Con frecuencia la verdad a la que nos aferramos nos imposibilita para escuchar cualquier otra cosa, porque como decía Einstein es más difícil romper un prejuicio que le átomo mismo.
Cuenta una historia china que un granjero había extraviado un azadón. Lo buscó en los lugares habituales donde acostumbraba a guardarlo, y nada. Al mirar por la ventana observó al muchacho que le ayudaba en las faenas y, con sorpresa, detectó una actitud sospechosa. Lo miró con mayor cuidado y notó que actuaba como si se hubiera robado el azadón.
Lo vigiló con mayor detenimiento y, efectivamente, constató que caminaba como si se hubiera robado el azadón. Es más, se agachaba y trabajaba como si se hubiera robado el azadón. Así que, seguro de la traición del ayudante, el granjero salió a toda prisa con la intención de reclamar el hecho criminal y exigir la devolución del instrumento de trabajo. Pero al cruzar la puerta, de reojo, descubrió el azadón medio escondido detrás de una caja. Miró a su ayudante y con mayor sorpresa observó que ya no actuaba como ladrón, tampoco caminaba como tal ni trabajaba como delincuente, todos los signos que le apuntaban como culpable habían desaparecido.
El granjero relacionó eventos que no tenían nada en común, y quizá hasta inventara algunos de ellos, y así estableció así una causalidad imaginaria, pero tan coherente para quien la imagina que es casi imposible no creerla. Su verdad inventada le cegó.
Cuando nuestros prejuicios no nos permiten el beneficio de la duda, culpamos con facilidad a otros o asignamos intenciones inconfesables a eventos que pueden ser absolutamente genuinos. Por ejemplo, al singular efecto colectivo que ocurre con las parvadas de palomas o los cardúmenes en el mar podríamos asignarle una inteligencia colectiva o una manipulación externa, cuando en realidad lo que ocurre es que, con un mínimo de información, todos actúan de la misma manera dando la impresión de que necesariamente existe alguien detrás que dirige sus acciones. En estos sistemas las interacciones entre los componentes son sorpresivamente simples, aun cuando se construyan patrones muy sofisticados como pueden ser las franjas de una cebra o de un tigre, las caprichosas alas de una mariposa, las líneas de las dunas en el desierto olas conchas de mar, todo ello es producto de una interacción muy básica en la que cada elemento solo obedece reglas increíblemente sencillas, si alguno de los elementos del sistema mostrara patrones de comportamiento más complejos, no sería posible el comportamiento que observamos en el conjunto.
Las actuaciones grandes masas humanas, las conductas colectivas, las que dan lugar a las grandes revoluciones se asemejan a esos sistemas en los que algo muy básico pero importante, urgente y común que une a los grupos. La motivación puede no ir más allá de demandas inmediatas pero impostergables por su gravedad. Cada individuo se une a la causa sin muchos miramientos, fortaleciéndose en la unión grupal y creando una nueva identidad colectiva en una retroalimentación positiva.
En estos movimientos la legitimidad de las demandas y la fuerza de la motivación es tan tal que su propagación es como los virus o los rumores, se filtran silenciosamente hasta producir una pandemia o una revolución.
No hay más ciego que el que no quiere ver. El 8 y 9 de marzo nos han mostrado un hartazgo de la inseguridad y de la impunidad en que vivimos, especialmente las mujeres; una rabia que ha venido acumulándose y creciendo a la par del desdén de los gobiernos y de los hombres. Cierto, hay una cultura patriarcal enraizada a la que siempre podremos culpar y que no será fácil erradicar pero que tampoco es imposible. Sin embargo, de inmediato, las demandas urgentes, no a la impunidad, no a los feminicidios no a la inseguridad. La marcha de las mujeres mexicanas y su ausencia posterior nos invitan a abrir bien los ojos porque nos han dejado un mensaje que más nos vale leer adecuadamente y sin prejuicios.
