Boris Pasternak

 

Poeta, traductor, narrador, Premio Nobel de Literatura 1958, Boris Pasternak (29 de enero de 1890 – 30 de mayo de 1960), consiguió su lugar definitivo en el canon literario con su novela Doctor Zhivago (1957), best seller mundial y prohibida en Rusia hasta 1988. Transcribo las primeras líneas.

“I. Andaban y andaban y cantaban Eterna memoria y, cuando se detenían, parecía que los pies, los caballos y el hálito del viento prosiguiesen, obstinados, la entonación del canto.

Los transeúntes se apartaban para ceder el paso al cortejo, contaban las coronas, se santiguaban. Los curiosos se unían a la procesión, preguntaban:

–¿A quién entierran?

Les respondían:

–A Zhivago.

–¡Ah, así que es eso! Entonces se entiende.

–Pero no a él. A ella.

–Da lo mismo. ¡Que en paz descanse! Magníficas exequias.

Se sucedieron, veloces, los últimos minutos, contados, irrevocables. “Del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y cuantos lo habitan.” El sacerdote, con el gesto de la bendición, arrojó un puñado de tierra sobre María Nikoláyevna. Se entonó Con el alma de los justos. Comenzó un ritmo frenético. Cerraron el ataúd, lo clavaron y se pusieron a bajarlo a la fosa. Una lluvia de paladas de tierra, lanzadas a toda prisa, tamborileó sobre el féretro hasta que se formó un pequeño túmulo. Sobre él subió un niño de diez años.

Sólo en ese estado de insensibilidad y embotamiento que suele sobrevenir al término de un funeral solemne puede darse que un niño quiera pronunciar una oración sobre la tumba de su madre.

El chiquillo levantó la cabeza y, desde lo alto, extendió su mirada ausente sobre los yermos campos otoñales y las cúpulas del monasterio. Su rostro de nariz chata se contrajo. Su cuello se estiró. Si con idéntico movimiento hubiese erguido la cabeza un lobezno, habría resultado claro que iba a ponerse a aullar. Tras cubrirse el rostro con las manos, el niño prorrumpió en sollozos. Una nube que volaba a su encuentro comenzó a azotarle manos y cara con los húmedos látigos de un gélido aguacero. Un hombre vestido de negro, con las mangas estrechas y ceñidas formándole pliegues sobre los brazos, se aproximó a la tumba. Era el hermano de la difunta y tío del niño que se deshacía en lágrimas, Nikolái Nikoláyevich Vedeniapin, sacerdote secularizado a petición suya. Se acercó al niño y se lo llevó del cementerio.

  1. Hicieron noche en una de las celdas del monasterio que cedieron al tío en nombre de la vieja amistad. Era la víspera de la Intercesión de la Virgen. Al día siguiente, niño y tío debían emprender un largo viaje hacia el sur, a una de las principales ciudades de la región del Volga, donde el padre Nikolái trabajaba en una editorial que publicaba el periódico progresista del lugar. Los billetes de tren estaban comprados y las maletas hechas aguardaban en la celda. De la vecina estación de tren, el viento llevaba los quejumbrosos silbidos de las locomotoras que maniobraban a lo lejos.”

 

Novedades en la mesa

El cristal en la playa es la nueva antología poética de David Huerta, editada por Era.