El desencato de las nuevas generaciones: de Bong Joon-ho
Hace no poco leí un guión de una muy talentosa y querida joven sobrina-ahijada que estudia cine en Argentina, y mucho me impactaron tanto la premisa como su tratamiento demoledores: varios personajes jóvenes trabajan en un centro de retiro para adultos mayores donde se ha creado todo un complejo y entreverado programa para “extinguir placenteramente” a quienes ya resultan ser una carga tanto económica como anímica. En un mundo deprimido y con cada día menos oportunidades, con severas y al parecer irreversibles crisis de desequilibrio ecológico y manfiestas problemáticas demográfico-sociales, económicas e ideológico-políticas globales, tanto las nuevas generaciones de creadores como de posibles públicos receptores se identifican por una compartida visión crítica que se caracteriza por el desencanto y la desesperanza. A diferencia de otras difíciles épocas donde tras una similar postura se vislumbraba algún resquicio de al menos cierto vedado optimismo, hoy prevalecen en cambio la desilusión y el nihilismo, en respuesta a un reclamo más o menos expreso por lo que las generaciones anteriores han hecho mal o dejado de hacer, heredándoles a las más jóvenes un estado de descomposición frente al cual ni siquiera la vida misma se avizora factible a mediano plazo.
Esa misma sensación de desolación me ha dejado el extraordinario e implacable filme Parásitos (Gisaengchung, Corea del sur, 2019), de Bong Joon-ho, director y guionista antes conocido por cintas exitosas como el drama criminal Memorias de un asesino, el thriller de terror El monstruo y la película de ciencia ficción El expreso del miedo, los dos últimos entre los títulos más taquilleros en toda la historia del cine surcoreano. Palma de Oro en la más reciente edición del Festival de Cannes y entre los nominados a los Oscares en varias categorías, Parásitos es hasta el momento el gran trabajo de Joon-ho, su auténtica revelación como gran cineasta, confirmando así por qué Metacritic lo ha incluido en la lista de los veinticinco mejores realizadores de lo que va del siglo XXI. Su autentico filme de madurez, aquí se afianza su obsesión por temas oscuros y su natural inclinación al humor negro que en sus manos se revela francamente angustioso, como atento admirador de otros grandes realizadores y escuelas anteriores, como por el ejemplo esa no menos mórbida gran comedia del neorrelismo italiano Feos, malos y sucios, clásico de Ettore Scola.
A partir de la premisa de que en esta vida todo se paga y lo bueno o malo que hagamos termina irremediablemente por pasarnos factura, pues “el reino sólo es de este mundo”, como bien escribio Alejo Carpentier, Joon-ho se centra en un conflicto donde nadie gana y en cambio todos terminan siendo perdedores de frente a sus personales miserias. Ya escribió el comediógrafo latino Plauto que “homo hominis lupus” (“el hombre es el lobo del hombre”), y en el grisáceo mundo reflejado por el talentoso cineasta surcoreano no hay redimidos ni mucho menos inocentes, conforme todas las históricas desigualdades sociales y los excesos y abusos acaban por propiciar desequilibrios y resentimientos que tarde o temprano desencadenan irreversibles movimientos y actos de consecuente venganza. Ya muchos pensadores se han ocupado de esta siempre potencial tendencia del sometido a rebelarse y que todo sometimiento tarde o temprano desencadenará manifestaciones compensatorias, como las actuales olas de migrantes de países subyugados en el pasado por otras naciones imperialistas que hoy sufren las consecuencias de sus atropeyos del pasado.
Su desgarrador experimento ocurre dentro del corazón de una familia enterrada en el estrato más bajo de la capital surcoreana, en una favela de Seúl donde ven la vida pasar por sus ventanas-alcantarillas y como acto de sobrevivencia no se les ocurre más que la simulación y el chantaje. Atrapados en medio de la nada nauseabunda y producto del sistema, de la desigualdad y el exceso, dirigen su atención hacia otra familia pudiente que igual muestra sus propias limitaciones y miserias, toda clase de prejuicios clasistas y una no menos representativa vanidad consumista, desencadenándose así una auténtica cena de negros donde todos acabarán siendo víctimas y victimarios, depredadores y presas, productores y parásitos, porque nada es lo que parece y todo es posible en una contaminada sociedad de la parafernalia y el usufructo.
Parásitos se centra entonces en este sentimimiento de venganza en contra de los abismos sociales que se han formado entre los dos polos de una nación como Corea del Sur ––o cualquier otros país que se le parezca en mayor o menor medida––, en una realidad en donde o se es pobre y miserable, o acomodado y profundamente indolente con la realidad de los demás. Más allá de sistemas e ideologías, de toda clase de utopías fallidas a los ojos de una generación sin futuro al menos visible, el propio guión del mismo Joon-ho –coescrito con Jin Won Han– nos deja ver las enormes diferencias –y similitudes– que hay entre unos y otros. Y quizá su mayor rasgo de identidad sea su fragilidad congénita, que de frente a la mirada no menos implacable del cinefotógrafo Kyung-pyo Hong se nos revela sin ambages ni cortapisas estéticas o morales.
Una obra maestra en su género, que en sentido estricto es el resultado de la combinación certera de distintos tonos y subgéneros, Joon-ho consigue una impecable puesta donde la diversidad de tonalidades y estados de ánimo condensan un todo genuino y convincente en su humanidad. Parásitos no se arriega a condenar, a juzgar, sólo nos revela la indefensa fragilidad de una condición que es víctima de su propia imperfección y cuanto con esta misma característica ha creado en el curso y a lo largo de su agrudulce historia. Lo mismo habría que decir de la poderosa sinfonía de actuaciones lograda con sus intérpretes aquí de diferentes generaciones, todos en papel y sin que ninguno desentone; como en proyectos anteriores, Joon-ho igual reafirma su talento para escoger y convencer a sus actores de cada proyecto, que aquí se reconoce compenetrados y comprometidos con la mejor obra hasta el momento de un realizador que creemos todavía tiene mucho por delante qué decir.
