Completar ciclos permite las apreciaciones en retrospectiva y hacia adelante. Culmina el primer año del mandato conferido al candidato de la coalición “Juntos haremos historia” en la presidencia de la República. Se planteó el cambio como eje de la gestión, y sin duda el país requería y requiere cambios. Aún más, se planteó una nueva transformación.
Sin reparar en la evidencia de la disparidad por el horizonte del tiempo y los logros, se propuso una transformación equiparable a las que se sintetizan en la guerra de Independencia, con la emancipación de la metrópoli colonial; la Reforma liberal, con la sujeción del clero católico a la ley y su propensión al statu quo de la Colonia; la Revolución social, con las demandas democrática –concretada bien entrado el siglo XX– y de justicia social –cuyos compromisos y esfuerzos siguen presentes, a pesar de los avances indudables–.
Son legítimas las aspiraciones de impulsar una propuesta de cambio para la Nación. Sin embargo, la diferencia esencial con esas transformaciones históricas es que en ellas la definición requirió la confrontación armada para establecer un nuevo orden de cosas, particularmente desde la norma constitucional o en reclamación de su vigencia efectiva.
En 2018 se produjo una elección democrática y un resultado nítido en términos de mayoría, pero también de pluralidad política. Mayoría y minorías en lo que debe ser convivencia de lo diverso en beneficio de la síntesis de lo nacional. Si no ha habido una revolución, el cambio ha de sustentarse en el acuerdo democrático.
En términos de ese fundamento necesario, la transformación ofrecida no sólo carece de sustento, sino que además la propuesta es presa del ánimo constante y pertinaz de polarización y de exclusión. El universo dividido en opciones irreconciliables, a partir de la descalificación que desde el púlpito presidencial se realiza de quienes piensan, opinan y actúan en forma distinta a las intenciones y los planteamientos del Ejecutivo Federal. ¿Porque no se busca la síntesis de la dialéctica nacional? Por falta de auténtica vocación democrática.
Ahora que se actualiza de nuevo la voluntad injerencista y hegemónica del gobierno de los Estados Unidos de América ante los asesinatos de mujeres y niños inocentes de la comunidad mormona asentada en Chihuahua, ocurridos en Bavispe, Sonora, y la pertinencia indiscutible de afirmar el ejercicio de la soberanía nacional, la vocación por el conflicto interno del presidente López Obrador se constituye en un obstáculo auto-generado para convocar a la adopción de posiciones nacionales supra-partidistas o, más aún transversales en los diferentes ámbitos de la sociedad.
Quizás el elemento más emblemático de la transformación ofrecida es la atención de los problemas de desigualdad social que aquejan a nuestro país desde siempre. Es la envoltura de los programas sociales que transfieren recursos directamente del erario a quienes son beneficiarios y clientela electoral. Sin propósitos de desarrollo social, ni componentes de medición o acreditación de resultados de la entrega del subsidio, ha quedado muy a la vista el objetivo político de concretar votantes en los comicios, con la referencia de que si el Ejecutivo pierde la mayoría en la Cámara de Diputados, cesará el flujo de recursos.

Ante los evidentes problemas de inseguridad pública y de estancamiento de la economía, la determinación estratégica parece ser el porcentaje de votación necesario en los comicios del 2021.
En términos de programa y visión integral, la transformación postulada es plena en retórica y propaganda, pero adolece de programa y sistema para hacer frente a esos problemas.
En materia de seguridad pública los resultados están ausentes y, peor aún, bajo el discurso del rechazo al uso legítimo de la fuerza frente a la delincuencia más peligrosa, el hampa reta, avanza, se extiende y sujeta a la población –en diferentes localidades del país– a sus designios. La pretendida estrategia gubernamental no se percibe y la administración federal no despliega acciones indispensables para evitar el control territorial que –en detrimento de todos– ejercen grupos de la delincuencia organizada.
En el ámbito económico también es grave deterioro provocado por las acciones del nuevo gobierno. La más representativa fue la cancelación del nuevo aeropuerto en Texcoco para la zona metropolitana de la capital del país, por las turbulencias de incertidumbre que se generaron en el mundo sobre nuestro país y las posibilidades de crecimiento de su economía. En un casi constante escenario internacional complejo, las determinaciones del Ejecutivo han disminuido considerablemente la competitividad del país. Pronto enfrentaremos una secuencia negativa adicional –aunque esperada– de pensar en distribuir mejor el ingreso nacional y olvidarse de que crezca: la recaudación caerá y afectará el diseño simplista de descuidar la inversión pública para repartir dinero a partidarios y votantes movilizables, y de desalentar la inversión privada.
En el campo político –desde luego– se muestran insuficiencias de la visión del impulsor de la transformación de la República. Ninguna convivencia, ni impulso de entendimientos y acuerdos con la pluralidad política; ánimo de sujetar a los organismos autónomos; diálogo selectivo e interlocutores con pensamiento convergente; voluntad por construir confianza sólo con los factores esenciales del poder, exhibiéndose tonalidades diferentes: la docilidad y la cesión de soberanía al inquilino de la Casa Blanca; la voluntad de generar confianza con los grandes capitales, quienes reman para sí yo ofrecen como nuevo lo que ya estaba ahí, pues tienen con qué soportarlo; y las Fuerzas Armadas con su institucionalidad puesta cotidianamente a prueba ante condiciones de incertidumbre en la estrategia y la responsabilidad.
Se invitó a una transformación de dimensiones mayores; una especie de periplo que requiere una embarcación transatlántica con amplia capacidad de sustentación y espacios generosos para la travesía, así como cartas de navegación probadas y la tribulación no sólo de elementos leales sino también capaces.
Mucho discurso. Mucho ruido y pocas nueces.
En los hechos la embarcación parece de cabotaje, incapaz de despegarse mucho de la costa, espacios reducidos, cartas de navegación que no permiten el gran viaje y, con honrosas excepciones, una tripulación para traslados cortos.
Cierra el primer tramo sin resultados alentadores y un pronóstico negativo.
