experimentación gozosa e indómita, el desarrollo estético de este notable artista zacatecano se ha caracterizado por una permanente incursión en distintas áreas de las artes visuales (escultura, gráfica, dibujo, óleo y técnicas mixtas, instalación, etcétera), y si bien su estilo resulta ya inconfundible, su impronta se ha definido por renunciar constantemente a fórmulas agotadas.

Artista polifacético, se ha caracterizado por la redefinición de una poética que se decanta en la apertura siempre saludable al mundo onírico, al empleo de símbolos en su caso cargados de referentes múltiples. Artista con enorme oficio, su obra condensa el encuentro afortunado de la imaginación y de la técnica, que ha desembocado en una inagotable capacidad creativa. Su irrestricta vocación por experimentar y utilizar signos diversos, impone además la complicidad de un espectador atento por desentrañar lecturas e interpretaciones varias, donde elementos como el erotismo, la caligrafía críptica, los estigmas, los laberintos y las huellas del paso del tiempo –la historia y el presente imbricados y en constante diálogo– sirven al artista para construir auténticas epopeyas y leyendas cotidianas circunscritas a un ‘eterno inmediato’ que las contextualiza.

Viajero infatigable, el eclecticismo del arte de Ismael Guardado parte en principio de fundir lo terreno con lo etéreo, lo distante con lo cercano, el pasado con el presente, propiciando una amplia sucesión de lecturas para un mundo que pareciera no tener explicaciones naturales, pero que en cambio nunca deja de manifestar una indestructible simbiosis con lo vital y corpóreo, con las emociones a flor de piel. Si tuviéramos que definir en pocas palabras la poética de este visionario artista plástico en cuyas diestras manos la materia se somete y transforma a su antojo, con la evocación ritual y mística que igualmente la nutre como fuente de inspiración –en este sentido, su obra multiforme resulta tan mexicana como universal–, es su espíritu ecléctico, donde coinciden la pintura, la escultura, el grabado, el dibujo, el mural, el diseño gráfico, el tapiz y el arte objeto. Igual su obra está abierta a la inclusión enriquecedora de otras manifestaciones culturales y artísticas, pues le interesan también la literatura, el cine y la música que practica como un diletante no menos apasionado e informado, vocación esta última que comparte con su incansable compañera de viaje, Rebeca.

 

A quinientos años de lo que se ha dado en llamar también el Encuentro de Dos Mundos, bien valdría la pena reinstalar una ya referencial serie suya de esculturas-arte objeto en metal y madera en torno a la Conquista y el mestizaje que hace algunos años pudimos ver en el Centro Nacional de las Artes, con el tema de la sexualidad y el erotismo sometidos tras el tamiz de la evangelización, de una religión impuesta y dominante. Sería una extraordinaria oportunidad para que las nuevas generaciones pudieran conocer y disfrutar cómo este experimentado, talentoso y lúdico artista trabaja y combina los materiales, pondera las sustancias, examina y enaltece las superficies de su arte cuasi tridimensional, en una obsesiva y alegre exploración que en sus también siempre sorpresivos objetos-espacios vivos de representación incitan a una observación-revelación francamente voyerista. Producto de un acto que es a la vez seductor y violento, esta reveladora producción remite de inmediato al ejercicio mismo de la Inquisición en tierras americanas, en conexión con esos tantos artificios de una imaginación enferma (recordemos la tan vista y comentada exposición precisamente sobre “objetos de tortura”, como una constante más de lo que nuestra depredadora condición es capaz de hacer: ‘homo homini lupus’, escribió el comediógrafo latino Plauto) que aquí cumplen una doble función complementaria: la concientizadora y la propiamente estética.

El arte ecléctico y visionario de Ismael Guardado se ha desplazado, de ida y vuelta, del dibujo sobre papel y la pintura a la escultura, pasando por la instalación, el grabado, los textiles y otras varias técnicas que domina a la perfección. En el grabado, por ejemplo, donde sus aportaciones han sido invaluables y ocupa un lugar preponderante, porque su tenaz instinto de indagación aquí ha alcanzado cotas insospechadas, hay pruebas más que fehacientes de que ha trabajado con maestría sobre la madera, el hierro, la piedra litográfica o el intaglio en cobre. Recientemente Doctorado Honoris Causa por la Universidad Autónoma de su bello estado natal Zacatecas, con este justo reconocimiento se rinde tributo, como bien lo hizo notar el rector de la UAZ, el Doctor Antonio Guzmán Fernández, a uno de los artistas plásticos más distinguidos de una entidad que ha sido fuente inagotable de creadores diversos. Para celebrar de igual modo los cincuenta años de la instalación de su imponente Prometeo, que el notable artista de Ojocaliente hizo en las propias instalaciones de la UAZ apenas salía de la Academia de San Carlos, esta obra escultórica de gran formato ya revela algunos de los grandes atributos de un extraordinario artista que en precisamente en el instinto de la búsqueda ha tenido uno de sus sellos más distintivos.