Harold Pinter, laureado con el Premio Nobel de Literatura en 2005, decía que no hay grandes diferencias entre realidad y ficción, ni entre lo verdadero y lo falso; que una cosa no es necesariamente cierta o falsa: puede ser al mismo tiempo verdad y mentira; la única verdad es que no hay verdad única. Evidentemente su afirmación se refería a lo literario.

Es innegable la importancia de las fuentes literarias en el análisis de la historia, de la vida cotidiana, de las prácticas o los modos de pensar. La obra es siempre testigo de su época y representa una rica fuente histórica y cultural que es también testimonio de la complejidad de las acciones humanas y de la importancia de las circunstancias en que éstas se realizan.

La importancia de la literatura es tal que algunos autores han considerado que ésta reelabora la realidad para brindar sentido a la realidad social. Patricia Fumero, en un ensayo acerca de la relación entre la historia y la literatura, observa que la literatura no sólo nos informa del tiempo en que fue escrita, o de las características del autor, sino incluso nos ayuda a comprender cómo se moldean los comportamientos e identidades colectivas e individuales; y pregunta: ¿hasta qué punto la historia no es literatura?.

Lo cierto es que es la literatura es historia en varios sentidos y ambas son un espejo interpretativo de las relaciones humanas.

Lawrence George Durell, escritor cosmopolita, británico, nacido en la India, escribió hacia finales de los años cincuenta del siglo pasado una tetralogía en torno a una ciudad, Alejandría, y una mujer, Justine.

La obra podría haberse escrito ex profeso para ilustrar el ejercicio hermenéutico y para ejemplificar las dificultades de escribir la historia, así se trate de eventos recientes. Las novelas Justine, Balthazar, Mountolive y Clea, narran una misma historia desde distintas perspectivas; los hechos son los mismos, los datos también, pero en la narración de cada protagonista los personajes cambian radicalmente aunque exista acuerdo en las acciones que cada uno haya realizado. Las finalidades, las causas, las razones, en fin, toda motivación de las acciones es vista y evaluada por cada cual de forma diferente: en lo que unos ven imprudencia o necedad, otros observan arrojo o ingenuidad, y otros más consideran esas mismas acciones sencillamente necesarias, obligadas a veces por la razón y a veces por el destino.

Al concluir la obra todo el conocimiento posible ha sido expuesto, se ha mostrado toda la evidencia disponible y aun así no se ve con claridad una sola verdad acerca del pasado, una interpretación correcta o con mayor validez. A pesar de todo siempre queda esa posibilidad del malentendido y de las interpretaciones diversas que obligan al lector a tomar partido desde su particular perspectiva, en un ejercicio hermenéutico.

La realidad es distinta, y aunque hoy día pareciera que vivimos en la ficción o en un sueño, los hechos nos confrontan cada momento con esa falsa ilusión. La inseguridad en general, las muertes diarias, las dificultades en las universidades, los problemas en los sistemas de salud, las actitudes de los jóvenes, el odio que permea y divide, todo ello nos golpea y nos obliga a despertar del posible sueño.

¿En qué momento se nos escapó la realidad de las manos? Lo cierto es que hemos perdido el control de lo importante y lo efímero y superficial nos dirige y nos motiva. No es solo nuestro país, en Estados Unidos los hechos recientes en política eran impensados hace unos años. Los principios y los valores han quedado de lado y ahora todo parece una competencia de votos, likes y popularidad.

La simulación nos envuelve y nos enajena, y ante la falta de razonamiento y razonabilidad, ante la carencia de argumentos y evidencias lo que aparece son los insultos y la violencia como alternativas para dirimir diferencias.

La teatralidad y el espectáculo están muy bien para las artes, pero en el mundo real solo nos está quedando una gran tragedia.