Memorias (Océano, 2003) de Helena Paz Garro (12 de diciembre de 1938 – 30 de marzo de 1914), agotado desde hace más de diez años, llega de nuevo a las librerías con el sello editorial Debolsillo. Se trata de una radiografía del mundillo cultural y político de los años 50, 60 y 70 desde la óptica de la poeta única hija de dos genios en constante enfrentamiento. Nadie se salva en la crónica de aparente ingenuidad de esta testigo privilegiada. Transcribo las primeras líneas.
“!Oh!, qué melancolía penetra en nuestros corazones cuando surge ante nuestra visión interior el recuerdo de los tiempos dichosos. Se han ido implacablemente y nunca volverán. Esos días felices, resplandecientes de risas y de alegría, redondos y dorados como las esferas de los árboles de navidad, cuando vivíamos rodeados de nuestros seres queridos y que ahora se han ido para siempre. Entonces nos envuelve una bruma gris de soledad y de lágrimas… y esos días en el lejano refejo que nos dejan, nos parecen aún más atrayentes, y entonces pensamos que no los supimos aprovechar, que no nos tocó nuestra plena medida de vida y de amor. Pero lo que dejamos escapar, ningún arrepentimiento nuestro podrá devolverlo […]
En aquel entonces mis padres vivían en la calle de Saltillo, donde compartían una casa de tres pisos con mi tía Deva, su marido y sus hijos Pablo y Paco. Su esposo era un importante pintor de origen jaliciense: Jesús Guerrero Galván. Yo vivía con mi abuela Pepa y su segundo marido quien, además, era su primo hermano: Pepe Delgado Lozano.
A pesar de mi buena memoria recuerdo poco de los cuatro años que pasé con ella; no obstante, sé que había en todo aquello un drama familiar muy doloroso para mi madre, pues mi abuela consideraba que no estaba capacitada para criar a una niña. Ante esto, la opinión de mi padre no contaba, pues estaba completamente dominado, era un verdadero Edipo […]
Por esa época mi madre había conseguido una beca para mi padre en Berkeley, pues entonces era una brillante periodista que trabajaba como asistente nada menos que de Nelson Rockefeller, quien era el jefe de la Coordinator’s Office […]
Mi padre trabajaba en Nacional Financiera: quemaba billetes en el rastro. En esos días nadie lo tomaba en serio como poeta; sin embargo, publicaba Taller, una revista de poesía donde colaboraban todos los refugiados españoles y, además, Villaseñor, político amigo de Lázaro Cárdenas, quien dizque lo ayudaba económicamente para la publicación.
El asunto estuvo así: mi madre ya había hecho reportajes para revistas mexicanas, y en una fista a donde la invitaron los Siqueiros, conoció a varios displomáticos americanos (era la época en que Estados Unidos era aliado de la Unión Soviética contra Alemania), Donald Warren, el agregado naval, Cerwin, el agregado político. Les cayó muy bien y fue cuando la contrataron para la Coordinator’s Office, como periodista, donde recibía un sueldo magnífico. Ella era quien, de hecho, mantenía la revista Taller…”
Novedades en la mesa
En 1933, treinta días antes de que termine la prohibición del alcohol en Estados Unidos, se desarrolla una historia de crimen y barbaridades en Nueva York, a ritmo de jazz, contada por Mathieu Mariolle en Blue Note: los últimos días de la ley seca (Norma).
