La emigración es la búsqueda de una mejor vida, y casi siempre se trata de un proceso dramático. En los últimos años el ritmo migratorio ha sido mayor que en ninguna otra época, se ha incrementado tanto en magnitud como en número de destinos, y es indudable que las diferencias en el nivel de vida entre los países es uno de los motivos más importantes de la migración, aunadas a otros factores como la violencia, la inestabilidad política o la pobreza.
El mundo parece más pequeño, las cosas no tienen ya nacionalidad, se diseñan en un país en una compañía con capital de otro continente, se fabrican en un tercero y se venden en todos lados. Ya nadie busca un objeto con la identificación de su origen, zapatos ingleses, vestidos alemanes o blusas bolivianas, se buscan marcas y logos. Aun las artesanías y los alimentos han trascendido esas fronteras y se mueven como nómadas en la planicie mundial. Es posible que un típico bordado mexicano ostente una etiqueta de “Made in China” y se venda con éxito en el aeropuerto de Nueva York o que uno pueda degustar el platillo más exótico de Indonesia en Chile. El comercio de las cosas ha borrado las fronteras.
Los humanos se mueven cada vez más rápido y con mayor frecuencia, ya no sólo entre países vecinos sino entre tierras lejanas, la migración es hoy mayor que en todos los tiempos, pero a diferencia de los objetos, los migrantes difícilmente se convierten en ciudadanos del mundo, son con frecuencia seres sin nación. Los criterios jurídicos tradicionales de los derechos de ciudadanía, la tierra y la sangre, es decir el nacimiento en un determinado territorio y el lugar de nacimiento de los padres, ha perdido claridad y se mueve en una confusa niebla.
El discurso político clásico critica la migración, ya sea que se le vea como una agresión o invasión, desde una perspectiva, o como un martirio, desde otra, pero ambas consideran al emigrante como un ente pasivo que es empujado por fuerzas ajenas e imbatibles, quizá vinculadas incluso con el crimen o con el gran capital. Este reduccionismo oculta la complejidad del fenómeno y deja de lado el papel activo del migrante como sujeto, les observa como objetos imposibles de cambiar o de actuar como sujetos libres, con libre albedrío.
Los flujos migratorios tienen tal complejidad que es difícil la catalogación de inmigrantes o emigrantes por el constante ir y venir.
La artificialidad de las fronteras geográficas y la existencia física y concreta de los territorios contrasta con las identidades reales y genuinas, de los migrantes, comunidades que no pertenecen a una sola tierra, individuos que habitan simultáneamente varios lugares. No es que no haya identidades, sino que éstas ya no guardan estricta concordancia con un lugar.
En el complejo proceso de emigrar, no sólo emigra el individuo de lugar, sino que inicia una transformación llena de retos que van desde el hacer un nuevo hogar, lidiar con un nuevo idioma y nuevos alimentos, hasta conocer otros valores, otras normas y desarrollar otro estilo de vida. El contacto con otros inmigrantes, la incorporación en una comunidad es lo que alimenta el sentido y sentimiento de pertenencia, más allá de las reglamentaciones o regulaciones legales.
El lugar de arribo se modifica al momento que es ocupado por el inmigrante, se transforma y se enriquece, como ocurre también con el sitio que abandona porque se convierte en receptor no solo de divisas sino de información cultural. Y el inmigrante tampoco es el mismo.
Pero antes que migrantes somos seres humanos y cada vez más las consecuencias de nuestras acciones están entrelazadas. Hoy el futuro nos unifica, las decisiones que se toman en un lugar repercuten al otro lado del planeta, ya se trate de cuestiones económicas, políticas o ambientales; y los derechos y las responsabilidades se universalizan.
La incoherencia de abrir las fronteras al capital y a las cosas y pretender cerrarlas a las personas encierra en sí una contradicción que aparenta la defensa o preservación de un ideal de pureza ideológica o cultural ya inexistente, o un pretendido nacionalismo que ha probado ser un concepto por demás incómodo y muy difícil de definir.
Las migraciones constituyen un gigantesco vaso comunicante de la cultura. Las culturas locales no han desaparecido ni están desapareciendo, sino que se están adaptando de formas diversas y complejas a los procesos globalizadores y están reconstruyendo sus propias identidades.
Tratar a los migrantes como delincuentes es sólo una contribución a las divisiones nacionales y mundiales cuando los que deberíamos mostrar es la solidaridad que siempre hemos querido para nuestros connacionales que migran.
