Uno de los nombres por antonomasia de la gran triada del belcantismo italiano, Vincenzo Bellini (Catania, 1801-Puteaux, 1835) confirmaría su verdadera vocación tras la representación en Nápoles de Semíramis (1824), de Gioachino Rossini, experiencia decisiva en su posterior transitar escénico. Alumno destacado de Nicola Zingarelli en el Conservatorio de la propia capital campania donde se sintió especialmente atraido por la obra de figuras como Haydn, Mozart y Pergolesi, y tras el éxito de su segunda ópera Bianca e Fernando, Bellini despertaría el interés del conocido empresario Domenico Barbaja que le encargó una nueva obra para la Scala de Milán.

Así, su debut en la Scala, Il Pirata se estrenó el 27 de octubre de 1827, y constituiría el inicio de una estrecha y fructífrera colaboración con el gran libretista de su época Felice Romani –también tuvo enormes triunfos con Rossini y Donizetti–, célebre mancuerna que a su vez daría cauce a los ulteriores y nodales melodramas La extranjera (1829), el shakespereano Capuletos y Montescos (1830) y La sonámbula y Norma (1831), hasta el fracaso de Beatrice di Tenda (1833) que propició la ruptura. Un éxito rotundo, y una de las óperas más caras de La Divina, Maria Callas, quien prácticamnte la rescató del olvido y con ella consiguió un enorme triunfo en el regreso de la ópera a la Scala, que cantó nada más y nada menos que con el tenor Franco Corelli y el barítono bajo Ettore Bastianini, tiene uno de sus momentos más célebres en el aria “Col sorriso d’innocenza”, cuando la enajenada Imogene le ruega a su hijo pequeño que interceda por Gualterio ante su más tarde padre muerto Ernesto. Un estado recurrente en la escuela belcantista, como en Donizetti, la locura recrudecerá aquí el desenlace trágico tras la crisis emocional de la quizá primera verdaderamente clásica heroína romántica del belcantismo; le serviría de ejemplo al no menos genial compositor bergamasco, de hecho, para su inmortal Lucia di Lammermoor.

Con el carácter singularmente enfático y rebosante de pasión romántica de todo su pequeño pero concentrado acervo, considerando que Bellini murió prematuramente a los treinta y cuatro años en su triunfal autoexilio en París, este melodrama en dos actos (a partir del antes desconocido drama Bertram, ou Le pirate, del dramaturgo belga Isidore-Justin-Séverin Taylor) manifiesta además la dignidad excelsa y la profunda sensibilidad en él igualmente características. Qué duda cabe que obras notables de su emblemático repertorio como las celebérrimas Norma y Puritanos marcan la apoteosis de su enorme talento melódico que ejercería gran influencia en otros grandes compositores operísticos posteriores como Verdi o Wagner, e incluso en algunos instrumentales de la talla de Chopin y Liszt, y en este sentido, Il pirata posee ya pasajes de gran efervescencia y manifiesta calidad, sin dejar de lado sus originales apuntes para entonces de fresca innovación tras un nuevo estilo de canto menos ornamentado y más humanamente dramático. Como el Poliuto de Donizetti, la Callas tuvo en esta transformadora obra de Bellini una especie de fetiche, sabiendo ver en ella sus enormes posibilidades de lucimiento tanto vocal como actoral, y quizá sean las propias complejidades canoras e histriónicas de esta difícil ópera las que expliquen su escasa aparición tanto en los escenarios como en los registros discográficos, pues exige intérpretes totales. La no menos inolvidable catalana Montserrat Caballé, a quien fue dedicada esta reposición, también la abordó y contribuyó a su rescate con éxito, y nos ha dejado de igual modo una estupensa grabación, con el tenor Bernabé Marti (en realidad, Bernabé Martínez, compañero y hoy viudo de la gran diva catalana) y el barítono Piero Cappuccilli.

Apenas rehabilitada en Madrid y ahora estrenada en el Teatro Real de Madrid (en México se hizo menos de una década después de su estreno mundial en la Scala), con un extraordinario reparto encabezado por la aquí ya conocida gran soprano búlgara Sonya Yoncheva y nuestro ahora primer tenor –orgullosamente mexicano– Javier Camarena en los roles protagónicos de los mencionados Imogene y Gualtiero, respectivamente, la presencia de estas dos sobresalientes figuras de la lírica actual nos confirman el por qué del injusto olvido de esta primera ópera ya de madurez de Bellini que exige auténticos titanes.  La pasmosa versatilidad y la enorme musicalidad del canto de la diva se ha complementado muy bien con la belleza del timbre y la impecable técnica de uno de los más destacados tenores líricos ligeros de la actualidad, regalándonos momentos inolvidables tanto en solitario como a dueto: El famoso dueto “Pietosa al padre… Bagnato dalle lagrime” del primer acto, “Tu vedrai la sventurata” de él y la mencionada “Col sorriso d’innocenza… Oh sole, ti vela di tenebre oscure” de ella en el segundo, son sólo algunos ejemplos.

Han completado el exigido elenco para este estreno belliniano en el Teatro Real, dando vida a Ernesto y Goffredo, respectivamente, el formidable barítono rumano George Petean (impecable en su ataque de “Sì, vincemmo” del primer acto) y el bajo madrileño de sólida escuela (discípulo del inolvidable Alfredo Kraus) Felipe Bou, y en partes más pequeñas, la soprano catalana María Miró y el tenor también búlgaro Marin Yonchev. El premiado director de cine y de escena asturiano Emilio Sagi ha firmado una sorprendente y vigilada puesta, que ha sabido muy bien combinar el respeto a la tradición y el propositivo riesgo que uno espera de una figura de su nivel; ha sabido muy bien mover sus fichas, siempre presente pero sin protagonismo, sacando el mejor provecho del manifiesto talento artístico a su alcance. La escenografía ha sido del talentoso argentino-español Daniel Bianco, proponiendo un interesante juego de espejos que bien ha casado con el complejo entramado dramático de la acción, en una gozosa propuesta a la que bien han sumado un contrastante diseño de iluminación de Albert Faura y el vestuario ad hoc de Pepa Ojanguren.

En un explosivo e impecable tratamiento de esta partitura a la vez oscura y vibrante, que en su meditada profundidad atisba ya el condensado pensamiento de un músico de tan singulares como imbricados jucios para su corta edad, la experimentada batuta italiana invitada, el también compositor Maurizio Benini, puso de manifiesto por qué se ha hecho de un sólido prestigio sobre todo con el repertorio operístico decimonónico de su país: Rossini, Bellini, Donizetti, Verdi. Andrés Máspera ha dirigido un coro sonoro y siempre protagónico en Bellini, bien integrado a la escena por un Emilio Sagi que tuvo el buen atino de dejar cantar a las voces, sin descuidar ni mucho menos la coherencia dramática, como bien exigen el repertorio belcantístico y el propiamente belliniano. Para recordar por mucho tiempo.