Una de las plumas más difrutables de la literatura inglesa actual es Jualian Barnes (19 de enero de 1946), siempre atormentado por los dramas capitales del ser humano, la muerte, la vida, la fe. Transcribo las primeras líneas de su novela más reciente y la más rotunda acerca del amor, La única historia (Anagrama).

“¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, ésa es la cuestión.

Puedes puntualizar –certeramente– que no lo es. Por que no tenemos elección. Si la tuviéramos sí sería una cuestión. Pero no elegimos y en consecuencia no lo es. ¿Quién puede controlar cuánto ama? Si se puede controlar, entonces no es amor. No sé cómo podemos llamrlo, pero no es amor.

La mayoría de nosotros sólo tiene una historia que contar. No quiero decir que sólo nos sucede una vez en la vida: hay incontables sucesos que convertimos en incontables historias. Pero sólo hay una que importa, sólo una que a la postre vale la pena contar. La que cuento aquí es la mía.

Pero aquí surge el primer problema. si se trata de tu única historia, entonces es la que has contado y vuelto a contar más veces, aunque sea –como en mi caso– principalmente a ti mismo. Así que la cuestión es la sguiente: ¿todas esas narraciones te acercan a la verdad de lo que sucedió o te alejan de ella? No estoy seguro. Una prueba podría ser si, a medida que pasan los años, sales mejor o peor parado de tu historia. Salir peor podría indicar que estás siendo más veraz. Por otro lado, existe el peligro de ser retrospectivamente antiheroico: fingir que te comportaste peor puede ser una forma de autobombo. De modo que tengo que ser cuidadoso. Bueno, andando el tiempo he aprendido a serlo. Tan cuidadoso ahora como descuidado entonces. ¿O quiero decir despreocupado? ¿Puede tener una palabra dos antónimos?

¿La época, el lugar, el medio social? No sé muy bien lo importantes que son en las historias de amor. Quizá en la antigüedad, en los clásicos, donde hay batallas entre el amor y el deber, el amor y la religión, el amor y la familia, el amor y el Estado. Ésta no es una de esas historias. Pero bueno, si insisten… La época: hace más de cincuenta años. El lugar: a unos veinticindo kilómetros al sur de Londres. El medio: el cinturón residenciasl, como lo llaman, aunque nunca conocí a un corredor de bolsa en todos los años que pasé allí. Casas individuales, algunas con armazón de madera, otras con tejado de tejas. Setos de alheña, laurel y haya. Calles con cunetas todavía sin líneas amarillas y vados para los vehículos de los residentes. Era una época en que se podía ir a Londres y estacionar casi en cualquier sitio. Nuestra zona concreta de aglomeración suburbana se conocía con el bonito nombre de “el Village”, y decenios antes quizá fue considerada un pueblo. Ahora disponía de una estación de tren desde la que hombres trajeados viajaban a Londres de lunes a viernes, y algunos también para media jornada extra el sábado. Había una parada de autobús Green Line; un paso de cebra con postes luminosos; una iglesia con el nombre nada original de St. Michael; un pub, una tienda donde vendían de todo, una farmacia, una peluquería; una gasolinera donde hacían reparaciones básicas. Por la mañana oías el chirrido eléctrico de las furgonetas que repartían lecha; escogías entre la lechería Express y la United; por la tarde, y los fines de semana (pero nunca las mañanas de domingo), el resoplido de los cortacéspedes de gasolina.”

 

Novedades en la mesa

El más reciente libro de Angeles Mastretta, Yo misma, publicado por Planeta, es una antología de textos en los que define su propia natualeza.