De sus amigos imaginarios de infancia Agatha Christie (15 de septiembre de 1890-12 de enero de 1976) obtuvo los caracteres de sus personajes, muchos de ellos asesinados por los efectos de venenos que ella conoció al preparar medicamentos para los heridos de la guerra; de Arthur Conan Doyle adoptó el método deductivo para desentrañar misterios; de su primer marido tomó el apellido, y de la actividad arqueológica del segundo, los escenarios de las historias. Éstos y otros ingredientes dieron por resultado una obra que se mantiene en las preferencias de los lectores. Transcribo las primeras líneas de la Autobiografía de esta dama de las letras, reeditada por Espasa Calpe.
“Nimrud, Iraq, 2 de abril de 1950. Nimrud es el nombre moderno de la antigua ciudad de Calah, la capital militar de los asirios. Nuestro cuartel general es de adobe. Se asienta sobre la parte este de un montículo; tiene cocina, salón comedor, una pequeña oficina, taller, sala de dibujo, una gran despensa y un cuarto oscuro (todos dormimos en tiendas). Pero este año se ha añadido otro cuarto de unos tres metros cuadrados con el suelo de yeso cubierto con esteras de juncos y un par de alegres y toscas alfombras. En la pared, un cuadro de un joven artista iraquí que representa a dos burros atravesando un mercado árabe, pintado a base de cubos de vivos colores. A la derecha, una ventana permite ver los picos nevados de las montañas del Kurdistán. Afuera, colgado de la puerta, hay un letrero cuadrado que dice en caracteres cuneiformes “Beit Agatha” (Casa de Agatha).
Ésa es mi “casa”. Mi propósito es estar completamente aislada en ella para escribir. A medida que avancen las excavaciones, me quedaré menos tiempo. Habrá que limpiar y reparar objetos, fotografiarlos, catalogarlos y embalarlos. Pero, durante una semana o diez días, estaré libre.
De todos modos, es dificil concentrarse. En el tejado, sobre mi cabeza, los obreros árabes se mueven alegremente, cambiando de sitio las inseguras escaleras. Los perros ladran y los pavos gluglutean. El caballo del policía sacude la cadena, y la puerta y la ventana no paran de abrirse y cerrarse ruidosamente. Trabajo sobre una mesa de madera bastante firme y junto a mí tengo una caja de lata pintada, como las que utilizan los árabes en sus viajes, en la que guardaré las hojas que vaya mecanografiando.
Debería crear una novela policiaca, pero con la urgencia natural que tiene todo escritor de escribir lo que no debe, siento deseos inesperados de redactar mi autobiografía. Me han dicho que les ocurre a todos, antes o después. Parece que me ha tocado el turno. Pensándolo bien, “autobiografía” es una palabra demasiado solemne, que sugiere un estudio serio de la propia vida con nombres, fechas y lugares en orden cronológico; lo único que yo pretendo es meter la mano en el baúl de los recuerdos y sacar un puñado escogido de ellos.
Me parece que la vida se divide en tres partes: el presente absorbente, por lo general feliz y que vuela con velocidad fatal; el futuro oscuro e incierto, para el que se pueden planear muchas cosas, cuanto más extrañas mejor (no se realizarán, pero resulta divertido); y en tercer lugar, el pasado, los recuerdos y realidades que son la base del presente, evocados de pronto por un olor, la forma de una colina, una canción antigua o cualquier trivialidad que nos hace decir: “Recuerdo que…” con un placer peculiar bastante inexplicable.”
Novedades en la mesa
Del especialista en catedrales, Ken Follet, llega Notre.Dam (Plaza y Janés) y las ventas del libro serán donadas para la reconstrucción de esa catedra.
